Críticas de La Hierba Errante (Las Hierbas Flotantes) (1)
Mad Warrior
3 Jun 2020
8
El teatro es a un tiempo humorístico y trágico, y podemos hallar en él grandes comedias cuya base o premisa es ciertamente dramática y viceversa.
Pero no hay teatro que enfrente más emociones que el de la vida, la comedia más alegre, el drama más desgarrador; el telón nunca cae, y si lo hace ya es para siempre...
En la década de los 50 la industria cinematográfica japonesa capta la atención del público occidental y entra en una etapa de gloria que jamás volverá a repetirse; Yasujiro Ozu alcanza también la cima de su arte con ¨Cuentos de Tokyo¨, obra maestra del cine universal que por desgracia es considerada ¨demasiado japonesa¨ para exhibirse en el extranjero. Otro hecho importante tiene lugar: puesto que el Festival de Cannes concede la Palma de Oro a ¨Jigokumon¨, insistiendo en la belleza de sus colores, esta técnica es bienvenida por muchos cineastas y productores.
Mizoguchi acepta el desafío en ¨La Emperatriz Yang Kwei-Fei¨, pero Ozu esperaría hasta 1.958 para ello con ¨Flores de Equinoccio¨. Tras esto, aprovechando la era de innovación en la que se halla el cine de su país, decide reinventar el suyo con el ¨remake¨ de una de sus más emblemáticas obras, ¨He Nacido, pero...¨, y en el mismo año se embarca en un proyecto similar, quizás sorprendido por el éxito del debut de Yasuzo Masumura, ¨Besos¨: adaptar a los tiempos actuales, manteniendo la estructura argumental pero cambiando el nombre de los personajes, ¨Historia de una Hierba Errante¨, que nos narra cómo en mitad de un caluroso verano llega a un remoto pueblo pesquero una compañía ambulante de teatro kabuki.
El ambiente, pese al sofocante calor, es de jolgorio y esperanza, la de los miembros de la compañía por lograr el éxito con su obra, pero el patrón de ésta, Komajuro, oculta un oscuro secreto: en el lugar vive su hijo Kiyoshi, fruto de un idilio con la dueña de un local, sin embargo la vergüenza (por su profesión) y la cobardía le han llevado a fingirse ante él como su tío, engaño que dura hasta el día de hoy; un secreto que será el desencadenante de una sucesión de infortunios cuando la nueva amante de Komajuro y su actriz principal, Sumiko, presa de los celos y la rabia, decida castigarle por su hipocresía.
Centrándose en la espiral de confusión desatada por ésta, en la que también se verá envuelta Kayo, convencida por Sumiko para seducir y confundir a Kiyoshi, la mentira para salvar las apariencias, la traición y las pasiones incontrolables (algo que anuncia ese calor omnipresente que impregna a los seres y vicia la atmósfera) son los motivos de una historia que destila pesimismo, amargura, cinismo, sensualidad y una rara violencia poco usual en el cine del director, quien la refuerza sirviéndose de sus característicos planos estáticos, cortos o generales, captando de mejor manera la crudeza de las situaciones.
Este flujo de planos que, a primera vista, parecen muy tranquilos y normales, se revela como un río profundo con una superficie apacible que oculta en su interior corrientes furiosas y destructivas, y si es costumbre en su obra el uso abrupto de las elipsis para evitar el exceso del melodrama, aquí se servirá de dicho recurso formal (además del mencionado) para crear una sensación de incomodidad y casi de desasosiego en el espectador y realzar la oscuridad lírica del conjunto. La tensión acumulada no tendrá otra vía de salida salvo la de la violencia (desatada en el último tramo del film), que afectará a todos y cada uno de los implicados.
Ozu trata con aspereza el conflicto en el seno de la familia y la desaparición de un mundo, el teatral y el real, tanto más cuanto que se establece una significativa conexión entre los personajes y los papeles que interpretan (así Sumiko, que blande la espada como Chuji Kunisada, será la instigadora de las tensiones, y Kayo se dejará llevar por los sucesos como por la música en la obra), siendo el mejor ejemplo Komajuro, actor dentro y fuera del escenario, algo de lo que su hijo le reprocha (¨tu personaje es demasiado irreal, no es creíble¨). Su irascible reacción cuando descubre el furtivo romance radicará en la creencia (por mecanismo reflejo) de que todos actúan como él; al no conocer otra verdad salvo la de las apariencias será incapaz de atisbar lo auténtico, los verderos sentimientos.
