Hay algo casi admirable en Clive Barker con The Scarlet Gospels: no todo el mundo tiene el valor de dinamitar su propia obra… y hacerlo con tanta tranquilidad.
Porque sí, aquí venimos a hablar de cómo se cargó a los cenobitas. Sin anestesia.
Los que conocimos a estas criaturas en The Hellbound Heart o en Hellraiser recordamos algo muy concreto: no eran monstruos al uso. Eran otra cosa. Una especie de sacerdotes del dolor, con sus normas, su rollo casi religioso, y ese aire de “esto es mejor no entenderlo demasiado”.
Daban mal rollo de verdad.
Aquí no.
Aquí son poco más que comparsas. Aparecen, hacen ruido y desaparecen sin peso real. Toda esa mística, toda esa ambigüedad… fuera. A tomar por saco.
Y luego está Pinhead. El problema no es que cambie. El problema es en qué se convierte. Antes era una presencia fría, casi filosófica, alguien que no sabías si temer o intentar comprender y mejor temer. Aquí es un villano mucho más plano, más típico. Ha perdido toda esa elegancia retorcida que lo hacía especial.
El misterio, que era el alma de todo esto, también cae por el camino. Porque Barker decide explicarlo todo. El Infierno, las reglas, la jerarquía… todo mascadito. Y claro, cuando explicas demasiado algo que funcionaba precisamente por ser incomprensible, lo conviertes en algo bastante normalito.
Y ese es el problema de fondo: esto ya no es horror raro, incómodo y casi sagrado. Es fantasía oscura bastante genérica con vísceras.
Que sí, hay violencia. Mucha. Pero ya no impacta igual, porque el contexto se ha vuelto plano. Es como ver a alguien gritar muy fuerte en una habitación vacía: hace ruido, pero no impone.
Encima, la novela va a trompicones.
Personajes que están porque sí, ritmo irregular y esa sensación constante de que estás leyendo algo que necesitaba otra vuelta más. O dos.
Si te flipaban los cenobitas por lo que tenían de misterioso, ritualista y perturbador, este libro es básicamente ver cómo les quitan todo eso y los convierten en extras.
Lo más irónico de todo es que no estamos hablando de una secuela hecha por otro autor que “no lo ha entendido”. No. Esto lo firma el propio Barker.
Korben
0
Hay algo casi admirable en Clive Barker con The Scarlet Gospels: no todo el mundo tiene el valor de dinamitar su propia obra… y hacerlo con tanta tranquilidad.
Porque sí, aquí venimos a hablar de cómo se cargó a los cenobitas. Sin anestesia.
Los que conocimos a estas criaturas en The Hellbound Heart o en Hellraiser recordamos algo muy concreto: no eran monstruos al uso. Eran otra cosa. Una especie de sacerdotes del dolor, con sus normas, su rollo casi religioso, y ese aire de “esto es mejor no entenderlo demasiado”.
Daban mal rollo de verdad.
Aquí no.
Aquí son poco más que comparsas. Aparecen, hacen ruido y desaparecen sin peso real. Toda esa mística, toda esa ambigüedad… fuera. A tomar por saco.
Y luego está Pinhead. El problema no es que cambie. El problema es en qué se convierte. Antes era una presencia fría, casi filosófica, alguien que no sabías si temer o intentar comprender y mejor temer. Aquí es un villano mucho más plano, más típico. Ha perdido toda esa elegancia retorcida que lo hacía especial.
El misterio, que era el alma de todo esto, también cae por el camino. Porque Barker decide explicarlo todo. El Infierno, las reglas, la jerarquía… todo mascadito. Y claro, cuando explicas demasiado algo que funcionaba precisamente por ser incomprensible, lo conviertes en algo bastante normalito.
Y ese es el problema de fondo: esto ya no es horror raro, incómodo y casi sagrado. Es fantasía oscura bastante genérica con vísceras.
Que sí, hay violencia. Mucha. Pero ya no impacta igual, porque el contexto se ha vuelto plano. Es como ver a alguien gritar muy fuerte en una habitación vacía: hace ruido, pero no impone.
Encima, la novela va a trompicones.
Personajes que están porque sí, ritmo irregular y esa sensación constante de que estás leyendo algo que necesitaba otra vuelta más. O dos.
Si te flipaban los cenobitas por lo que tenían de misterioso, ritualista y perturbador, este libro es básicamente ver cómo les quitan todo eso y los convierten en extras.
Lo más irónico de todo es que no estamos hablando de una secuela hecha por otro autor que “no lo ha entendido”. No. Esto lo firma el propio Barker.
Reportar