Críticas de Vlad Tepes (Vlad the Impaler: The True Life of Dracula) (1)
mahotsukai
21 Apr 2022
8
Destacable biopic rumano sobre el legendario príncipe de Valaquia, Vlad Draculea, que inspiraría al “Drácula” (1897) de Bram Stocker.
Valaquia, 1456. El príncipe Vlad III debe hacer frente a numerosos enemigos internos y externos para mantener la estabilidad del país, debiendo ser implacable cuando la situación lo exija.
Vlad III de Valaquia, apodado Vlad III Draculea y/o Vlad Tepes (el empalador) (1431-1476) fue voivoda o príncipe de Valaquia entre 1456 y 1462. A temprana edad fue cedido como rehén junto a su hermano menor Radú al Imperio Otomano para asegurar la lealtad de su familia, mientras el rey húngaro Juan Hunyadi asesinaba a su padre Vlad II y hermano mayor Mircea para poner en el trono a Vladislao II Basarab, primo lejano de los Dracul. Los turcos, en tanto, decidieron apoyar a Vlad III en una invasión en 1448, pero Valaquia fue rápidamente recuperada por Vladislao II. En 1456, éste último perdería el favor de los húngaros, quien apoyarían paradójicamente a Vlad III. Ya en el gobierno, realizaría una fuerte purga de boyardos (nobles valacos), entraría en conflicto con los mercaderes sajones transilvanos e invadiría a los turcos propinándoles fuertes derrotas. Durante su reinado se forjaría una gran fama como cruel y tiránico gobernante, siendo su forma favorita de ajusticiar a sus enemigos el empalamiento. Luego de ser traicionado por los húngaros y ser encarcelado por unos 10 años, murió en batalla en algún momento de 1476.
Luego de rodar la serie para la televisión rumana “Războiul independenței” (“La Guerra de Independencia”, 1977) ambientada en la Guerra Ruso-Turca, tras la cual Rumania, luchando en el lado ruso, se independizaría del Imperio Otomano, el director Doru Năstase volvió a reunirse con el reconocido productor especializado en superproducciones Dumitru Fernoaga (“Mircea”, 1989) para concretar una apoteósica bioepic sobre Vlad III Draculea y ésta constituiría su segunda colaboración. Năstase y Fernoaga habían trabajado juntos en el film “Pe aici nu se trece” (“No pasarán”, 1975) sobre la Batalla de Păuliș que enfrentó a húngaros y rumanos durante la II Guerra Mundial. En concreto, “Vlad Țepeș” (“Vlad, el empalador”, 1979), al igual que los mencionados filmes, estaría incluido dentro de los proyectos comisionados por el Partido Comunista de Rumania que gobernaba el país y su dictador Nicolae Ceaușescu para intentar justificar el carácter totalitario (más bien brutal y represivo) que el régimen comunista había adquirido a fines de los 70s y principios de los 80s.
De esta forma, es posible advertir dos objetivos principales en la realización de esta superproducción. El primero, como ya señalé, es precisamente un objetivo político propagandístico enfocado esencialmente en justificar las decisiones y acciones del Gobierno de Ceaușescu, que había caído en desgracia en las simpatías de Estados Unidos y la Europa Occidental. En su primera década de gobierno, Ceaușescu se había mostrado abierto a estas potencias, mostrándose independiente a la Unión Soviética habiendo logrado el retiro de las tropas soviéticas del país en 1958 y hasta había criticado la invasión de la URSS a Checoslovaquía en 1968. No obstante, su administración cambiaría bruscamente esta faceta volviéndose violento y represivo, instaurando un riguroso culto al dictador, un exacerbado nacionalismo y un absoluto deterioro de las relaciones con Occidental, a semejanza de la Unión Soviética.
Y, en segundo lugar, y a propósito de nacionalismo exacerbado, según Ceaușescu se requería llevar a cabo una restauración de la figura del mítico voivoda valaco, quien por décadas había sido denostado no sólo por historiadores occidentales, incluso rumanos. Las historias sobre la crueldad de Vlad comenzaron a circular incluso cuando estaba con vida en la segunda mitad del siglo XV. Los cortesanos del Rey Matías Corvino, el legado papal Nicolás de Modruš, el Papa Pío II, el trovador Miguel Beheim (quien escribió el famoso poema grabado “Historia de un loco sanguinario llamado Drácula de Valaquia”), el obispo Gabriele Rangoni, el cosmógrafo Sebastian Münster y cientos de relatos apócrifos germanos y eslavos dan cuenta de las atrocidades cometidas por Vlad como mutilación de narices, orejas, extremidades y órganos genitales, cegamientos, quema y/o cocción de personas vivas, desmembramiento, enterramientos vivos, despellejamientos y, por supuesto, empalamientos.
