¿Qué misterios se esconden tras los espejos, los huesos de color rojo y las voces que proceden de un lugar indeterminado entre la tierra de los vivos y de los muertos?
Sólo con los cuentos y la fantasía sería posible explicar los muchos enigmas que este mundo oculta tras su engañosa apariencia y cotidianidad. Bienvenidos a la era Taisho.
En el cine japonés de los recién iniciados 80 el “V-Cinema” empezará a sustituir a las grandes productoras y los films de bajo presupuesto, la mayoría eróticos, ganarán mucha popularidad, pero aún aparecen obras como “El Asesino del Shogun”, “Exterminio” y la monumental “Kagemusha”; el mismo año que Kurosawa resurge de sus cenizas también lo hace Seijun Suzuki, quien ha sobrevivido a una década de ostracismo tras su polémico despido de Nikkatsu dirigiendo en televisión y otros trabajos personales. “Hishu Monogatari”, que inicia su libertad, es un fracaso de taquilla y crítica.
Durante el paso de los años el director quiere hacer algo distinto, algo que signifique su total distanciamiento de lo que hacía para la productora de Kyusaku Hori, por eso prepara una serie de historias y fábulas que discute con varios de sus longevos colaboradores. Junto al guionista Yozo Tanaka (“Flower & Snake”) modela un argumento inspirado en una novela de Hyakken Uchida, cuyo estilo fantástico e irreverente encaja bien con el suyo: “Sarasate no Ban”, cuyo tema cobrará importancia en la obra resultante, a la cual bautiza “Zigeunerweisen”, título de la famosa pieza del compositor Pablo de Sarasate. Si esta obra es posible es gracias a la ayuda del productor teatral Genjiro Arato.
Un gramófono inicia la película, más bien un susurro que se escucha a través del disco que (no) se está reproduciendo. La voz “fantasma” causa la incertidumbre y los presentes, a los que no vemos, se preguntan de dónde ha venido; dicha voz es en realidad la del compositor, la que hizo tan conocida su pieza, pero este misterioso suceso pone sobre aviso de que habrá cosas que vendrán de lugares desconocidos a los cuales no podemos acceder por medio de la lógica y la razón. Tras esto, un asesinato en una playa, perpetrado por un inquietante individuo llamado Nakasago que sale indemne gracias a su viejo amigo Toyojiro, un lacónico profesor de alemán.
Suzuki nos sumerge en una era Taisho extraña y sugerente; la recuperación económica, las influencias extranjeras, el surgimiento de ideales socialistas y anarquistas y la expansión económica y política tras la 1.ª Guerra Mundial es un telón de fondo más bien metafórico. El director se centra en el exotismo que le brinda este escenario insular para centrarse en la amistad entre Toyojiro y Nakasago, profesor convertido en hermitaño, quienes comparten estancia en una posada junto a una atractiva geisha, Ine; este trío de personajes será vigilado desde la distancia por uno aún más pintoresco compuesto por vagabundos ciegos cuyas hedonistas baladas pretenden dar un significado (alegórico, claro) a la relación de los anteriores.
La intención de Suzuki es clara y directa. Todo aquello que no pudo hacer en la autoritaria Nikkatsu lo pone ahora en práctica, rompiendo el tiempo y el espacio, quebrando las leyes de la lógica, y proponiendo un encadenamiento de sucesos y secuencias que nunca responden a leyes narrativas traicionales o de orden literario, más bien obedeciendo a las modulaciones de la poesía y la música, por ello el cineasta hará brotar lo impalpable gracias a una escritura en la que el movimiento de la cámara revelerá lo invisible para confundir y perturbar al espectador, como bien hacía Mizoguchi en “Cuentos de la Luna Pálida”, de donde se toma clara inspiración.
