Es curioso cómo, junto al regreso de Kazuo Mori, no participaron los colaboradores habituales de “Zatoichi“ en “Sakate-giri“, ni siquiera Akira Ifukube...
Pero cuando el subdirector de planificación de Daiei, Hisashi Okuda, fue ascendido, quiso encargarse de la siguiente entrega de la saga, preparada tan sólo dos meses después, y cambiar algunas cosas.
Y lo primero, cómo no, fue traerse al compositor, a quien admiraba, y dejar en manos de Kenji Misumi la dirección (quien a su vez se llevó a su fiel director de fotografía Chikashi Makiura); lo más curioso fue que pidió a su mentor Daisuke Ito, uno de los grandes pioneros del cine histórico y aventuras de la industria nipona, aún en activo, que se ocupara del guión. Curioso porque nunca había participado en la saga un guionista externo de la productora. Por eso “Jigoku Tabi“, aunque nos presenta el ya muy conocido universo del ronin-masajista ciego con todos sus elementos, también cambia un poco su perspectiva (un poco, no mucho).
Shintaro Katsu sabía perfectamente lo que hacer con su personaje a esas alturas. Así que, ¿tomó Okuda una decisión acertada? Según se mire. Esta 12.ª entrega abre con una secuencia de esas en las que Misumi se movía como pez en el agua: en plena noche Zatoichi se ve rodeado de enemigos (y no han empezado ni los créditos), pero acaban cercenados en cuestión de minutos. Sobresaliendo un nivel de violencia cada vez mayor, aquí tenemos uno de esos tropos: desde el principio nuestro héroe es acosado por un grupo de asesinos a lo largo de su viaje, y el viaje es lo principal, típico de un argumento de Ito.
No sólo el viaje físico, sino el emocional y espiritual de los personajes durante su recorrido. La trama se compone de dos viajes, uno a Enoshima y otro a Hakone, y en ellos Zatoichi entabla relación con dos parejas de personajes, cada una con su propia historia, sus propios traumas y sus propios misterios (vaya, qué sorpresa...). Pero es el samurái errante Tadasu lo que despierta mayor interés, trayéndonos a la memoria a Hirate, aquel también samurái que compartió sus últimos días con Zatoichi en la 1.ª entrega (convirtiéndose en una de las más bellas y trágicas historias de amistad del “ken-geki“).
Por desgracia Mikio Narita, estrella de Daiei y amigo íntimo de Katsu, no alcanza la misma profundidad dramática que supo dar Shigeru Amachi a su personaje; la culpa no es suya, él es un gran actor, pero el guión no le permite crecer más allá de un enigmático, carismático y noble oponente para Zatoichi, con quien estrecha lazos a través del ajedrez. Con Tadasu conocemos la amistad y el primer viaje a Enoshima se centra en la relación de Zatoichi con Tane y la pequeña Miki, en un peregrinaje cuya intención ya averiguaremos, y mientras la mujer es el reflejo de aquella lejana Tane de la 1.ª entrega, la niña es sólo la versión más crecida del bebé del que se ocupaba el protagonista en la 8.ª.
De este modo el guión recupera a individuos y sensaciones anteriores, o más bien los recicla sin mucha originalidad: con ellas conocemos los tristes recuerdos, el amor imposible y un deseo de responsabilidad paterna frustrado. Gracias a Ito, Misumi se vuelve a centrar en las emociones y el drama y deja la acción y el suspense en un segundo plano; la tragedia y la tristeza se sienten cercanas, deteniéndose la historia en escenarios donde casi siempre está lloviendo. Más tarde en Hakone otra pareja llega, Tomonoshin y Kume, dos hermanos que desean encontrar al asesino su padre; con ellos conocemos la venganza y la intriga.
Los problemas de este guión son varios, y el mayor es que a mitad de argumento no deberían aparecer nuevos personajes con sus subtramas a cuestas, porque significa desviar la atención de los anteriores. El segundo problema es la absoluta falta de ritmo. “Jigoku Tabi“ avanza sospechosamente lenta; nunca Misumi tuvo problemas en este aspecto pero el tono que marca Ito con su denso guión afecta a su dirección, y al tratarse de situaciones que ya hemos visto en anteriores títulos no hay nada interesante ni refrescante que aporte esta aventura a la saga.
Quedan algunos poderosos instantes, en especial aquellos donde Zatoichi hace gala de su humanidad y debilidad (cuando se ve incapaz de hallar la medicina en el bancal, tras una secuencia de lucha bellamente filmada, rompe a llorar con las palabras de agradecimiento de Miki o recuerda el hermoso rostro de Tane), y en ellos comprobamos, una vez más, lo gran actor que es Katsu...por desgracia también sucede lo contrario. Y es que, a sabiendas de la densidad y el dramatismo del guión, éste decidió reescribir varias partes y valerse de su arte para la improvisación.
Por eso el Zatoichi que tenemos aquí se presta a una consciente parodia de sí mismo, a una exageración de su torpeza debido a su minusvalía, también de sus gestos, en general de todos sus tics, y a un afán por entretener al público sin justificación; y ese es el tercer gran problema de la película: el estilo, marcadamente triste y oscuro, y lleno de escenas de acción más violentas de lo normal, contrasta demasiado con los recurrentes toques de humor. Pero lo peor que podía hacer el guión era dejar relegado a la nada, y de forma muy cruel, al ronin, quien realmente debiera hacerse con el protagonismo.
No contento con esto, Ito también escribió una aventura feudal que Daiei pensaba producir, pero el proyecto se suspendió y acabó convertido en el argumento de la 8.ª entrega de “Kyoshiro Nemuri“ (“Burai-ken“), la cual es, a su vez, una de las peor consideradas de la saga...
Críticas: 2
TANO
7
Otra entrega sobre Zatoichi, el samurái ciego, siempre interpretado en esta larga saga de 26 películas por Shintarô Katsu, y que en esta ocasión, nos presenta dos subtramas donde nuestro protagonista participa directamente, a su manera, como no podría ser de otra forma.
Como de costumbre en esta saga, se nos presenta un Japón feudal duro, bien ambientado gracias a multitud de detalles, en esto no fallan nunca, da gusto meterse de lleno en esa época de honor, confrontaciones e intrigas.
Vemos a Zatoichi en su salsa en las escenas de juego de dados, como siempre haciéndose el torpe pero ganando de calle.
La trama me ha gustado más que en otras ocasiones, es más simple, sin jaleos complejos entre familias mafiosas, en esta ocasión la historia es más llevadera y se disfruta.
Y por supuesto, el samurái ciego deja una buena ristra de cadáveres de bandidos a su paso. Me gustaría ver un conteo total de la saga, tiene que dar miedo...
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