Leviathan es puro cine de los 80, sin complejos. Sí, es un copy-paste descarado de Alien y The Thing… y precisamente por eso funciona. En esa década el género se construía así: coger una buena idea, llevarla a otro entorno y exprimirla.
Además, forma parte de un terror acuático muy concreto que tuvo su momento: Profundidad 6, La grieta… y Abyss, que jugaba en otra liga, más ambiciosa y menos de terror puro, pero claramente emparentada. Todas comparten esa sensación de encierro, presión y aislamiento absoluto.
¿Es imperfecta? Claro. ¿Tiene diálogos reguleros y decisiones discutibles? También. Pero tiene atmósfera, monstruo práctico y personalidad, y por eso ha envejecido como un clásico de videoclub, no como una copia vergonzante.
Esta peli no necesita defensa, pero si reconocimiento y gracias a vuestro articulo, podría tener una segunda vida
La vi en cines, de crío y me encantó
Cuando pude compré el VHS y hoy tengo una copia del DVD luciendo orgullosa en mi estantería (vía RESEN, por supuesto, que parecen ser los únicos interesados en mantener con vida estas pequeñas joyas)
PD: olvidaste mencionar que la banda sonora es de Jerry Goldsmith y que la dirección es de George Pan Cosmatos, director artesano, versátil, con brío y pulso, demostrado en RAMBO, COBRA, TOMBSTONE, EL PUENTE DE CASSANDRA o DE ORIGEN DESCONOCIDO, donde enfrenta a Peter Weller contra una rata gigante...
En defensa de “Leviathan: El demonio del abismo” (1989)
#0
Cuando se habla del terror de finales de los 80 ambientado bajo el agua, casi todo el mundo menciona Abyss o, con algo más de mala leche, Profunidad 6. Y sin embargo, ahí abajo, en las fosas más oscuras del videoclub, sigue esperando Leviathan: El demonio del abismo. Una película sucia, ruidosa, llena de óxido, testosterona y criaturas imposibles que nunca aspiró a prestigio… pero sí a dejarte mal cuerpo.
Porque Leviathan no quería ser poesía submarina. Quería ser Alien con escafandra. Y eso, en 1989, ya era más que suficiente.
Acero, vodka y turnos de mierda bajo el mar
La premisa es tan directa que casi huele a grasa industrial: un grupo de mineros submarinos trabaja a miles de metros de profundidad extrayendo metales raros. Gente curtida, poco habladora, con más vicios que ilusiones. Nada de científicos idealistas. Aquí hay vodka, broncas y turnos interminables.Todo se va al infierno cuando encuentran un pecio soviético y, con él, algo que no debería haber sido despertado. A partir de ahí, la película entra en modo supervivencia pura: pasillos estrechos, presión aplastante y una amenaza que muta, crece y se retuerce como si el propio océano hubiese decidido vengarse.
No hay grandes discursos. Nadie se para a explicar el mal. Simplemente ocurre. Y eso le sienta de maravilla.
El reparto: caras duras y cero glamour
Uno de los grandes aciertos de Leviathan es su casting. Peter Weller lidera el grupo con esa mezcla suya de cansancio vital y profesionalidad automática. No es un héroe, es un currante atrapado en una pesadilla. Y se le cree.A su lado están Richard Crenna, Daniel Stern y Ernie Hudson, todos aportando humanidad, humor seco y esa sensación de “esta gente no debería estar aquí, pero lo está”. No hay personajes de cartón piedra: hay supervivientes potenciales, y eso cambia mucho las reglas.
Y ojo con Meg Foster, con esa mirada imposible que parece salida directamente del abismo. Funciona casi como un elemento más del decorado: fría, inquietante, extraña.
El monstruo: carne, metal y paranoia
El “demonio” de Leviathan no es elegante. No es icónico. Y precisamente por eso funciona. Es un amasijo grotesco de cuerpos deformados, mutaciones imposibles y prótesis que hoy cantan… pero que entonces daban auténtico repelús.Aquí no hay CGI. Hay látex, baba, iluminación oscura y planos que sugieren más de lo que enseñan, aunque a veces enseñen demasiado. El resultado es irregular, sí. Pero también honesto. Cuando la película se desmadra, lo hace sin pedir perdón.
Y hay algo muy ochentero en eso.
¿Copia de Alien? Sí. ¿Y qué?
Vamos a decirlo claro: Leviathan bebe directamente de Alien. Pasillos cerrados, amenaza invisible, grupo reducido, uno a uno cayendo. Incluso la estructura es reconocible. Pero lejos de esconderlo, la película lo abraza.La diferencia está en el entorno. El espacio siempre ha sido frío y abstracto. El fondo del mar, en cambio, es opresivo, físico, brutal. Sabes que no puedes salir, que la presión te mataría antes que el monstruo. Y esa idea, bien explotada, convierte cada fallo técnico en parte del encanto.
No todo funciona. Hay decisiones discutibles, diálogos torpes, y algún momento que roza el telefilm caro. Pero también hay una identidad clara: cine de género sin complejos.
¿Por qué defenderla hoy?
Porque Leviathan representa una forma de hacer cine que ya casi no existe. Películas medianas, hechas para adultos, con malas pulgas y sin necesidad de franquicia. Porque no intenta gustar a todo el mundo. Y porque, en un panorama actual lleno de terror pulido y aséptico, reencontrarse con algo tan áspero es casi refrescante.Y porque, seamos honestos, pocas cosas hay más reconfortantes que una peli ochentera donde la solución a los problemas sigue siendo cerrar una compuerta y rezar.
Leer noticia completa