Lo del sr. Minetaro Mochizuki, autor y dibujante, es talento puro. Publicado en 1.994, su manga de dos volúmenes contaba la historia más vieja del mundo, y sin embargo logró crear una de esas obras de culto que enganchan desde la primera página.
Y tan vieja: un duro yakuza que no obedece las reglas es cazado por sus compañeros tras robar una gran cantidad de dinero a su organización, y durante su persecución se tropieza con una chica deseosa de cambiar de vida que le ayudará pase lo que pase.
Argumento de típica novela negra de bolsillo que garantiza un desarrollo trepidante, lleno de violencia extrema, sexo y crueldad a través de sus feroces dibujos; la historia es lineal, clara y directa, y sus sorprendentes giros suceden por la actitud de sus personajes y las situaciones tan extremas a las que han sido llevados. Tras ser aplaudido en el Festival de Cine Fantástico de Yubari por su cortometraje “8-tsuki no Yakusoku“, el joven Katsuhito Ishii (un especialista en diseño gráfico que se introdujo en el mundo de la publicidad, alumno de Kohei Oguri, amante del anime y fanático de Lynch, Tarantino, Kitano y Verhoeven) dijo sobre el escenario que no tenía ningún proyecto pendiente...
Sin saberlo, las fuerzas del destino conspirarían y su productor Hiroyuki Izumi entró en negociaciones para comprar los derechos del manga de Mochizuki, precisamente el que él estaba leyendo. Y aunque creía que la historia original era demasiado corta para convertirla en largometraje tuvo la bendición del autor con respecto a hacer los cambios que quisiera...y esa fue la sentencia de muerte para “Samehada Otoko to Momojiri Onna“, que aquél trasladó como bien le pareció, dando rienda suelta a su imaginación manteniendo lo básico: la premisa.
Desde el principio se aprecia la diferencia. Un prólogo (brillante, para qué negarlo) en el que un grupo de yakuzas conversa sobre sus problemas de la vida deja claro el gusto del director por los diálogos “tarantinianos“, y lo que sigue es una versión algo desordenada y fragmentada de la trama del manga. Pero en él se narraba de mejor manera, empezando con la huida de Samehada, siendo perseguido sin tregua por su jefe Tanuki; el guión nos presenta primero a Toshiko, la pobre recepcionista del motel de montaña maltratada y acosada por su tío, el dueño, donde se irán a reunir todos los personajes de la historia.
El encuentro de estos dos individuos sin nada ni nadie en sus vidas a lo que aferrarse es más o menos igual salvo un detalle fundamental: la Toshiko del manga era mucho más resolutiva y valiente; la interpretada por la popular cantante Shie Kohinata no tiene ese carisma y garra. Por su parte Samehada (que parecía una mezcla de Errol Flynn y Bruce Campbell), en la piel del entonces emergente Tadanobu Asano, pasa a ser algo así como su versión “hippie“. Misma dinámica: ambos se unen y se transforman en la versión nipona de la pareja de “La Huida“.
Pero en una decisión extraña (e inadecuada en mi opinión) la atención se desvía hacia los villanos, y los protagonistas, mucho más difuminados y nunca llegando a interaccionar del todo, quedan en un segundo plano, así que su relación es un enigma (en el manga tenían relaciones sexuales, se enamoraban y lo más importante: hablaban, lo que aquí no sucede con frecuencia). Y si en las páginas el tono era sombrío y crudo aquí lo extravagante campa a sus anchas; Ishii aporta la invención de un imaginario alrededor de la pareja que termina por eclipsarles.
Los yakuzas de Mochizuki eran bestias aterradoras, los de Ishii son una pandilla de auténticos “freaks“ salidos de un concurso de “cosplay“. Pero el director, además de saber equilibrar el suspense, la violencia y la acción, logra algo imposible: que el absurdo se presente de forma natural, y así la tropa de estrafalarios asesinos y las disparatadas situaciones ocurridas pueden encajar en ese escenario forestal tan corriente (al fin y al cabo un lugar más abstracto que otra cosa, como una realidad alternativa donde todo es posible; nunca vemos el entorno urbano de Tokyo que sí se veía en el manga). Es una aceptación de lo grotesco y lo paródico muy en la línea del cine de Kitano y sobre todo de Takashi Miike.
Lo mejor de esta invención es sin duda el personaje de Yamada, al que da vida el actor de doblaje Tatsuya Gashuin, de quien Ishii era un gran fan; con este hombrecillo cejijunto y vestido cual niño de los años “40 también se trata algo imposible de vislumbrar en el manga: la redención. Porque mientras Toshiko era perseguida escopeta en mano por su tío para devolverla al motel, aquí él encarga los servicios de un siniestro asesino a sueldo...que decidirá (a menos de la mitad de la historia) luchar en favor de la pareja (¡!). La piedad, la amistad y la creencia en Dios no existían en el malévolo universo “noir“ de Mochizuki.
Ishii los utiliza como medio de salvación para los inocentes y castigo para los villanos, todo salpicado de interminables conversaciones con el sello de Tarantino. “Samehada Otoko to Momojiri Onna“ fue la sensación del momento, un clásico instantáneo, e Ishii se convirtió en una de las grandes promesas de aquella desafiante generación de cineastas nipones de mediados de los “90. El éxito se extendió a festivales internacionales hasta que su película fue vista por el mismo Tarantino en el Festival de Cine de Hawaii...a quien encantó, claro...
Iniciándose así una amistad que terminó en colaboración cuando éste le pidió encargarse de las animaciones para la historia del origen de O-Ren en “Kill Bill“.