El director vuelve a enfrentar lo tradicional y lo moderno, esta vez usando el teatro como punto de partida (ese trabajador del puerto que se burla de la obra cuando el cartel es colocado en el establecimiento) y que sobre todo está presente en la relación entre el padre y el hijo. Ya éste le recrimina lo desfasado de su personaje en la obra, un hombre que, como él, está estancado existencialmente (prueba de ello es que, al contrario que Kiyoshi, quien evoluciona con respecto a los acontecimientos, Komajuro se resigna y regresa junto a Sumiko); esta confrontación incluso derivará en el violento rechazo del hijo al padre.
Ozu filma la acción dramática como si de una obra kabuki se tratase y hace gala de su habilidad para mostrar o insinuar de forma natural, reparando en pequeños detalles que le aportan sus sostenidos encuadres para ofrecer momentos de gran emoción, que intensifica la belleza plástica de la fotografía en color de Kazuo Miyagawa, mientras que la ligera partitura de Takanobu Saito proporciona musicalidad al movimiento, tanto de las secuencias como de los personajes, bien interpretados por un elenco donde además de Haruko Sugimura y un irritante y detestable Ganjiro Nakamura, cabe destacar la presencia de dos de las actrices más bellas e imponentes del cine japonés, Machiko Kyo y Ayako Wakao (que ya colaboraron en ¨La Calle de la Vergüenza¨).
Chishu Ryu, actor fetiche del director, tendrá en una breve aparición, al igual que Koji Mitsui, quien en la primera versión daba vida al hijo del protagonista (llamado Shinkichi), y Hitomi Nozoe y Hiroshi Kawaguchi demuestran (como en los films de Masumura) una gran quimica en pantalla.
Sin perder su inevitable condición de ¨remake¨, ésta pasa por ser una de las obras más notables de la última etapa de Ozu, la que además cerraría una era dorada para el cine nipón, reflexión a un tiempo grave y jovial del oficio del artista ambulante (hierba errante que flota eternamente en el río de la vida), fábula sarcástica y desgarradora sobre los falsos pretextos del corazón y el espíritu...y más ampliamente, farsa sensible y trágica sobre la existencia como necesaria aceptación de la traición.
Mad Warrior
8
El teatro es a un tiempo humorístico y trágico, y podemos hallar en él grandes comedias cuya base o premisa es ciertamente dramática y viceversa.
Pero no hay teatro que enfrente más emociones que el de la vida, la comedia más alegre, el drama más desgarrador; el telón nunca cae, y si lo hace ya es para siempre...
En la década de los 50 la industria cinematográfica japonesa capta la atención del público occidental y entra en una etapa de gloria que jamás volverá a repetirse; Yasujiro Ozu alcanza también la cima de su arte con ¨Cuentos de Tokyo¨, obra maestra del cine universal que por desgracia es considerada ¨demasiado japonesa¨ para exhibirse en el extranjero. Otro hecho importante tiene lugar: puesto que el Festival de Cannes concede la Palma de Oro a ¨Jigokumon¨, insistiendo en la belleza de sus colores, esta técnica es bienvenida por muchos cineastas y productores.
Mizoguchi acepta el desafío en ¨La Emperatriz Yang Kwei-Fei¨, pero Ozu esperaría hasta 1.958 para ello con ¨Flores de Equinoccio¨. Tras esto, aprovechando la era de innovación en la que se halla el cine de su país, decide reinventar el suyo con el ¨remake¨ de una de sus más emblemáticas obras, ¨He Nacido, pero...¨, y en el mismo año se embarca en un proyecto similar, quizás sorprendido por el éxito del debut de Yasuzo Masumura, ¨Besos¨: adaptar a los tiempos actuales, manteniendo la estructura argumental pero cambiando el nombre de los personajes, ¨Historia de una Hierba Errante¨, que nos narra cómo en mitad de un caluroso verano llega a un remoto pueblo pesquero una compañía ambulante de teatro kabuki.
El ambiente, pese al sofocante calor, es de jolgorio y esperanza, la de los miembros de la compañía por lograr el éxito con su obra, pero el patrón de ésta, Komajuro, oculta un oscuro secreto: en el lugar vive su hijo Kiyoshi, fruto de un idilio con la dueña de un local, sin embargo la vergüenza (por su profesión) y la cobardía le han llevado a fingirse ante él como su tío, engaño que dura hasta el día de hoy; un secreto que será el desencadenante de una sucesión de infortunios cuando la nueva amante de Komajuro y su actriz principal, Sumiko, presa de los celos y la rabia, decida castigarle por su hipocresía.
