En las tierras de una Edad Media oculta por el misterio y la oscuridad, el camino de un joven para armarse caballero, desde un nacimiento pecaminoso hasta la caída terrible de un reino.
Lo increíble se da de la mano con lo histórico del mismo modo que la espada que sostuvo la dama del lago entró a formar parte de la leyenda...
Allí nos dirigimos, a tierra de caballeros y magos, de dragones y profecías, de maleficios y conjuros, más allá de toda concepción conocida, de palabra escrita. John Boorman, caballero de Shepperton del cine más interesante de su generación, no está aquí para darnos una exhaustiva clase de historia cual relamido profesor universitario, sino para sumergirnos en una leyenda, creada a partir del poder de la imaginación, y que ha permanecido en la mente y el corazón de muchos luchando contra el peso de las décadas. Su pasión fue la clave para dar forma a la esplendorosa “Excalibur“, cuyo brillo seguirá iluminando el cine de “espada y brujería“ por toda la eternidad.
Este poder emerge de lugares recónditos, se retroalimenta de curiosas fuentes, fundado en lo mágico, desde que la infancia del director quedase marcada por la saga de Terence H. White “The Once and Future King“, sin embargo es “Le Morte d“Arthur“ la que sostiene al conjunto, esta amada recopilación de cuentos y fábulas artúricas de tan dudosa procedencia que viera la luz en 1.485 como uno de los primeros libros impresos en Gran Bretaña, de autoría concedida a un asesino, violador y prisionero de guerra llamado Thomas Mallory...
No tuvo suerte a la hora de promocionar su costoso y largo guión escrito junto a su amigo Rospo Pallenberg y en su lugar United Artists les propuso adaptar “The Lord of the Rings“, empresa que en aquellos inicios de los “70 parecía incluso más irrealizable que lo que ya tenían pensado. “Excalibur“, que se empieza a desarrollar tras la condena colectiva de su secuela de “El Exorcista“ (otra obra de encargo que se negó a realizar), toma entonces el grueso de “Le Morte“ aplicado a los universos de fantasía oscura de Tolkien, apoteosis de lo legendario, a largo de un rodaje de gran envergadura en Irlanda, entre Wicklow, Kerry y otros condados.
Ahora, punto importante: hay quienes exigen, como si tuvieran el derecho divino a ello, rigor a “Excalibur“, y al no obtenerlo la crucifican sin concesiones. Hemos de comprender entonces que se trata de una película cuya mayor fuente de inspiración es un libro empeñado en construir una aventura con elementos del folclore sobre un mito y destruir cualquier atisbo de rigor histórico en el proceso, además narrado por alguien de identidad nunca del todo probada. Estamos asistiendo a la transmisión de la fábula desde la fábula, y las fábulas están definidas por el poder del ardid narrativo descarado y la historia maquillada; aquí lo que cuenta es eso: la ilusión.
Poco importa que nos introduzcamos en una Edad Media sin mucho detalle, que no existan prólogos que nos sitúen en un contexto claro. Empezamos como debe empezar una leyenda: con una batalla, y así quedamos a merced de las espadas cruzándose en las gargantas de pobres desgraciados, el fuego devorando el bosque y la sangre salpicando la hierba. Gabriel Byrne, aún desconocido, es un repugnante y desagradable Uther Pendragon, quien lucha contra el duque de Cornualles, y siendo fiel a la deconstrucción de la Historia por parte de Mallory, Boorman nos presenta una gesta caballeresca donde los códigos de honor y lealtad no son más que tristes mentiras.
En su visión torcida del género, cercana a la versión de Robert Bresson de 1.974, éste llena el espacio de sombras y destaca la ambición, la traición, la desconfianza y el pecado como los motores de la acción. Ni hay reinos ni hay héroes, y la magia penetra desde lo desconocido a través de las grietas de la realidad para jugar con el destino de los hombres, haciendo que el protagonista de este primer arco no sea Uther, sino Merlin, un sabio y solemne hechicero en la piel de Nicol Williamson, pero también no poco excéntrico, socarrón e irascible. Este es el primero de los tres grandes arcos en que se divide la película, relatando el nacimiento de Arturo.
Nacimiento desde un miserable engaño donde Morgana (le Fay), presente durante dicho acto, se funde con Morgause, su hermana del mito artúrico. Por obra y gracia del guión Uther tiene la espada del agua para vencer a sus enemigos, mucho antes de que Arturo la empuñe, y la irá a clavar en la piedra para su heredero (¿cuándo sucedió eso?), “raptado“ por Merlín.
