Se condena la crueldad de la sociedad feudal japonesa, se insta a seguir un modelo de auténtica justicia y se aboga por los derechos humanos. Precioso mensaje. Por desgracia estamos en tiempos feudales.
Entonces una mujer es decapitada y cortada por la mitad; escabrosa declaración de intenciones...
Esta impactante, desagradable secuencia que invita a apagar el televisor, inicia la tal vez más famosa entrega de la peculiar saga “ero-guro“ de Teruo Ishii, a quien las sugerencias del productor de Toei, Shigeru Okada, de moverse hacia una dirección mucho más controvertida en comparación con los títulos “pinku“ de otras compañías, le parecieron perfectas. De alguna manera él fue quien desató las fantasías que bullían en el interior de la cabeza del cineasta, y este matrimonio demostró su buena relación desde que empezó dicha saga, tan sólo cuatro meses antes, con “Tokugawa Onna Kei-zu“.
Lo que terminó de definir esta “Tokugawa Onna Kei-batsushi“ fue su estilo: la representación de la violencia se impone a la simple exposición erótica y la estructura argumental toma la forma de una antología (observada desde los ojos de Yoshioka, asistente del sádico juez Nanbara). Pero lo más destacado es la intromisión de esta nueva y audaz manera de hacer cine en los géneros convencionales en los que se llevaba apoyando la industria japonesa desde siempre; como mejor ejemplo la primera de las tres historias, un drama sobre la injusticia en cuyo epicentro se halla una mujer indefensa y humillada por el poder de los hombres, tragedia que podría haber firmado Mizoguchi décadas antes.
Así se presenta. Mitsu (la muy buena Masumi Tachibana, asidua de estas producciones) es obligada a devolver con su cuerpo los favores del comerciante Minosuke, quien se ha hecho cargo de los cuidados de su hermano Shinzo, herido recientemente en un accidente; los aborrecibles secuaces del anterior instigan a la mujer, la opresión masculina es asfixiante. ¿Qué hace Ishii? Desafiar este drama convencional introduciendo un amor incestuoso de forma explícita (hubiese sido más adecuado dejarlo en la insinuación), siendo la causa del terrible castigo; la justicia, dominada por hombres crueles, acaba con Mitsu y su amor, inmoral aunque puro. Toda la maldad previamente sufrida no cuenta.
Las imágenes son grotescas y la trama retorcida, pero la defensa de la expresión libre del amor, sin importar la condición, y sobre todo de la mujer, es clara y firme. Y si es un comportamiento inmoral a ojos de la ley lo que provoca la tortura en la primera historia, en la segunda no será otra cosa que los celos; Ishii, sin embargo, vuelve a cruzar barreras imposibles, porque éstos se producen en los límites de un templo entre una abadesa y un monje cuyo amor por otra monja es, de nuevo, inmoral. Lo interesante es que ahora se invierten las tornas y la culpable es una mujer...
Una mujer no sólo vengativa y celosa, sino también ocultando su propia inmoralidad al mantener relaciones homosexuales con una subordinada; el hombre aquí es una víctima de su propia ignorancia y de la maldad de la abadesa, la tortura que se imparte desde la justicia es brutal, pero curiosamente razonable, y por segunda vez, aunque por razones diferentes e hipócritas, una expresión de amor sin ataduras es presa de la cruel condena. Pero el más complejo de los tres relatos, y el mejor, es el último, otra tragedia que pareciera sacada de una novela de Ranpo Edogawa o Junichiro Tanizaki.
En ella el protagonista es un famoso tatuador que se esmera a conciencia en dibujar sobre los cuerpos de las mujeres, sin importar el dolor que pueda causarles, pero es reprendido por ignorante, ya que en sus representaciones de la tortura las mujeres expresan dolor en sus rostros, no placer. Esa búsqueda define la principal obsesión de la que se habla en la película: conseguir hallar placer en el brutal castigo físico (algo quizás posible en el “roman porno“ de Nikkatsu, pero no en la corriente “ero-guro“ de Toei). La nueva vuelta de tuerca con respecto a las anteriores historias es que por fin se muestra que la auténtica inmoralidad viene de parte del torturador.
Porque el juez Nanbara, que siempre ha estado presente, es aquí personaje activo. Al principio repelente, el tatuador cae en la cuenta del gran error de sus dibujos: no se trataba de descubrir ningún tipo de placer oculto en la tortura, porque no lo hay, sino en aquel que la lleva a cabo; a través de una obsesión conducida casi a la locura se revela la verdad. Ishii, a diferencia de otros cineastas que usaban el sexo e incluso el dolor físico (siempre infringido a la mujer) como mera herramienta “exploitation“, supo elaborar, y con mucho ingenio, un discurso sobre la búsqueda de la sexualidad sin represiones, también de diferentes ideologías, en una sociedad arcaica y despiadada...
Y de la mayor de las inmoralidades: hallar placer en el sufrimiento de otros por medio del pretexto de la justicia y la moral; sólo nos queda retorcernos entre alucinados y asqueados, como el asistente Yoshioka, ante tanta corrupción, miseria, ignorancia y crueldad. “Tokugawa Onna Kei-batsushi“ acabó siendo un éxito de taquilla aún mayor que sus predecesoras, pero eso no la libró de ser duramente atacada, tanto por la crítica y ciertos sectores conservadores de la prensa y los medios como por un gran número de asociaciones por los derechos de la mujer.