Centrándose en la espiral de confusión desatada por ésta, en la que también se verá envuelta Kayo, convencida por Sumiko para seducir y confundir a Kiyoshi, la mentira para salvar las apariencias, la traición y las pasiones incontrolables (algo que anuncia ese calor omnipresente que impregna a los seres y vicia la atmósfera) son los motivos de una historia que destila pesimismo, amargura, cinismo, sensualidad y una rara violencia poco usual en el cine del director, quien la refuerza sirviéndose de sus característicos planos estáticos, cortos o generales, captando de mejor manera la crudeza de las situaciones.
Este flujo de planos que, a primera vista, parecen muy tranquilos y normales, se revela como un río profundo con una superficie apacible que oculta en su interior corrientes furiosas y destructivas, y si es costumbre en su obra el uso abrupto de las elipsis para evitar el exceso del melodrama, aquí se servirá de dicho recurso formal (además del mencionado) para crear una sensación de incomodidad y casi de desasosiego en el espectador y realzar la oscuridad lírica del conjunto. La tensión acumulada no tendrá otra vía de salida salvo la de la violencia (desatada en el último tramo del film), que afectará a todos y cada uno de los implicados.
Ozu trata con aspereza el conflicto en el seno de la familia y la desaparición de un mundo, el teatral y el real, tanto más cuanto que se establece una significativa conexión entre los personajes y los papeles que interpretan (así Sumiko, que blande la espada como Chuji Kunisada, será la instigadora de las tensiones, y Kayo se dejará llevar por los sucesos como por la música en la obra), siendo el mejor ejemplo Komajuro, actor dentro y fuera del escenario, algo de lo que su hijo le reprocha (¨tu personaje es demasiado irreal, no es creíble¨). Su irascible reacción cuando descubre el furtivo romance radicará en la creencia (por mecanismo reflejo) de que todos actúan como él; al no conocer otra verdad salvo la de las apariencias será incapaz de atisbar lo auténtico, los verderos sentimientos.
El director vuelve a enfrentar lo tradicional y lo moderno, esta vez usando el teatro como punto de partida (ese trabajador del puerto que se burla de la obra cuando el cartel es colocado en el establecimiento) y que sobre todo está presente en la relación entre el padre y el hijo. Ya éste le recrimina lo desfasado de su personaje en la obra, un hombre que, como él, está estancado existencialmente (prueba de ello es que, al contrario que Kiyoshi, quien evoluciona con respecto a los acontecimientos, Komajuro se resigna y regresa junto a Sumiko); esta confrontación incluso derivará en el violento rechazo del hijo al padre.
Ozu filma la acción dramática como si de una obra kabuki se tratase y hace gala de su habilidad para mostrar o insinuar de forma natural, reparando en pequeños detalles que le aportan sus sostenidos encuadres para ofrecer momentos de gran emoción, que intensifica la belleza plástica de la fotografía en color de Kazuo Miyagawa, mientras que la ligera partitura de Takanobu Saito proporciona musicalidad al movimiento, tanto de las secuencias como de los personajes, bien interpretados por un elenco donde además de Haruko Sugimura y un irritante y detestable Ganjiro Nakamura, cabe destacar la presencia de dos de las actrices más bellas e imponentes del cine japonés, Machiko Kyo y Ayako Wakao (que ya colaboraron en ¨La Calle de la Vergüenza¨).
Chishu Ryu, actor fetiche del director, tendrá en una breve aparición, al igual que Koji Mitsui, quien en la primera versión daba vida al hijo del protagonista (llamado Shinkichi), y Hitomi Nozoe y Hiroshi Kawaguchi demuestran (como en los films de Masumura) una gran quimica en pantalla.
Sin perder su inevitable condición de ¨remake¨, ésta pasa por ser una de las obras más notables de la última etapa de Ozu, la que además cerraría una era dorada para el cine nipón, reflexión a un tiempo grave y jovial del oficio del artista ambulante (hierba errante que flota eternamente en el río de la vida), fábula sarcástica y desgarradora sobre los falsos pretextos del corazón y el espíritu...y más ampliamente, farsa sensible y trágica sobre la existencia como necesaria aceptación de la traición.
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