Sin embargo, tras la supuesta cruzada nacionalista para reivindicar a una de las figuras más importantes y controversiales de la historia de Rumania, Ceaușescu tendría razones más bien personales. Si bien es cierto que el punto culmine de las críticas históricas hacia la figura de Vlad se darían en el siglo XIX, el polémico libro “In Search of Dracula” (1975) del historiador rumano Radu Florescu en colaboración con Raymond T. McNally, había reafirmado la idea de Vlad como un tirano y criminal de lesa humanidad, afirmando incluso que había sido la inspiración para el Conde Vampiro de “Dracula” (1897) de Bram Stoker. Por tanto, la representación de un príncipe guerrero, fuerte y autoritario, pero justo y benefactor de su pueblo en “Vlad Țepeș” (“Vlad, el empalador”, 1979) para convertirlo en un héroe nacional, también se replicaría en la propia figura del dictador rumano, tan déspota y opresor como el voivoda valaco, sus métodos, doctrina ideológica y actos criminales.
De esta forma, se puede señalar ciertamente que “Vlad Țepeș” (“Vlad, el empalador”, 1979) es una película que aborda al gobernante, al estadista y al héroe patrio y, por tanto, la aproximación histórica más interesante y seria sobre su figura, a pesar de su evidente sesgo ideológico. No asistimos, en consecuencia, tampoco a una recreación morbosa de su sanguinaria leyenda construida a partir de supuestas anécdotas y panfletos propagandísticos de cínicos occidentales, sino a la representación de un hombre de su tiempo. El film no lo retrata como un gobernante benevolente y pacifista obviamente, pero sí permite que el espectador se vuelva consciente del propio rol asumido por Vlad, la importancia estratégica geográfica de su nación y, por tanto, la condición de objeto de ambición y obsesión de húngaros y turcos por igual. Esto explica la utilización de Valaquia y a sus voivodas, a quienes ponían y deponían a su antojo, como títeres para asegurarles a magiares y otomanos el control territorial y eventual empleo como base militar de ciudades como Tergoviste y Brasov para sus incursiones invasoras y/o retenedoras, preferentemente bajo la excusa de la religión.
Al enfocarse en el estadista, el guerrero y el héroe, el guión firmado por Mircea Mohor (“Era mi amigo”, 1963) ni siquiera insinuará rasgos más íntimos sobre la vida familiar del voivoda, ni menos hará mención sobre su esposa e hijo. Sin embargo, si establece ciertas referencias y rasgos de relaciones con sus consejeros e incondicionales más cercanos, así como sus cambiantes actitudes hacia los gobernantes que se le oponían, obviamente según lo que más le conviniera a él y a su patria, que buscaban utilizar Valaquía como llave para conquistarse mutuamente. Así, podemos ver sus problemáticas relaciones políticas con los monarcas húngaros Juan Hunyadi y Matías Corvino (quién, de hecho, lo aprisionó por 12 años), su propio hermano Radu apoyado por lo otomanos y, por supuesto, el sultán Mehmed II, probablemente su más enconado enemigo, el cual además es retratado por cierto como una suerte de futuro Napoleón Bonaparte o Adolfo Hitler en búsqueda de conquistar Europa, incluida Roma.
Por supuesto que Năstase dará cuenta en detalle de algunas de las proezas militares de Vlad, especialmente en la segunda parte del film. Por ejemplo, asistimos a la práctica de varias de las estrategias del Empalador como la guerra de guerrillas y tierra quemada, atacando sigilosamente el campamento de los turcos, envenenando los pozos y vaciando los almacenes de agua. Incluso, hay una secuencia en la que el mismísimo Vlad logra infiltrarse en el campamento militar turco, llegar a la tienda de Mehmed II y supuestamente asesinarlo, siendo la víctima un doble del sultán, en realidad muy improbable históricamente. Vlad también es víctima de varios intentos de asesinatos que sortea con dobles o con muñecos (una escena un tanto irrisoria, debo admitir) y de una conspiración de los boyardos para enemistarlo con el rey Matías Corvino de Hungría, que puede no ser necesariamente una fantasía considerando la despreciable actitud de los boyardos valacos que fueron, en mi opinión, el verdadero cáncer con el que debió luchar Vlad.