Mad Warrior
6
Se condena la crueldad de la sociedad feudal japonesa, se insta a seguir un modelo de auténtica justicia y se aboga por los derechos humanos. Precioso mensaje. Por desgracia estamos en tiempos feudales.
Entonces una mujer es decapitada y cortada por la mitad; escabrosa declaración de intenciones...
Esta impactante, desagradable secuencia que invita a apagar el televisor, inicia la tal vez más famosa entrega de la peculiar saga “ero-guro“ de Teruo Ishii, a quien las sugerencias del productor de Toei, Shigeru Okada, de moverse hacia una dirección mucho más controvertida en comparación con los títulos “pinku“ de otras compañías, le parecieron perfectas. De alguna manera él fue quien desató las fantasías que bullían en el interior de la cabeza del cineasta, y este matrimonio demostró su buena relación desde que empezó dicha saga, tan sólo cuatro meses antes, con “Tokugawa Onna Kei-zu“.
Lo que terminó de definir esta “Tokugawa Onna Kei-batsushi“ fue su estilo: la representación de la violencia se impone a la simple exposición erótica y la estructura argumental toma la forma de una antología (observada desde los ojos de Yoshioka, asistente del sádico juez Nanbara). Pero lo más destacado es la intromisión de esta nueva y audaz manera de hacer cine en los géneros convencionales en los que se llevaba apoyando la industria japonesa desde siempre; como mejor ejemplo la primera de las tres historias, un drama sobre la injusticia en cuyo epicentro se halla una mujer indefensa y humillada por el poder de los hombres, tragedia que podría haber firmado Mizoguchi décadas antes.
Así se presenta. Mitsu (la muy buena Masumi Tachibana, asidua de estas producciones) es obligada a devolver con su cuerpo los favores del comerciante Minosuke, quien se ha hecho cargo de los cuidados de su hermano Shinzo, herido recientemente en un accidente; los aborrecibles secuaces del anterior instigan a la mujer, la opresión masculina es asfixiante. ¿Qué hace Ishii? Desafiar este drama convencional introduciendo un amor incestuoso de forma explícita (hubiese sido más adecuado dejarlo en la insinuación), siendo la causa del terrible castigo; la justicia, dominada por hombres crueles, acaba con Mitsu y su amor, inmoral aunque puro. Toda la maldad previamente sufrida no cuenta.
Las imágenes son grotescas y la trama retorcida, pero la defensa de la expresión libre del amor, sin importar la condición, y sobre todo de la mujer, es clara y firme. Y si es un comportamiento inmoral a ojos de la ley lo que provoca la tortura en la primera historia, en la segunda no será otra cosa que los celos; Ishii, sin embargo, vuelve a cruzar barreras imposibles, porque éstos se producen en los límites de un templo entre una abadesa y un monje cuyo amor por otra monja es, de nuevo, inmoral. Lo interesante es que ahora se invierten las tornas y la culpable es una mujer...
Una mujer no sólo vengativa y celosa, sino también ocultando su propia inmoralidad al mantener relaciones homosexuales con una subordinada; el hombre aquí es una víctima de su propia ignorancia y de la maldad de la abadesa, la tortura que se imparte desde la justicia es brutal, pero curiosamente razonable, y por segunda vez, aunque por razones diferentes e hipócritas, una expresión de amor sin ataduras es presa de la cruel condena. Pero el más complejo de los tres relatos, y el mejor, es el último, otra tragedia que pareciera sacada de una novela de Ranpo Edogawa o Junichiro Tanizaki.
En ella el protagonista es un famoso tatuador que se esmera a conciencia en dibujar sobre los cuerpos de las mujeres, sin importar el dolor que pueda causarles, pero es reprendido por ignorante, ya que en sus representaciones de la tortura las mujeres expresan dolor en sus rostros, no placer. Esa búsqueda define la principal obsesión de la que se habla en la película: conseguir hallar placer en el brutal castigo físico (algo quizás posible en el “roman porno“ de Nikkatsu, pero no en la corriente “ero-guro“ de Toei). La nueva vuelta de tuerca con respecto a las anteriores historias es que por fin se muestra que la auténtica inmoralidad viene de parte del torturador.
Porque el juez Nanbara, que siempre ha estado presente, es aquí personaje activo. Al principio repelente, el tatuador cae en la cuenta del gran error de sus dibujos: no se trataba de descubrir ningún tipo de placer oculto en la tortura, porque no lo hay, sino en aquel que la lleva a cabo; a través de una obsesión conducida casi a la locura se revela la verdad. Ishii, a diferencia de otros cineastas que usaban el sexo e incluso el dolor físico (siempre infringido a la mujer) como mera herramienta “exploitation“, supo elaborar, y con mucho ingenio, un discurso sobre la búsqueda de la sexualidad sin represiones, también de diferentes ideologías, en una sociedad arcaica y despiadada...
Y de la mayor de las inmoralidades: hallar placer en el sufrimiento de otros por medio del pretexto de la justicia y la moral; sólo nos queda retorcernos entre alucinados y asqueados, como el asistente Yoshioka, ante tanta corrupción, miseria, ignorancia y crueldad. “Tokugawa Onna Kei-batsushi“ acabó siendo un éxito de taquilla aún mayor que sus predecesoras, pero eso no la libró de ser duramente atacada, tanto por la crítica y ciertos sectores conservadores de la prensa y los medios como por un gran número de asociaciones por los derechos de la mujer.
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