Se comprimen, tergiversan, mezclan, diversos pasajes para adaptarlos al metraje, provocando la inevitable irregularidad narrativa, ejemplificada en el empleo de las elipsis, siendo la primera usada para separar la muerte de Uther y la liberación de Excalibur por Arturo.
Pero así es la transmisión de la fábula: la línea temporal siempre puede romperse por arte de birlibirloque. Comienza con ese milagro el 2.º largo arco, desde su nombramiento de caballero hasta la caída de su reino; aquí se aprecian más los extraños ardides del guión, que nunca permite a sus personajes ser auténticos personajes, quedando a merced de los giros del destino, las fatalidades y las ambiciones, y cuyas interacciones se basan en ir citando grandilocuentes frases de una fría teatralidad hasta llegar a un excesivo y artificial melodramatismo, en lugar de ser individuos de carne y hueso.
¿Y qué decir de estos Arturo y Merlin? El primero un joven que vive en una familia adoptiva hasta que descubre la verdad, el segundo un ente que aparece cuando la situación lo requiere para ser testigo de la evolución de su “discípulo“ (que, por cierto, no precisa de mucho tiempo para luchar y capitanear grandes ejércitos); en realidad la pareja no deja de ser la versión de “espada y brujería“ de Obi-Wan y Luke Skywalker (y más cuando el parecido físico y la actitud de Williamson y Nigel Terry son sorprendentemente similares a los de Alec Guiness y Mark Hamill).
A este 2.º arco donde se nos ilustra sobre el tiempo de gloria del reinado de Arturo lo marcan dos subtramas además de pequeñas historias de otros tantos personajes: la primera es el amor entre Guenevere, que se casa con el héroe tras un par de miradas y ya, y Lancelot, que aparece de la nada en la historia y hace dudar al anterior sobre su moral de caballero al quebrar la espada sobre su armadura, un mal presagio; la segunda y lo que insufla cuerpo al film es la relación de amistad, admiración e incluso deseo entre Merlin y una crecida Morgana que también llega de no se sabe dónde. Tal vez porque entre Williamson y esta Helen Mirren de “femme fatale“ medieval (y eso que los actores no se llevaban a partir un piñón precisamente) hay una poderosa química que no se atisba en el resto del reparto.
Esta química eleva su protagonismo por encima de Terry, Nicholas Clay y Cherie Lunghi y asegura un efecto mágico en “Excalibur“, quedando plasmado la pasión de Merlin y Morgan en una puesta en escena donde este medievo de violencia, sombras, paganismo y sexo (violaciones e incesto incluídos) es dotado de un color y un brillo especial, entre la vaporosa fotografía de Alex Thomson, la bella dirección artística de Tim Hutchinson y la música de Trevor Jones, elevando cada momento a la más pura abstracción hasta visualizar el bosque como un simbólico dragón mimetizado con la naturaleza.
El 3.er arco se extiende desde la vaticinada miseria del reino hasta el enfrentamiento entre Arturo y Mordred (aquí hijo de él y Morgana), como consecuencia de dos pecados: la infidelidad de Guenevere y la ambición de la bruja. Se intercala en todo esto la mesiánica búsqueda, a través de bosques, cuevas de espectros y páramos desérticos, de un Santo Grial metafísico que hace chocar la presencia de lo divino con la oscura superstición, tomando Perceval el protagonismo sobre el rey (y eso que históricamente Galahad se hizo con la copa y Bedivere devolvió la espada al agua...).
Y Boorman se dirige a la épica más alucinógena en un último tramo de batalla inundado de niebla que recuerda a los combates de los “jidai-geki“ de Kurosawa.
El sol del atardecer impregnado por el rojo de la sangre de la batalla. Arturo y Mordred contra sus armaduras de oro y plata anulándose mutuamente como frutos del pecado para reestablecer el equilibrio en la tierra. Morgana atrapada en el humo encantado de Merlin. La mano de la dama alzándose para recuperar la espada. Guenevere aguardando en el convento. Los cascos de los caballos al son de “O Fortuna“...
A una leyenda no le hace justicia el uso de la palabra o la razón. “Excalibur“ quiere arrastrarnos a este imaginario de sensaciones más allá de cualquier lógica, que habitemos en los sueños, caminemos entre el mito y la eternidad, nos hechicemos por la magia, dejemos embaucar por el encantamiento como la misma Morgana, que seamos parte de los bosques, los lagos, la niebla, como el dragón lo es de la tierra.
De la misma forma que la dama agarra la espada y se la lleva consigo al fondo del lago, Boorman ha agarrado mi corazón y mi mente y se los ha llevado a los recónditos paisajes de su fascinante era medieval...
