Los mitos japoneses sobre desastres cometidos por espíritus vengadores han alimentado la imaginación colectiva hasta el punto de eclipsar la verdad histórica. Esto ocurrió cuando, durante la era Keicho, el Gobierno otorgó al comandante Naoshige Nabeshima la mayor parte de la herencia y territorios de la familia Ryuzoji, de quien éste era familiar y vasallo.
Situación que llevó a Takafusa, heredero natural de los Ryuzoji “ubicado“ en una posición menor, a volverse loco, asesinar a su esposa e intentar suicidarse. Y tras unos meses las heridas físicas y su estado mental le acabaron matando...
Nabeshima moriría mucho más tarde, pero los rumores de que el espíritu de Takafusa rondaba por su castillo atormentándole sin cesar crecieron y crecieron. Lo que pasó en realidad es que otros tantos herederos, ignorando el poder de Nabeshima, instaron al Shogunato en numerosas ocasiones a la restauración del clan Ryuzoji, en vano; por su parte, aquellas leyendas terroríficas pasaron a representarse en teatros, lo que enfureció tanto a los miembros de un clan como a los de otro. Cuando Shigeru Okada fue ascendido a director general de Toei, esta obra, que aún seguía realizándose (y continúa a día de hoy) le atrajo lo suficiente como para querer llevarla a la gran pantalla.
Tenía más bien la intención de ser el canto del cisne de un tipo de películas que habían mantenido su popularidad bastante tiempo, pero Okada, obsesionado con modernizar las propuestas de la productora, ya no mostraba interés por los dramas feudales ni el terror fantástico. “Kaibyo Noroi no Numa“ cierra así el largo ciclo de fábulas sobre fantasmas y maldiciones en el antiguo Japón, y le es encargado a Yoshihiro Ishikawa, aventajado alumno de Nobuo Nakagawa y guionista y director experto en el género; y lo primero que hace su guión es presentar los hechos que envolvieron la toma de poder de Nabeshima desde la leyenda inventada, no la historia real.
Por eso el que fuera vasallo de los Ryuzoji aquí es retratado, en la piel de Ryohei Uchida (ese pobre actor que no salía de su encasillamiento de villano), como un auténtico hijo de Satanás que no sólo ataca despiadadamente a Takafusa, sino que lo empareda vivo y toma por esposa a su mujer Kiyo; tremenda conspiración ficticia que nos sitúa en el centro de la clásica tragedia feudal. Pero esto es sólo un prólogo; de hecho la estructura narrativa, no muy adecuadamente, irá saltando de un suceso a otro y de una tragedia a otra para ir transfiriendo la maldición original iniciada por Kiyo, que se suicidó junto con su gato en el estanque del castillo de los Ryuzoji.
Así la historia se corta y años después aquellos hechos han alimentado la creencia en una maldición. Sin embargo, aunque Ishikawa, el director de fotografía Shigeru Akatsuka y el director artístico Tokumichi Igawa se esfuercen en crear maravillosos escenarios envueltos en misterio y fantasmagoría, los elementos propios de terror tardarán en aparecer; por ahora nos podemos deleitar con las vueltas de tuerca del clásico “jidai-geki“, que atrapan en una maraña de traición y crueldad a una joven pareja (Jonosuke y Yukiji) a la que le tocará sufrir mucho por culpa de la maldad de este inventado Nabeshima. Y el espectador sufre con ellos...
Pero lo más destacado de este trilladísimo drama feudal es la interpretación visceral de Uchida, cuyo personaje sobrepasa los límites de lo desagradable, condenando y asesinando sin ninguna piedad, tanto a individuos externos como a miembros de su propio clan. La 2.ª mitad de la película ya se adentra como tal en el horror, cuando el espíritu del gato de la ya olvidada Kiyo empieza su cruzada de venganza a través de Yukiji, y luego de una de las sirvientas del daimyo; por desgracia esa manía de la transferencia de la maldición de una mujer a otra resulta irritante, ya que nos fuerza a olvidar a personajes anteriores para centrarnos en uno nuevo, y cada vez menos interesante.
El protagonismo, entonces, siempre debería haber pertenecido a la genial actriz Chiyo Okada, primera víctima femenina de la historia. El director desata el espectáculo paranormal, en dosificadas y bellas secuencias de apariciones espectrales, atractivas transformaciones, sonidos inquietantes y alguna que otra muestra impactante de violencia explícita; pero ésta, más que de los espíritus que rondan el castillo y castigan a sirvientes y samuráis, proviene del descenso a la locura de Nabeshima, la auténtica presencia demoníaca que desde siempre habitó el lugar.
Los instantes en los que asistimos a su descontrolada demencia, dotados de una puesta en escena onírica, son realmente poderosos, y Yoshikawa logra ponerse a la altura de los maestros del género y el estilo. Kyoko Mikage está espléndida en el papel de la sacrificada Yukiji, y ella, junto a Kotaro Satomi, tienen el privilegio de protagonizar una de las escenas dramáticas mejor filmadas (por ende más memorables) del cine japonés clásico (ese duelo en el estanque...).
Con esta preciosa elegía fantasmagórica, a ratos indigesta, algo confusa e irregular, el “j-horror“ tradicional entraría en una especie de letargo y olvido. Otras tendencias tomaron el relevo, impulsadas por la influencia occidental (sobre todo la de los vampiros y las posesiones demoníacas) o el deseo de hacer películas más provocativas y violentas. Los gatos que desataban aterradoras maldiciones tardarían en volver, por lo menos hasta principios del nuevo siglo...
