En la primera escena, la cámara flota a través de un bosque, con voces en off susurrantes y zumbidos de insectos antes de encontrarnos con un padre y una hija pequeña junto a una piscina en el patio trasero de una casa moderna de campo. Lo que parece un día relajado luce en realidad frío, extraño, forzado. Mientras la niña, Elli, permanece junto a la piscina, el padre entra a la casa, y cuando vuelve a salir ve a Elli flotando sin vida en el agua. ¨No otra vez¨ dice, mientras la saca del agua y la reinicia con su teléfono móvil. Elli, es un robot.
El título de la película hace una obvia referencia al filósofo nihilista Emile Cioran, y su trama contiene una compleja referencia existencialista y pesimista. El peso doloroso de los recuerdos, primero en una enfermiza e incestuosa relación padre-hija y luego en una culposa relación hermana-hermano, pasan por el tamiz de la (¿inevitablemente?) sórdida relación androide-humano. La dura escena del padre quitando la lengua y vagina de Elli para lavarlas, dice tanto, sin mostrar nada, de la infinita capacidad de maldad del ser humano.
Elli, la androide, a la que sus amos le implantan recuerdos para que sirva complacientemente al fin para el que fue creada, quizás desea una vida propia, desea alcanzar la humanidad. Los seres humanos a los que sirve son seres atormentados, perturbados, despreciables, condiciones inherentes a la humanidad.
La película es lisérgica, y no ha despertado mayor entusiasmo entre el público, y sí algunas críticas por abordar la pedofilia, pero nos presenta un futuro desesperanzador y solitario en el que los robots sustituyen a nuestros fantasmas, sirven de víctimas silenciosas de nuestra amoralidad y son espejo de lo mejor, y sobre todo, de lo peor, de nuestro propio ser.
Miguel Arkangel
7
En la primera escena, la cámara flota a través de un bosque, con voces en off susurrantes y zumbidos de insectos antes de encontrarnos con un padre y una hija pequeña junto a una piscina en el patio trasero de una casa moderna de campo. Lo que parece un día relajado luce en realidad frío, extraño, forzado. Mientras la niña, Elli, permanece junto a la piscina, el padre entra a la casa, y cuando vuelve a salir ve a Elli flotando sin vida en el agua. ¨No otra vez¨ dice, mientras la saca del agua y la reinicia con su teléfono móvil. Elli, es un robot.
El título de la película hace una obvia referencia al filósofo nihilista Emile Cioran, y su trama contiene una compleja referencia existencialista y pesimista. El peso doloroso de los recuerdos, primero en una enfermiza e incestuosa relación padre-hija y luego en una culposa relación hermana-hermano, pasan por el tamiz de la (¿inevitablemente?) sórdida relación androide-humano. La dura escena del padre quitando la lengua y vagina de Elli para lavarlas, dice tanto, sin mostrar nada, de la infinita capacidad de maldad del ser humano.
Elli, la androide, a la que sus amos le implantan recuerdos para que sirva complacientemente al fin para el que fue creada, quizás desea una vida propia, desea alcanzar la humanidad. Los seres humanos a los que sirve son seres atormentados, perturbados, despreciables, condiciones inherentes a la humanidad.
La película es lisérgica, y no ha despertado mayor entusiasmo entre el público, y sí algunas críticas por abordar la pedofilia, pero nos presenta un futuro desesperanzador y solitario en el que los robots sustituyen a nuestros fantasmas, sirven de víctimas silenciosas de nuestra amoralidad y son espejo de lo mejor, y sobre todo, de lo peor, de nuestro propio ser.
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