De las leyendas sobre la brutalidad de Drácula, “Vlad Țepeș” (“Vlad, el empalador”, 1979) como la del mercader extranjero al cual probó devolviéndole más dinero que el que le habían robado, la esposa holgazana que descuidaba los vestidos de su esposo, el noble polaco invitado a cenar por Vlad junto a una estaca, los monjes críticos del empalamiento, la amante del Empalador que inventó estar embarazada de él, el boyardo de olfato delicado ante el bosque de empalados y tantas otras, Năstase sólo incluyó dos de las más conocidas, pero con un tono alejado de todo morbo y excesiva violencia. la primera fue la conocida historia de los tres embajadores turcos que se negaron a quitarse sus turbantes en señal de saludo a Vlad y a los cuales el Empalador ordenó clavárselos en la cabeza, secuencia fuera de foco y con una breve exposición. La segunda es una variación de la historia de la copa de oro que nadie robaba de la fuente, en la que se alterna con el cuestionamiento que un mercader extranjero hace a un guardia del por qué no hay nadie cuidando la mercancía del mercado durante la hora de almuerzo.
A propósito de las secuencias de empalamiento que cualquier cinéfilo asiduo al horror y la historia medieval pudiera estar esperando, y aunque se trata de versión del director, sólo hay dos o tres planos del bosque de empalados en los que se aprecia que se trata de muñecos esqueléticos. No hay escenas explícitas de cómo se realiza el empalamiento ni postales en primer plano con algún desgraciado sufriendo tal aberrante castigo. Menos hay alguna muestra de horror cómo supuestamente tuvo el propio Mehmed II con su ejército de más de 100 mil soldados y por lo cual se regresó a Estambul. Ello se debe, en mi opinión, primero, precisamente a la idea de eliminar la mayor cantidad de referencias de carácter sanguinario y cruel de Vlad, aunque no por ello renuncia a sobresaltar el sentido de justicia que, según el guión, ennoblecía al voivoda y, en segundo lugar, villanizar más al sultán turco como un demonio ambicioso y obsesivo por acabar con el cristianismo e imponer el Islam.
En el aspecto técnico, el film tiene varios méritos que dan cuenta de su carácter de superproducción local, lo cual no deja de ser sorprendente para tratarse de un país comunista de la Europa Oriental, con mucho menos presupuesto y adelantos tecnológicos en comparación con Hollywood o el cine de Europa Occidental. El trabajo fotográfico de George Cricler y Aurel Kostrachievici (“El Secreto de Bachus”, 1984) es bastante correcto para las secuencias filmadas a campo abierto sacando partido a la belleza de los enigmáticos parajes de Transilvania y Hunedoara, incluyendo el Castillo Corvino (1446). Las batallas diurnas dan cuenta de una buena labor del diseñador artístico Guta Stirbu (“Alarma en el Delta”, 1976) aunque austero, funciona y logra imponer cierta dignidad al esfuerzo de retratar dicha convulsionada época. Sin embargo, tiene varios problemas para las secuencias de batallas nocturnas en donde se distingue bastante poco de qué bandos son los soldados y el espectador puede confundir sin problemas a valacos y otomanos.
Con todo, la película se da maña de contar con un apartado de maquillaje y vestuario realmente destacable, sobre todo teniendo en cuenta la gran cantidad de extras que participan de las batallas, a cargo del maquillador Mircea Voda (“Alarma en el delta”, 1976) y su equipo, y las modistas Hortensia Georgescue (“La última cruzada”, 1971) e Ileana Oroveanu (“Gólgota”, 1966). La caracterización de Vlad es, de verdad, notable, probablemente la más fiel si tenemos en cuenta el cuadro anónimo pintado, según se dice, mientras el Empalador estuvo apresado en Hungría y que se conserva en el Castillo de Forchtenstein, en Austria.