También están presentes las sombras de Luis Buñuel, Teinosuke Kinugasa, Hiroshi Teshigahara, Kaneto Shindo, los films de terror de Nobuo Nakagawa y las fuertes influencias de la revolucionaria “Eros y Masacre”, donde también se trataba en un contexto fantástico y onírico la era Taisho. Ahí desea penetrar Suzuki, en un mundo de registros sensibles al que se accede por medio de las distintas brechas abiertas en la realidad; el túnel de un escenario natural montañoso servirá de algún modo a Toyojiro para entrar en el reverso “invisible” del mundo real que él habita, dos espacios que gozan de transferencias recíprocas tan íntimas que a veces colapsan creando un efecto cautivador y no menos apabullante.
Estos dos mundos, al ser cada uno el reverso del otro, se hallan en ambos las diferentes figuras de proyección que a bien deberán cruzarse. La principal es la que halla Toyojiro en Nakasago, su reflejo distorsionado; el primero elegante, silencioso, correcto, vistiendo a la moda europea, por lo tanto el intelectual, frente al segundo, impulsivo, desganado, violento, libre, y que viste un sucio kimono, siendo así el vagabundo, el psicópata. Reflejos que se extienden a las mujeres; en el caso de Ine, la geisha, y una chica con quien se casa Nakasago, llamada Sono, este döppelganger queda encarnado y brota a la superficie, tomando al final una la vida de la otra al sustituirla como madre y esposa.
Las dos hermanas, Taeko (mujer de Toyojiro) y Shuko, también son claras figuras de proyección (se observarán en espejos para constatar la realidad en que se hallan, incluso se llegarán a intercambiar los nombres), impulsando la enfermedad mortal de la segunda la vitalidad de la primera, que engaña ocasionalmente a su marido con Nakasago, casi erigido en maestro de ceremonias de esta imposible fábula donde todo podría tener una supuesta explicación. Por no hablar de los vagabundos ciegos, que son la representación grotesca y radical (verán y sentirán lo que no llegan a ver ni sentir los demás) del trío protagonista.
Mientras, la enfermiza obsesión de Nakasago por el color rojo de los huesos (deseando deshacerse de las apariencias y mentiras que esconde la piel y la carne para llegar hasta lo más profundo del alma humana) y una voz extraña de permanente presencia que nace del gramófono, son los otros dos elementos clave del ininteligible argumento, el cual también se nutrirá del folklore japonés habitado por fantasmas y otros espíritus. Todos los personajes podrían ser de hecho almas deambulantes que flotan en la inmensidad del espacio sensible (fuyurei), e Ine acaba figurando al ubume del folklore (tanto más cuanto que sustituye a Sono como madre).
El poco presupuesto no impide a Suzuki disponer un hipnótico imaginario de color, misterio, erotismo, alegorías y un sinfín de locuras surrealistas donde por supuesto deja que se infiltre su irreverente humor negro, todo ello a lo largo de una trama que discurre densa y sobria pese a su violencia y locura interiores. Mientras la puesta en escena, la dirección artística y la inventiva sobresalen por encima de todo, cabe señalar las impagables actuaciones de Akaji Maro, Kisako Makishi, Yoshio Harada, aquella joven Naoko Otani en un doble papel y un impertérrito Toshiya Fujita que deja su rol de director (suyas son “Lady Snowblood” y algunas entregas de la saga “Stray Cat Rock”) y actúa gustoso a las órdenes de Suzuki.
Éste, que ya puede respirar tranquilo sin las cádenas asfixiantes de Nikkatsu, pone todo su talento tras la cámara al servicio de una fábula bella y cautivadora a su modo, y que atraviesa la realidad con un sentido del humor único. Ante todo “Zigeunerweisen” es un “art film” onírico, y el nipón no hace por ocultar sus intenciones.
Se inicia de este modo, y con gran éxito además (ganando el aplauso del público y la crítica y varios galardones) la primera de las obras que conformarán la llamada Trilogía Taisho del cineasta, completada con las superiores “Kagero-za” y “Yumeji”.
