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Shane Atkinson no pudo llamar Leroy a ese lugar situado en alguna frontera perdida entre el desierto de Nuevo México y las leyes de Texas donde un puñado de personas terminan tropezando en las vidas de otras. Porque ya hay una Leroy en el condado de McLennan y su tierra debía pertenecer a la fantasía “noir“ que tanto amaba; amor que expresó hace ya más de una década en su divertido y escabroso cortometraje “Penny Dreadful“.
Por desgracia los obstáculos para financiar un guión le llevaron a abandonarlo y empezar a escribir otra historia en la que pudiera aglutinar sus mayores influencias; en definitiva, como él ha admitido en varias entrevistas, “Una historia con la que me sintiera cómodo y me gustara ver en una película“.
Pero el periplo también ha sido agotador. Las grandes firmas cinematográficas actuales no se vuelcan con proyectos “indie“ de esta clase, así que encontrar inversores llevó algunos años a Atkinson, su esposa y el actor John Magaro, que se ofreció a participar como productor tras quedar fascinado con el guión. Merecía la pena al fin y al cabo. Y el principio es suficiente: una larguísima carretera hacia ninguna parte, unos faros en la noche, la conversación más inquietante que servidor haya oído entre un conductor y un autoestopista; Dylan Baker estremecería al John Ryder de “Carretera al Infierno“. Un cuerpo enterrado en Laroy, Texas, con las luces del alba...
Tras este intenso prólogo cualquiera esperaría escuchar la voz con la que M. Emmet Walsh iniciaba ásperamente “Sangre Fácil“. Hay mucho olor a Coen por aquí. Un tipo con cara de idiota (Ray) y un idiota bocazas disfrazado de sheriff del viejo Oeste (Skip) charlan en una cafetería. Sí que apesta a Coen. Los diálogos, la situación, la ambientación, ecos de Carter Burwell por doquier, lo que empezamos a fraguar cuando ambos intercambian fotos de la esposa del primero tomadas en pleno acto de infidelidad; Magaro, en la piel del clásico perdedor, es emparentado con toda la mala sombra con una Megan Stevenson que pareciera una modelo angelina en su versión más paleta y demacrada: Stacy Lynn.
Pero aquí ocurre lo mismo que con los personajes de los hermanos de Minnesota: que podríamos empatizar con ellos si no fuesen tan rematadamente imbéciles; cualquiera echaría a la carretera a esa arpía, incluso la atropellaría un par de veces. Ray soporta, autodestruyéndose en silencio. Y lo absorbemos, y nos pesa, pero el humor negro se infiltra tan sutilmente entre los pliegues del drama que cuesta distinguir la línea entre uno y otro; sucede igual con la violencia. Concluida las presentaciones se empiezan a establecer los elementos que moverán la trama.
Atkinson la hace funcionar como un mecanismo eficaz y casi sin fisuras: durante la 1.ª mitad se nos cuenta cómo por puro accidente los protagonistas se inmiscuyen en otra trama que ya estaba en marcha. Una donde hierven las infidelidades, se agolpan los chantajes y los robos y los miserables, hombres o mujeres, se mienten y apuñalan, trama que debe mucho a Elmore Leonard y James Cain, a los primeros viscosos “noir westerns“ de John Dahl, y como ya hemos visto a los Coen. Bien mirado, “Laroy, Texas“ es una “Fargo“ salpicada con las pasiones bajas en la aridez texana de “Sangre Fácil“ y heredera del estilo duro y silencioso de “No es País para Viejos“ (incluso los actores de ambas suelen hablar en un tono de voz neutro y apagado).
Pero si los protagonistas “coenianos“ caían presa de las absurdas situaciones que ellos mismos desencadenaban, los de Atkinson se meten de casualidad. Así, llegada la 2.ª mitad, Ray y Skip se “asocian“ para intentar esclarecer los extraños incidentes en los que, sin saberlo, se habían estado entrometiendo; Steve Zahn, en su habitual intención de hacerse notar por encima del resto del elenco, aporta la mayor parte del humor en la piel de ese detective que podría ser la versión más inocente del futuro miserable que volverá locos a los amantes de “Sangre Fácil“. ¿Por qué no? ¿No es Ray la versión más joven del Jerry Lundegaard de “Fargo“?
Y en lugar de dejar en la incertidumbre a sus personajes igual que los Coen, Atkinson prepara un intrincado “whodunit“ con Ray y Skip transformándose en un remedo “buddy movie“ del matrimonio de detectives Nick y Nora Charles de Hammett, utilizando a los secundarios para encajar las piezas (ya sea una stripper, el dueño de un concesionario o un matón sin cerebro...), lo que inevitablemente les deja desdibujados y sin otro cometido más allá de servir de herramientas de la información. Por desgracia el papel del abogado convertido en víctima nunca está demasiado claro, tampoco el del asesino a sueldo (sin duda el mejor personaje de la película y el que más tiempo merecía en pantalla).
El enredo se perpetúa en infinitas conversaciones en moteles o el interior de coches. Un maletín lleno de dinero da vueltas aquí y allá como todo “noir“ que se precie. La “femme fatale“ intentando escabullirse. Los neones del Velvet Saddle brillando en la noche. Los giros propiciados por los comportamientos idiotas de los protagonistas. Sangre a ras de carretera. Y un clímax bien orquestado deudor de Chandler.
Tal vez lo que mejor domina Atkinson, incluso más que los mecanismos y las vueltas de tuerca de su guión, sea el uso del tiempo, de la dilatación de los “impasses“, de los largos silencios, y la manera en que envuelve en ellos a los personajes. Silencios sepulcrales, de reflexión, soledad y amargura, asimismo como enfatización del humor negro. “Laroy, Texas“ lucha implacable por mantener vivo el aliento de un tipo de cine independiente norteamericano que hoy día parece extinto; gracias al poderoso debut del californiano sigue habiendo esperanza en la frontera...
Críticas: 2
cineparatodos
6
La vi pensando que sería una de esas historias pequeñas que sorprenden… y bueno, se queda a medio gas.
Tiene ese rollo de crimen en pueblo perdido con toques raros de humor, pero no termina de encontrar el equilibrio y al final todo depende demasiado del guion, que es justo donde flojea. Visualmente está bien, mantiene una estética coherente y las actuaciones cumplen sin problema, aunque muchas van en una sola nota.
El problema es que el personaje principal no evoluciona casi nada y la historia se queda un poco estancada, así que cuando llega el final no impacta como debería. No es horrible ni nada, se deja ver, pero tampoco deja huella.
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