En el reparto, encontramos al competente Ștefan Sileanu (“Adela”, 1985) como el príncipe Vlad III Draculea, quien interpreta correcta y didácticamente al protagonista, bastante alejado de lo que uno se imaginería de acuerdo a la fama de Vlad. El experimentado Ernest Maftei (“A través de las cenizas del Imperio”, 1976) encarnó a Mânzilă, mano derecha de Vlad, Alexandru Repan (“Burebista”, 1980) al Sultán Mehmed II, Constantin Codrescu (“La máscara de plata”, 1985) a Iunus Beg, embajador del Sultán, George Constantin (“Miss Christina”, 1992) al Arzobispo de Valaquía y Dobrudja, Ion Marinescu al gran Visir Mahmud Pasha y Silviu Stănculescu (“No pasarán”, 1975) al tesorero Sava. Teofil Vâlcu (“Un terror de arcilla”, 1989) y Vasile Cosma (“La Pasión”, 1975) personificaron a los líderes boyardos Albu y Mogos, Mihai Pălădescu (“Fata Morgana”, 1980) al papa Pío II, Eugen Ungureanu al rey Matías Corvino.
La banda sonora estuvo a cargo del prolífico compositor, musicólogo, fotógrafo y titiritero Tiberiu Olah (“La última cruzada”, 1971) quien ofrece una partitura esencialmente marcial, pero con unos tonos de clarinete que por momentos parecen fuera de lugar, pero que son parte sin duda del conjunto musical, en especial en las batallas.
Producida por la Casa de Filme 5 en colaboración con el Ministerio de Defensa Nacional en los estudios del Centro Nacional de Producción Cinematográfica de Bucarest, “Vlad Țepeș” (“Vlad, el empalador”, 1979) se estrenó el 8 de enero en la capital rumana. Se presentó en octubre de 1979 en el Festival de Sitges de España y en marzo de 1980 en el Festival Filmex de Los Ángeles, Estados Unidos.
En resumen, a pesar de su esencia propagandística y su tono estadista y didáctico, se trata de una película eficiente por su guión funcional y su factura técnica, que puede interesar a los amantes de la historia medieval de los países de la Europa Oriental.
mahotsukai
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Destacable biopic rumano sobre el legendario príncipe de Valaquia, Vlad Draculea, que inspiraría al “Drácula” (1897) de Bram Stocker.
Valaquia, 1456. El príncipe Vlad III debe hacer frente a numerosos enemigos internos y externos para mantener la estabilidad del país, debiendo ser implacable cuando la situación lo exija.
Vlad III de Valaquia, apodado Vlad III Draculea y/o Vlad Tepes (el empalador) (1431-1476) fue voivoda o príncipe de Valaquia entre 1456 y 1462. A temprana edad fue cedido como rehén junto a su hermano menor Radú al Imperio Otomano para asegurar la lealtad de su familia, mientras el rey húngaro Juan Hunyadi asesinaba a su padre Vlad II y hermano mayor Mircea para poner en el trono a Vladislao II Basarab, primo lejano de los Dracul. Los turcos, en tanto, decidieron apoyar a Vlad III en una invasión en 1448, pero Valaquia fue rápidamente recuperada por Vladislao II. En 1456, éste último perdería el favor de los húngaros, quien apoyarían paradójicamente a Vlad III. Ya en el gobierno, realizaría una fuerte purga de boyardos (nobles valacos), entraría en conflicto con los mercaderes sajones transilvanos e invadiría a los turcos propinándoles fuertes derrotas. Durante su reinado se forjaría una gran fama como cruel y tiránico gobernante, siendo su forma favorita de ajusticiar a sus enemigos el empalamiento. Luego de ser traicionado por los húngaros y ser encarcelado por unos 10 años, murió en batalla en algún momento de 1476.
