Un accidente. Una isla. Unos niños. Cálido es el día y fría es la noche. Aquel hermoso paisaje, de arena, agua clara y árboles meciéndose al ritmo del viento, esconde una oscuridad que poco a poco arropará a aquellos ¨buenos¨ muchachos. Una oscuridad escondida, que ellos mismos portaban antes pasar un tiempo aislados, aislados de su rutina, de la escuela, la música, comida y cena, los deberes, los juegos, el beso de buenas noches y el sueño profundo y casi eterno hasta un nuevo amanecer, esa oscuridad que espera florecer, ese instinto animal, esas almas perdidas que esperan un rescate, que esperan que alguien les diga verdaderamente que deben hacer, un adulto que les indique el camino a seguir. Un adulto que les rescate de esa postal tan bella por fuera y tan podrida por dentro.
Ralph, Jack y Piggy. El fuego, la sangre y la cordura. Mayores, medianos y pequeños. Responsabilidad, obediencia y miedo. Una caracola, el sonido de las palabras y del orden. Una lanza, la cabeza de animal sin vida clavada en ella, y unas moscas revoloteando a su alrededor, encantadas con el putefracto olor a muerte. La noche, la confusión, los sonidos y la sangre. Cazadores y presas, tribus y cavernas. ¿Y el fuego? Los accidentes, las reglas y las obligaciones. ¿Y la caza? La excitación, la dura carne atravesada, la vida esfumada en arrebatos y salvajismo. Dos bandos, ¿tal vez no exista ninguno? y muchas reglas, ¿cuántas se cumplen?. Buenas y malas intenciones, buenas y malas decisiones. El mal en su estado más libre, la inocencia en su estado más puro. La vida en su estancia más corta, la muerte alargando su figura. Incertidumbre, soledad, violencia y un terror real, tan real que es palpable, por todos y cada uno de esos niños transformados en bestias, en salvajes, en asesinos. ¿Por qué comportarnos como niños? ¿Por qué no comportarse como adultos? Hay que mantener vivo el fuego, hay que construir unos refugios. ¿Pero y la comida? El humo tiene que marcar nuestra situación, tiene que verse tras esas montañas, alzarse al cielo y acariciar las nubes. ¿Pero y la comida? Fuego y sangre. ¿Ese es su órden? Tal vez...
Deja poso, deja recuerdo, deja imágenes, deja sufrimiento y miedo (sobre todo en las páginas del brillante, inolvidable y cruel novela de Golding). Siempre recordaré a Piggy, ese niño regordete, con enormes gafas y aspecto cómico que escondía un sabio, un sabio tan insultado y dejado atrás, tan maltratado algunos, tan repudiado por casi todos...
Dura, cruel, apasionante, reflexiva, inquietante, trágica, terrorífica y hermosa. Quizás algún día regrese a aquella isla, esperando que la historia cambie.
Millennium
9
Un accidente. Una isla. Unos niños. Cálido es el día y fría es la noche. Aquel hermoso paisaje, de arena, agua clara y árboles meciéndose al ritmo del viento, esconde una oscuridad que poco a poco arropará a aquellos ¨buenos¨ muchachos. Una oscuridad escondida, que ellos mismos portaban antes pasar un tiempo aislados, aislados de su rutina, de la escuela, la música, comida y cena, los deberes, los juegos, el beso de buenas noches y el sueño profundo y casi eterno hasta un nuevo amanecer, esa oscuridad que espera florecer, ese instinto animal, esas almas perdidas que esperan un rescate, que esperan que alguien les diga verdaderamente que deben hacer, un adulto que les indique el camino a seguir. Un adulto que les rescate de esa postal tan bella por fuera y tan podrida por dentro.
Ralph, Jack y Piggy. El fuego, la sangre y la cordura. Mayores, medianos y pequeños. Responsabilidad, obediencia y miedo. Una caracola, el sonido de las palabras y del orden. Una lanza, la cabeza de animal sin vida clavada en ella, y unas moscas revoloteando a su alrededor, encantadas con el putefracto olor a muerte. La noche, la confusión, los sonidos y la sangre. Cazadores y presas, tribus y cavernas. ¿Y el fuego? Los accidentes, las reglas y las obligaciones. ¿Y la caza? La excitación, la dura carne atravesada, la vida esfumada en arrebatos y salvajismo. Dos bandos, ¿tal vez no exista ninguno? y muchas reglas, ¿cuántas se cumplen?. Buenas y malas intenciones, buenas y malas decisiones. El mal en su estado más libre, la inocencia en su estado más puro. La vida en su estancia más corta, la muerte alargando su figura. Incertidumbre, soledad, violencia y un terror real, tan real que es palpable, por todos y cada uno de esos niños transformados en bestias, en salvajes, en asesinos. ¿Por qué comportarnos como niños? ¿Por qué no comportarse como adultos? Hay que mantener vivo el fuego, hay que construir unos refugios. ¿Pero y la comida? El humo tiene que marcar nuestra situación, tiene que verse tras esas montañas, alzarse al cielo y acariciar las nubes. ¿Pero y la comida? Fuego y sangre. ¿Ese es su órden? Tal vez...
Deja poso, deja recuerdo, deja imágenes, deja sufrimiento y miedo (sobre todo en las páginas del brillante, inolvidable y cruel novela de Golding). Siempre recordaré a Piggy, ese niño regordete, con enormes gafas y aspecto cómico que escondía un sabio, un sabio tan insultado y dejado atrás, tan maltratado algunos, tan repudiado por casi todos...
Dura, cruel, apasionante, reflexiva, inquietante, trágica, terrorífica y hermosa. Quizás algún día regrese a aquella isla, esperando que la historia cambie.
Me gusta (1) Reportar