Mad Warrior
10
En las tierras de una Edad Media oculta por el misterio y la oscuridad, el camino de un joven para armarse caballero, desde un nacimiento pecaminoso hasta la caída terrible de un reino.
Lo increíble se da de la mano con lo histórico del mismo modo que la espada que sostuvo la dama del lago entró a formar parte de la leyenda...
Allí nos dirigimos, a tierra de caballeros y magos, de dragones y profecías, de maleficios y conjuros, más allá de toda concepción conocida, de palabra escrita. John Boorman, caballero de Shepperton del cine más interesante de su generación, no está aquí para darnos una exhaustiva clase de historia cual relamido profesor universitario, sino para sumergirnos en una leyenda, creada a partir del poder de la imaginación, y que ha permanecido en la mente y el corazón de muchos luchando contra el peso de las décadas. Su pasión fue la clave para dar forma a la esplendorosa “Excalibur“, cuyo brillo seguirá iluminando el cine de “espada y brujería“ por toda la eternidad.
Este poder emerge de lugares recónditos, se retroalimenta de curiosas fuentes, fundado en lo mágico, desde que la infancia del director quedase marcada por la saga de Terence H. White “The Once and Future King“, sin embargo es “Le Morte d“Arthur“ la que sostiene al conjunto, esta amada recopilación de cuentos y fábulas artúricas de tan dudosa procedencia que viera la luz en 1.485 como uno de los primeros libros impresos en Gran Bretaña, de autoría concedida a un asesino, violador y prisionero de guerra llamado Thomas Mallory...
No tuvo suerte a la hora de promocionar su costoso y largo guión escrito junto a su amigo Rospo Pallenberg y en su lugar United Artists les propuso adaptar “The Lord of the Rings“, empresa que en aquellos inicios de los “70 parecía incluso más irrealizable que lo que ya tenían pensado. “Excalibur“, que se empieza a desarrollar tras la condena colectiva de su secuela de “El Exorcista“ (otra obra de encargo que se negó a realizar), toma entonces el grueso de “Le Morte“ aplicado a los universos de fantasía oscura de Tolkien, apoteosis de lo legendario, a largo de un rodaje de gran envergadura en Irlanda, entre Wicklow, Kerry y otros condados.
Ahora, punto importante: hay quienes exigen, como si tuvieran el derecho divino a ello, rigor a “Excalibur“, y al no obtenerlo la crucifican sin concesiones. Hemos de comprender entonces que se trata de una película cuya mayor fuente de inspiración es un libro empeñado en construir una aventura con elementos del folclore sobre un mito y destruir cualquier atisbo de rigor histórico en el proceso, además narrado por alguien de identidad nunca del todo probada. Estamos asistiendo a la transmisión de la fábula desde la fábula, y las fábulas están definidas por el poder del ardid narrativo descarado y la historia maquillada; aquí lo que cuenta es eso: la ilusión.
Poco importa que nos introduzcamos en una Edad Media sin mucho detalle, que no existan prólogos que nos sitúen en un contexto claro. Empezamos como debe empezar una leyenda: con una batalla, y así quedamos a merced de las espadas cruzándose en las gargantas de pobres desgraciados, el fuego devorando el bosque y la sangre salpicando la hierba. Gabriel Byrne, aún desconocido, es un repugnante y desagradable Uther Pendragon, quien lucha contra el duque de Cornualles, y siendo fiel a la deconstrucción de la Historia por parte de Mallory, Boorman nos presenta una gesta caballeresca donde los códigos de honor y lealtad no son más que tristes mentiras.
En su visión torcida del género, cercana a la versión de Robert Bresson de 1.974, éste llena el espacio de sombras y destaca la ambición, la traición, la desconfianza y el pecado como los motores de la acción. Ni hay reinos ni hay héroes, y la magia penetra desde lo desconocido a través de las grietas de la realidad para jugar con el destino de los hombres, haciendo que el protagonista de este primer arco no sea Uther, sino Merlin, un sabio y solemne hechicero en la piel de Nicol Williamson, pero también no poco excéntrico, socarrón e irascible. Este es el primero de los tres grandes arcos en que se divide la película, relatando el nacimiento de Arturo.
Nacimiento desde un miserable engaño donde Morgana (le Fay), presente durante dicho acto, se funde con Morgause, su hermana del mito artúrico. Por obra y gracia del guión Uther tiene la espada del agua para vencer a sus enemigos, mucho antes de que Arturo la empuñe, y la irá a clavar en la piedra para su heredero (¿cuándo sucedió eso?), “raptado“ por Merlín.