Luego de rodar la serie para la televisión rumana “Războiul independenței” (“La Guerra de Independencia”, 1977) ambientada en la Guerra Ruso-Turca, tras la cual Rumania, luchando en el lado ruso, se independizaría del Imperio Otomano, el director Doru Năstase volvió a reunirse con el reconocido productor especializado en superproducciones Dumitru Fernoaga (“Mircea”, 1989) para concretar una apoteósica bioepic sobre Vlad III Draculea y ésta constituiría su segunda colaboración. Năstase y Fernoaga habían trabajado juntos en el film “Pe aici nu se trece” (“No pasarán”, 1975) sobre la Batalla de Păuliș que enfrentó a húngaros y rumanos durante la II Guerra Mundial. En concreto, “Vlad Țepeș” (“Vlad, el empalador”, 1979), al igual que los mencionados filmes, estaría incluido dentro de los proyectos comisionados por el Partido Comunista de Rumania que gobernaba el país y su dictador Nicolae Ceaușescu para intentar justificar el carácter totalitario (más bien brutal y represivo) que el régimen comunista había adquirido a fines de los 70s y principios de los 80s.
De esta forma, es posible advertir dos objetivos principales en la realización de esta superproducción. El primero, como ya señalé, es precisamente un objetivo político propagandístico enfocado esencialmente en justificar las decisiones y acciones del Gobierno de Ceaușescu, que había caído en desgracia en las simpatías de Estados Unidos y la Europa Occidental. En su primera década de gobierno, Ceaușescu se había mostrado abierto a estas potencias, mostrándose independiente a la Unión Soviética habiendo logrado el retiro de las tropas soviéticas del país en 1958 y hasta había criticado la invasión de la URSS a Checoslovaquía en 1968. No obstante, su administración cambiaría bruscamente esta faceta volviéndose violento y represivo, instaurando un riguroso culto al dictador, un exacerbado nacionalismo y un absoluto deterioro de las relaciones con Occidental, a semejanza de la Unión Soviética.
Y, en segundo lugar, y a propósito de nacionalismo exacerbado, según Ceaușescu se requería llevar a cabo una restauración de la figura del mítico voivoda valaco, quien por décadas había sido denostado no sólo por historiadores occidentales, incluso rumanos. Las historias sobre la crueldad de Vlad comenzaron a circular incluso cuando estaba con vida en la segunda mitad del siglo XV. Los cortesanos del Rey Matías Corvino, el legado papal Nicolás de Modruš, el Papa Pío II, el trovador Miguel Beheim (quien escribió el famoso poema grabado “Historia de un loco sanguinario llamado Drácula de Valaquia”), el obispo Gabriele Rangoni, el cosmógrafo Sebastian Münster y cientos de relatos apócrifos germanos y eslavos dan cuenta de las atrocidades cometidas por Vlad como mutilación de narices, orejas, extremidades y órganos genitales, cegamientos, quema y/o cocción de personas vivas, desmembramiento, enterramientos vivos, despellejamientos y, por supuesto, empalamientos.
Sin embargo, tras la supuesta cruzada nacionalista para reivindicar a una de las figuras más importantes y controversiales de la historia de Rumania, Ceaușescu tendría razones más bien personales. Si bien es cierto que el punto culmine de las críticas históricas hacia la figura de Vlad se darían en el siglo XIX, el polémico libro “In Search of Dracula” (1975) del historiador rumano Radu Florescu en colaboración con Raymond T. McNally, había reafirmado la idea de Vlad como un tirano y criminal de lesa humanidad, afirmando incluso que había sido la inspiración para el Conde Vampiro de “Dracula” (1897) de Bram Stoker. Por tanto, la representación de un príncipe guerrero, fuerte y autoritario, pero justo y benefactor de su pueblo en “Vlad Țepeș” (“Vlad, el empalador”, 1979) para convertirlo en un héroe nacional, también se replicaría en la propia figura del dictador rumano, tan déspota y opresor como el voivoda valaco, sus métodos, doctrina ideológica y actos criminales.
De esta forma, se puede señalar ciertamente que “Vlad Țepeș” (“Vlad, el empalador”, 1979) es una película que aborda al gobernante, al estadista y al héroe patrio y, por tanto, la aproximación histórica más interesante y seria sobre su figura, a pesar de su evidente sesgo ideológico. No asistimos, en consecuencia, tampoco a una recreación morbosa de su sanguinaria leyenda construida a partir de supuestas anécdotas y panfletos propagandísticos de cínicos occidentales, sino a la representación de un hombre de su tiempo. El film no lo retrata como un gobernante benevolente y pacifista obviamente, pero sí permite que el espectador se vuelva consciente del propio rol asumido por Vlad, la importancia estratégica geográfica de su nación y, por tanto, la condición de objeto de ambición y obsesión de húngaros y turcos por igual. Esto explica la utilización de Valaquia y a sus voivodas, a quienes ponían y deponían a su antojo, como títeres para asegurarles a magiares y otomanos el control territorial y eventual empleo como base militar de ciudades como Tergoviste y Brasov para sus incursiones invasoras y/o retenedoras, preferentemente bajo la excusa de la religión.