Mad Warrior
7
¿Qué misterios se esconden tras los espejos, los huesos de color rojo y las voces que proceden de un lugar indeterminado entre la tierra de los vivos y de los muertos?
Sólo con los cuentos y la fantasía sería posible explicar los muchos enigmas que este mundo oculta tras su engañosa apariencia y cotidianidad. Bienvenidos a la era Taisho.
En el cine japonés de los recién iniciados 80 el “V-Cinema” empezará a sustituir a las grandes productoras y los films de bajo presupuesto, la mayoría eróticos, ganarán mucha popularidad, pero aún aparecen obras como “El Asesino del Shogun”, “Exterminio” y la monumental “Kagemusha”; el mismo año que Kurosawa resurge de sus cenizas también lo hace Seijun Suzuki, quien ha sobrevivido a una década de ostracismo tras su polémico despido de Nikkatsu dirigiendo en televisión y otros trabajos personales. “Hishu Monogatari”, que inicia su libertad, es un fracaso de taquilla y crítica.
Durante el paso de los años el director quiere hacer algo distinto, algo que signifique su total distanciamiento de lo que hacía para la productora de Kyusaku Hori, por eso prepara una serie de historias y fábulas que discute con varios de sus longevos colaboradores. Junto al guionista Yozo Tanaka (“Flower & Snake”) modela un argumento inspirado en una novela de Hyakken Uchida, cuyo estilo fantástico e irreverente encaja bien con el suyo: “Sarasate no Ban”, cuyo tema cobrará importancia en la obra resultante, a la cual bautiza “Zigeunerweisen”, título de la famosa pieza del compositor Pablo de Sarasate. Si esta obra es posible es gracias a la ayuda del productor teatral Genjiro Arato.
Un gramófono inicia la película, más bien un susurro que se escucha a través del disco que (no) se está reproduciendo. La voz “fantasma” causa la incertidumbre y los presentes, a los que no vemos, se preguntan de dónde ha venido; dicha voz es en realidad la del compositor, la que hizo tan conocida su pieza, pero este misterioso suceso pone sobre aviso de que habrá cosas que vendrán de lugares desconocidos a los cuales no podemos acceder por medio de la lógica y la razón. Tras esto, un asesinato en una playa, perpetrado por un inquietante individuo llamado Nakasago que sale indemne gracias a su viejo amigo Toyojiro, un lacónico profesor de alemán.
Suzuki nos sumerge en una era Taisho extraña y sugerente; la recuperación económica, las influencias extranjeras, el surgimiento de ideales socialistas y anarquistas y la expansión económica y política tras la 1.ª Guerra Mundial es un telón de fondo más bien metafórico. El director se centra en el exotismo que le brinda este escenario insular para centrarse en la amistad entre Toyojiro y Nakasago, profesor convertido en hermitaño, quienes comparten estancia en una posada junto a una atractiva geisha, Ine; este trío de personajes será vigilado desde la distancia por uno aún más pintoresco compuesto por vagabundos ciegos cuyas hedonistas baladas pretenden dar un significado (alegórico, claro) a la relación de los anteriores.
La intención de Suzuki es clara y directa. Todo aquello que no pudo hacer en la autoritaria Nikkatsu lo pone ahora en práctica, rompiendo el tiempo y el espacio, quebrando las leyes de la lógica, y proponiendo un encadenamiento de sucesos y secuencias que nunca responden a leyes narrativas traicionales o de orden literario, más bien obedeciendo a las modulaciones de la poesía y la música, por ello el cineasta hará brotar lo impalpable gracias a una escritura en la que el movimiento de la cámara revelerá lo invisible para confundir y perturbar al espectador, como bien hacía Mizoguchi en “Cuentos de la Luna Pálida”, de donde se toma clara inspiración.