Mad Warrior
7
Lo del sr. Minetaro Mochizuki, autor y dibujante, es talento puro. Publicado en 1.994, su manga de dos volúmenes contaba la historia más vieja del mundo, y sin embargo logró crear una de esas obras de culto que enganchan desde la primera página.
Y tan vieja: un duro yakuza que no obedece las reglas es cazado por sus compañeros tras robar una gran cantidad de dinero a su organización, y durante su persecución se tropieza con una chica deseosa de cambiar de vida que le ayudará pase lo que pase.
Argumento de típica novela negra de bolsillo que garantiza un desarrollo trepidante, lleno de violencia extrema, sexo y crueldad a través de sus feroces dibujos; la historia es lineal, clara y directa, y sus sorprendentes giros suceden por la actitud de sus personajes y las situaciones tan extremas a las que han sido llevados. Tras ser aplaudido en el Festival de Cine Fantástico de Yubari por su cortometraje “8-tsuki no Yakusoku“, el joven Katsuhito Ishii (un especialista en diseño gráfico que se introdujo en el mundo de la publicidad, alumno de Kohei Oguri, amante del anime y fanático de Lynch, Tarantino, Kitano y Verhoeven) dijo sobre el escenario que no tenía ningún proyecto pendiente...
Sin saberlo, las fuerzas del destino conspirarían y su productor Hiroyuki Izumi entró en negociaciones para comprar los derechos del manga de Mochizuki, precisamente el que él estaba leyendo. Y aunque creía que la historia original era demasiado corta para convertirla en largometraje tuvo la bendición del autor con respecto a hacer los cambios que quisiera...y esa fue la sentencia de muerte para “Samehada Otoko to Momojiri Onna“, que aquél trasladó como bien le pareció, dando rienda suelta a su imaginación manteniendo lo básico: la premisa.
Desde el principio se aprecia la diferencia. Un prólogo (brillante, para qué negarlo) en el que un grupo de yakuzas conversa sobre sus problemas de la vida deja claro el gusto del director por los diálogos “tarantinianos“, y lo que sigue es una versión algo desordenada y fragmentada de la trama del manga. Pero en él se narraba de mejor manera, empezando con la huida de Samehada, siendo perseguido sin tregua por su jefe Tanuki; el guión nos presenta primero a Toshiko, la pobre recepcionista del motel de montaña maltratada y acosada por su tío, el dueño, donde se irán a reunir todos los personajes de la historia.
El encuentro de estos dos individuos sin nada ni nadie en sus vidas a lo que aferrarse es más o menos igual salvo un detalle fundamental: la Toshiko del manga era mucho más resolutiva y valiente; la interpretada por la popular cantante Shie Kohinata no tiene ese carisma y garra. Por su parte Samehada (que parecía una mezcla de Errol Flynn y Bruce Campbell), en la piel del entonces emergente Tadanobu Asano, pasa a ser algo así como su versión “hippie“. Misma dinámica: ambos se unen y se transforman en la versión nipona de la pareja de “La Huida“.
Pero en una decisión extraña (e inadecuada en mi opinión) la atención se desvía hacia los villanos, y los protagonistas, mucho más difuminados y nunca llegando a interaccionar del todo, quedan en un segundo plano, así que su relación es un enigma (en el manga tenían relaciones sexuales, se enamoraban y lo más importante: hablaban, lo que aquí no sucede con frecuencia). Y si en las páginas el tono era sombrío y crudo aquí lo extravagante campa a sus anchas; Ishii aporta la invención de un imaginario alrededor de la pareja que termina por eclipsarles.
Los yakuzas de Mochizuki eran bestias aterradoras, los de Ishii son una pandilla de auténticos “freaks“ salidos de un concurso de “cosplay“. Pero el director, además de saber equilibrar el suspense, la violencia y la acción, logra algo imposible: que el absurdo se presente de forma natural, y así la tropa de estrafalarios asesinos y las disparatadas situaciones ocurridas pueden encajar en ese escenario forestal tan corriente (al fin y al cabo un lugar más abstracto que otra cosa, como una realidad alternativa donde todo es posible; nunca vemos el entorno urbano de Tokyo que sí se veía en el manga). Es una aceptación de lo grotesco y lo paródico muy en la línea del cine de Kitano y sobre todo de Takashi Miike.
Lo mejor de esta invención es sin duda el personaje de Yamada, al que da vida el actor de doblaje Tatsuya Gashuin, de quien Ishii era un gran fan; con este hombrecillo cejijunto y vestido cual niño de los años “40 también se trata algo imposible de vislumbrar en el manga: la redención. Porque mientras Toshiko era perseguida escopeta en mano por su tío para devolverla al motel, aquí él encarga los servicios de un siniestro asesino a sueldo...que decidirá (a menos de la mitad de la historia) luchar en favor de la pareja (¡!). La piedad, la amistad y la creencia en Dios no existían en el malévolo universo “noir“ de Mochizuki.
Ishii los utiliza como medio de salvación para los inocentes y castigo para los villanos, todo salpicado de interminables conversaciones con el sello de Tarantino. “Samehada Otoko to Momojiri Onna“ fue la sensación del momento, un clásico instantáneo, e Ishii se convirtió en una de las grandes promesas de aquella desafiante generación de cineastas nipones de mediados de los “90. El éxito se extendió a festivales internacionales hasta que su película fue vista por el mismo Tarantino en el Festival de Cine de Hawaii...a quien encantó, claro...
Iniciándose así una amistad que terminó en colaboración cuando éste le pidió encargarse de las animaciones para la historia del origen de O-Ren en “Kill Bill“.
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