Al enfocarse en el estadista, el guerrero y el héroe, el guión firmado por Mircea Mohor (“Era mi amigo”, 1963) ni siquiera insinuará rasgos más íntimos sobre la vida familiar del voivoda, ni menos hará mención sobre su esposa e hijo. Sin embargo, si establece ciertas referencias y rasgos de relaciones con sus consejeros e incondicionales más cercanos, así como sus cambiantes actitudes hacia los gobernantes que se le oponían, obviamente según lo que más le conviniera a él y a su patria, que buscaban utilizar Valaquía como llave para conquistarse mutuamente. Así, podemos ver sus problemáticas relaciones políticas con los monarcas húngaros Juan Hunyadi y Matías Corvino (quién, de hecho, lo aprisionó por 12 años), su propio hermano Radu apoyado por lo otomanos y, por supuesto, el sultán Mehmed II, probablemente su más enconado enemigo, el cual además es retratado por cierto como una suerte de futuro Napoleón Bonaparte o Adolfo Hitler en búsqueda de conquistar Europa, incluida Roma.
Por supuesto que Năstase dará cuenta en detalle de algunas de las proezas militares de Vlad, especialmente en la segunda parte del film. Por ejemplo, asistimos a la práctica de varias de las estrategias del Empalador como la guerra de guerrillas y tierra quemada, atacando sigilosamente el campamento de los turcos, envenenando los pozos y vaciando los almacenes de agua. Incluso, hay una secuencia en la que el mismísimo Vlad logra infiltrarse en el campamento militar turco, llegar a la tienda de Mehmed II y supuestamente asesinarlo, siendo la víctima un doble del sultán, en realidad muy improbable históricamente. Vlad también es víctima de varios intentos de asesinatos que sortea con dobles o con muñecos (una escena un tanto irrisoria, debo admitir) y de una conspiración de los boyardos para enemistarlo con el rey Matías Corvino de Hungría, que puede no ser necesariamente una fantasía considerando la despreciable actitud de los boyardos valacos que fueron, en mi opinión, el verdadero cáncer con el que debió luchar Vlad.
De las leyendas sobre la brutalidad de Drácula, “Vlad Țepeș” (“Vlad, el empalador”, 1979) como la del mercader extranjero al cual probó devolviéndole más dinero que el que le habían robado, la esposa holgazana que descuidaba los vestidos de su esposo, el noble polaco invitado a cenar por Vlad junto a una estaca, los monjes críticos del empalamiento, la amante del Empalador que inventó estar embarazada de él, el boyardo de olfato delicado ante el bosque de empalados y tantas otras, Năstase sólo incluyó dos de las más conocidas, pero con un tono alejado de todo morbo y excesiva violencia. la primera fue la conocida historia de los tres embajadores turcos que se negaron a quitarse sus turbantes en señal de saludo a Vlad y a los cuales el Empalador ordenó clavárselos en la cabeza, secuencia fuera de foco y con una breve exposición. La segunda es una variación de la historia de la copa de oro que nadie robaba de la fuente, en la que se alterna con el cuestionamiento que un mercader extranjero hace a un guardia del por qué no hay nadie cuidando la mercancía del mercado durante la hora de almuerzo.
A propósito de las secuencias de empalamiento que cualquier cinéfilo asiduo al horror y la historia medieval pudiera estar esperando, y aunque se trata de versión del director, sólo hay dos o tres planos del bosque de empalados en los que se aprecia que se trata de muñecos esqueléticos. No hay escenas explícitas de cómo se realiza el empalamiento ni postales en primer plano con algún desgraciado sufriendo tal aberrante castigo. Menos hay alguna muestra de horror cómo supuestamente tuvo el propio Mehmed II con su ejército de más de 100 mil soldados y por lo cual se regresó a Estambul. Ello se debe, en mi opinión, primero, precisamente a la idea de eliminar la mayor cantidad de referencias de carácter sanguinario y cruel de Vlad, aunque no por ello renuncia a sobresaltar el sentido de justicia que, según el guión, ennoblecía al voivoda y, en segundo lugar, villanizar más al sultán turco como un demonio ambicioso y obsesivo por acabar con el cristianismo e imponer el Islam.