También están presentes las sombras de Luis Buñuel, Teinosuke Kinugasa, Hiroshi Teshigahara, Kaneto Shindo, los films de terror de Nobuo Nakagawa y las fuertes influencias de la revolucionaria “Eros y Masacre”, donde también se trataba en un contexto fantástico y onírico la era Taisho. Ahí desea penetrar Suzuki, en un mundo de registros sensibles al que se accede por medio de las distintas brechas abiertas en la realidad; el túnel de un escenario natural montañoso servirá de algún modo a Toyojiro para entrar en el reverso “invisible” del mundo real que él habita, dos espacios que gozan de transferencias recíprocas tan íntimas que a veces colapsan creando un efecto cautivador y no menos apabullante.
Estos dos mundos, al ser cada uno el reverso del otro, se hallan en ambos las diferentes figuras de proyección que a bien deberán cruzarse. La principal es la que halla Toyojiro en Nakasago, su reflejo distorsionado; el primero elegante, silencioso, correcto, vistiendo a la moda europea, por lo tanto el intelectual, frente al segundo, impulsivo, desganado, violento, libre, y que viste un sucio kimono, siendo así el vagabundo, el psicópata. Reflejos que se extienden a las mujeres; en el caso de Ine, la geisha, y una chica con quien se casa Nakasago, llamada Sono, este döppelganger queda encarnado y brota a la superficie, tomando al final una la vida de la otra al sustituirla como madre y esposa.
Las dos hermanas, Taeko (mujer de Toyojiro) y Shuko, también son claras figuras de proyección (se observarán en espejos para constatar la realidad en que se hallan, incluso se llegarán a intercambiar los nombres), impulsando la enfermedad mortal de la segunda la vitalidad de la primera, que engaña ocasionalmente a su marido con Nakasago, casi erigido en maestro de ceremonias de esta imposible fábula donde todo podría tener una supuesta explicación. Por no hablar de los vagabundos ciegos, que son la representación grotesca y radical (verán y sentirán lo que no llegan a ver ni sentir los demás) del trío protagonista.
Mientras, la enfermiza obsesión de Nakasago por el color rojo de los huesos (deseando deshacerse de las apariencias y mentiras que esconde la piel y la carne para llegar hasta lo más profundo del alma humana) y una voz extraña de permanente presencia que nace del gramófono, son los otros dos elementos clave del ininteligible argumento, el cual también se nutrirá del folklore japonés habitado por fantasmas y otros espíritus. Todos los personajes podrían ser de hecho almas deambulantes que flotan en la inmensidad del espacio sensible (fuyurei), e Ine acaba figurando al ubume del folklore (tanto más cuanto que sustituye a Sono como madre).
El poco presupuesto no impide a Suzuki disponer un hipnótico imaginario de color, misterio, erotismo, alegorías y un sinfín de locuras surrealistas donde por supuesto deja que se infiltre su irreverente humor negro, todo ello a lo largo de una trama que discurre densa y sobria pese a su violencia y locura interiores. Mientras la puesta en escena, la dirección artística y la inventiva sobresalen por encima de todo, cabe señalar las impagables actuaciones de Akaji Maro, Kisako Makishi, Yoshio Harada, aquella joven Naoko Otani en un doble papel y un impertérrito Toshiya Fujita que deja su rol de director (suyas son “Lady Snowblood” y algunas entregas de la saga “Stray Cat Rock”) y actúa gustoso a las órdenes de Suzuki.
Éste, que ya puede respirar tranquilo sin las cádenas asfixiantes de Nikkatsu, pone todo su talento tras la cámara al servicio de una fábula bella y cautivadora a su modo, y que atraviesa la realidad con un sentido del humor único. Ante todo “Zigeunerweisen” es un “art film” onírico, y el nipón no hace por ocultar sus intenciones.
Se inicia de este modo, y con gran éxito además (ganando el aplauso del público y la crítica y varios galardones) la primera de las obras que conformarán la llamada Trilogía Taisho del cineasta, completada con las superiores “Kagero-za” y “Yumeji”.
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