Mad Warrior
6
Los mitos japoneses sobre desastres cometidos por espíritus vengadores han alimentado la imaginación colectiva hasta el punto de eclipsar la verdad histórica. Esto ocurrió cuando, durante la era Keicho, el Gobierno otorgó al comandante Naoshige Nabeshima la mayor parte de la herencia y territorios de la familia Ryuzoji, de quien éste era familiar y vasallo.
Situación que llevó a Takafusa, heredero natural de los Ryuzoji “ubicado“ en una posición menor, a volverse loco, asesinar a su esposa e intentar suicidarse. Y tras unos meses las heridas físicas y su estado mental le acabaron matando...
Nabeshima moriría mucho más tarde, pero los rumores de que el espíritu de Takafusa rondaba por su castillo atormentándole sin cesar crecieron y crecieron. Lo que pasó en realidad es que otros tantos herederos, ignorando el poder de Nabeshima, instaron al Shogunato en numerosas ocasiones a la restauración del clan Ryuzoji, en vano; por su parte, aquellas leyendas terroríficas pasaron a representarse en teatros, lo que enfureció tanto a los miembros de un clan como a los de otro. Cuando Shigeru Okada fue ascendido a director general de Toei, esta obra, que aún seguía realizándose (y continúa a día de hoy) le atrajo lo suficiente como para querer llevarla a la gran pantalla.
Tenía más bien la intención de ser el canto del cisne de un tipo de películas que habían mantenido su popularidad bastante tiempo, pero Okada, obsesionado con modernizar las propuestas de la productora, ya no mostraba interés por los dramas feudales ni el terror fantástico. “Kaibyo Noroi no Numa“ cierra así el largo ciclo de fábulas sobre fantasmas y maldiciones en el antiguo Japón, y le es encargado a Yoshihiro Ishikawa, aventajado alumno de Nobuo Nakagawa y guionista y director experto en el género; y lo primero que hace su guión es presentar los hechos que envolvieron la toma de poder de Nabeshima desde la leyenda inventada, no la historia real.
Por eso el que fuera vasallo de los Ryuzoji aquí es retratado, en la piel de Ryohei Uchida (ese pobre actor que no salía de su encasillamiento de villano), como un auténtico hijo de Satanás que no sólo ataca despiadadamente a Takafusa, sino que lo empareda vivo y toma por esposa a su mujer Kiyo; tremenda conspiración ficticia que nos sitúa en el centro de la clásica tragedia feudal. Pero esto es sólo un prólogo; de hecho la estructura narrativa, no muy adecuadamente, irá saltando de un suceso a otro y de una tragedia a otra para ir transfiriendo la maldición original iniciada por Kiyo, que se suicidó junto con su gato en el estanque del castillo de los Ryuzoji.
Así la historia se corta y años después aquellos hechos han alimentado la creencia en una maldición. Sin embargo, aunque Ishikawa, el director de fotografía Shigeru Akatsuka y el director artístico Tokumichi Igawa se esfuercen en crear maravillosos escenarios envueltos en misterio y fantasmagoría, los elementos propios de terror tardarán en aparecer; por ahora nos podemos deleitar con las vueltas de tuerca del clásico “jidai-geki“, que atrapan en una maraña de traición y crueldad a una joven pareja (Jonosuke y Yukiji) a la que le tocará sufrir mucho por culpa de la maldad de este inventado Nabeshima. Y el espectador sufre con ellos...
Pero lo más destacado de este trilladísimo drama feudal es la interpretación visceral de Uchida, cuyo personaje sobrepasa los límites de lo desagradable, condenando y asesinando sin ninguna piedad, tanto a individuos externos como a miembros de su propio clan. La 2.ª mitad de la película ya se adentra como tal en el horror, cuando el espíritu del gato de la ya olvidada Kiyo empieza su cruzada de venganza a través de Yukiji, y luego de una de las sirvientas del daimyo; por desgracia esa manía de la transferencia de la maldición de una mujer a otra resulta irritante, ya que nos fuerza a olvidar a personajes anteriores para centrarnos en uno nuevo, y cada vez menos interesante.
El protagonismo, entonces, siempre debería haber pertenecido a la genial actriz Chiyo Okada, primera víctima femenina de la historia. El director desata el espectáculo paranormal, en dosificadas y bellas secuencias de apariciones espectrales, atractivas transformaciones, sonidos inquietantes y alguna que otra muestra impactante de violencia explícita; pero ésta, más que de los espíritus que rondan el castillo y castigan a sirvientes y samuráis, proviene del descenso a la locura de Nabeshima, la auténtica presencia demoníaca que desde siempre habitó el lugar.
Los instantes en los que asistimos a su descontrolada demencia, dotados de una puesta en escena onírica, son realmente poderosos, y Yoshikawa logra ponerse a la altura de los maestros del género y el estilo. Kyoko Mikage está espléndida en el papel de la sacrificada Yukiji, y ella, junto a Kotaro Satomi, tienen el privilegio de protagonizar una de las escenas dramáticas mejor filmadas (por ende más memorables) del cine japonés clásico (ese duelo en el estanque...).
Con esta preciosa elegía fantasmagórica, a ratos indigesta, algo confusa e irregular, el “j-horror“ tradicional entraría en una especie de letargo y olvido. Otras tendencias tomaron el relevo, impulsadas por la influencia occidental (sobre todo la de los vampiros y las posesiones demoníacas) o el deseo de hacer películas más provocativas y violentas. Los gatos que desataban aterradoras maldiciones tardarían en volver, por lo menos hasta principios del nuevo siglo...
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