En el aspecto técnico, el film tiene varios méritos que dan cuenta de su carácter de superproducción local, lo cual no deja de ser sorprendente para tratarse de un país comunista de la Europa Oriental, con mucho menos presupuesto y adelantos tecnológicos en comparación con Hollywood o el cine de Europa Occidental. El trabajo fotográfico de George Cricler y Aurel Kostrachievici (“El Secreto de Bachus”, 1984) es bastante correcto para las secuencias filmadas a campo abierto sacando partido a la belleza de los enigmáticos parajes de Transilvania y Hunedoara, incluyendo el Castillo Corvino (1446). Las batallas diurnas dan cuenta de una buena labor del diseñador artístico Guta Stirbu (“Alarma en el Delta”, 1976) aunque austero, funciona y logra imponer cierta dignidad al esfuerzo de retratar dicha convulsionada época. Sin embargo, tiene varios problemas para las secuencias de batallas nocturnas en donde se distingue bastante poco de qué bandos son los soldados y el espectador puede confundir sin problemas a valacos y otomanos.
Con todo, la película se da maña de contar con un apartado de maquillaje y vestuario realmente destacable, sobre todo teniendo en cuenta la gran cantidad de extras que participan de las batallas, a cargo del maquillador Mircea Voda (“Alarma en el delta”, 1976) y su equipo, y las modistas Hortensia Georgescue (“La última cruzada”, 1971) e Ileana Oroveanu (“Gólgota”, 1966). La caracterización de Vlad es, de verdad, notable, probablemente la más fiel si tenemos en cuenta el cuadro anónimo pintado, según se dice, mientras el Empalador estuvo apresado en Hungría y que se conserva en el Castillo de Forchtenstein, en Austria.
En el reparto, encontramos al competente Ștefan Sileanu (“Adela”, 1985) como el príncipe Vlad III Draculea, quien interpreta correcta y didácticamente al protagonista, bastante alejado de lo que uno se imaginería de acuerdo a la fama de Vlad. El experimentado Ernest Maftei (“A través de las cenizas del Imperio”, 1976) encarnó a Mânzilă, mano derecha de Vlad, Alexandru Repan (“Burebista”, 1980) al Sultán Mehmed II, Constantin Codrescu (“La máscara de plata”, 1985) a Iunus Beg, embajador del Sultán, George Constantin (“Miss Christina”, 1992) al Arzobispo de Valaquía y Dobrudja, Ion Marinescu al gran Visir Mahmud Pasha y Silviu Stănculescu (“No pasarán”, 1975) al tesorero Sava. Teofil Vâlcu (“Un terror de arcilla”, 1989) y Vasile Cosma (“La Pasión”, 1975) personificaron a los líderes boyardos Albu y Mogos, Mihai Pălădescu (“Fata Morgana”, 1980) al papa Pío II, Eugen Ungureanu al rey Matías Corvino.
La banda sonora estuvo a cargo del prolífico compositor, musicólogo, fotógrafo y titiritero Tiberiu Olah (“La última cruzada”, 1971) quien ofrece una partitura esencialmente marcial, pero con unos tonos de clarinete que por momentos parecen fuera de lugar, pero que son parte sin duda del conjunto musical, en especial en las batallas.
Producida por la Casa de Filme 5 en colaboración con el Ministerio de Defensa Nacional en los estudios del Centro Nacional de Producción Cinematográfica de Bucarest, “Vlad Țepeș” (“Vlad, el empalador”, 1979) se estrenó el 8 de enero en la capital rumana. Se presentó en octubre de 1979 en el Festival de Sitges de España y en marzo de 1980 en el Festival Filmex de Los Ángeles, Estados Unidos.
En resumen, a pesar de su esencia propagandística y su tono estadista y didáctico, se trata de una película eficiente por su guión funcional y su factura técnica, que puede interesar a los amantes de la historia medieval de los países de la Europa Oriental.
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