Se comprimen, tergiversan, mezclan, diversos pasajes para adaptarlos al metraje, provocando la inevitable irregularidad narrativa, ejemplificada en el empleo de las elipsis, siendo la primera usada para separar la muerte de Uther y la liberación de Excalibur por Arturo.
Pero así es la transmisión de la fábula: la línea temporal siempre puede romperse por arte de birlibirloque. Comienza con ese milagro el 2.º largo arco, desde su nombramiento de caballero hasta la caída de su reino; aquí se aprecian más los extraños ardides del guión, que nunca permite a sus personajes ser auténticos personajes, quedando a merced de los giros del destino, las fatalidades y las ambiciones, y cuyas interacciones se basan en ir citando grandilocuentes frases de una fría teatralidad hasta llegar a un excesivo y artificial melodramatismo, en lugar de ser individuos de carne y hueso.
¿Y qué decir de estos Arturo y Merlin? El primero un joven que vive en una familia adoptiva hasta que descubre la verdad, el segundo un ente que aparece cuando la situación lo requiere para ser testigo de la evolución de su “discípulo“ (que, por cierto, no precisa de mucho tiempo para luchar y capitanear grandes ejércitos); en realidad la pareja no deja de ser la versión de “espada y brujería“ de Obi-Wan y Luke Skywalker (y más cuando el parecido físico y la actitud de Williamson y Nigel Terry son sorprendentemente similares a los de Alec Guiness y Mark Hamill).
A este 2.º arco donde se nos ilustra sobre el tiempo de gloria del reinado de Arturo lo marcan dos subtramas además de pequeñas historias de otros tantos personajes: la primera es el amor entre Guenevere, que se casa con el héroe tras un par de miradas y ya, y Lancelot, que aparece de la nada en la historia y hace dudar al anterior sobre su moral de caballero al quebrar la espada sobre su armadura, un mal presagio; la segunda y lo que insufla cuerpo al film es la relación de amistad, admiración e incluso deseo entre Merlin y una crecida Morgana que también llega de no se sabe dónde. Tal vez porque entre Williamson y esta Helen Mirren de “femme fatale“ medieval (y eso que los actores no se llevaban a partir un piñón precisamente) hay una poderosa química que no se atisba en el resto del reparto.
Esta química eleva su protagonismo por encima de Terry, Nicholas Clay y Cherie Lunghi y asegura un efecto mágico en “Excalibur“, quedando plasmado la pasión de Merlin y Morgan en una puesta en escena donde este medievo de violencia, sombras, paganismo y sexo (violaciones e incesto incluídos) es dotado de un color y un brillo especial, entre la vaporosa fotografía de Alex Thomson, la bella dirección artística de Tim Hutchinson y la música de Trevor Jones, elevando cada momento a la más pura abstracción hasta visualizar el bosque como un simbólico dragón mimetizado con la naturaleza.
El 3.er arco se extiende desde la vaticinada miseria del reino hasta el enfrentamiento entre Arturo y Mordred (aquí hijo de él y Morgana), como consecuencia de dos pecados: la infidelidad de Guenevere y la ambición de la bruja. Se intercala en todo esto la mesiánica búsqueda, a través de bosques, cuevas de espectros y páramos desérticos, de un Santo Grial metafísico que hace chocar la presencia de lo divino con la oscura superstición, tomando Perceval el protagonismo sobre el rey (y eso que históricamente Galahad se hizo con la copa y Bedivere devolvió la espada al agua...).
Y Boorman se dirige a la épica más alucinógena en un último tramo de batalla inundado de niebla que recuerda a los combates de los “jidai-geki“ de Kurosawa.
El sol del atardecer impregnado por el rojo de la sangre de la batalla. Arturo y Mordred contra sus armaduras de oro y plata anulándose mutuamente como frutos del pecado para reestablecer el equilibrio en la tierra. Morgana atrapada en el humo encantado de Merlin. La mano de la dama alzándose para recuperar la espada. Guenevere aguardando en el convento. Los cascos de los caballos al son de “O Fortuna“...
A una leyenda no le hace justicia el uso de la palabra o la razón. “Excalibur“ quiere arrastrarnos a este imaginario de sensaciones más allá de cualquier lógica, que habitemos en los sueños, caminemos entre el mito y la eternidad, nos hechicemos por la magia, dejemos embaucar por el encantamiento como la misma Morgana, que seamos parte de los bosques, los lagos, la niebla, como el dragón lo es de la tierra.
De la misma forma que la dama agarra la espada y se la lleva consigo al fondo del lago, Boorman ha agarrado mi corazón y mi mente y se los ha llevado a los recónditos paisajes de su fascinante era medieval...
Me gusta (0) Reportar