Dirigida por Roberto Gavaldón, La noche avanza es una estupenda muestra del cine negro mexicano. A diferencia de otros melodramas de la época, aquí no hay espacio para la redención, solo para la ambición y sus consecuencias.
Pedro Armendáriz encarna a Marcos Arizmendi, un arrogante campeón de pelota vasca (frontón). Arizmendi es el antihéroe perfecto: un hombre narcisista, mujeriego y carente de escrúpulos que desprecia a todos los que lo rodean, creyéndose intocable debido a su éxito deportivo. La historia se adentra en el mundo de las apuestas, los sindicatos del crimen y los dramas pasionales, mientras Arizmendi se ve atrapado entre sus múltiples conquistas amorosas —que van desde una mujer de la alta sociedad hasta una joven humilde— y una deuda de juego que no puede pagar. La tensión se construye a través de un fatalismo que culmina en un final seco y carente de piedad, muy acorde al género negro.
El filme es una lección de cómo adaptar los códigos del noir estadounidense a la idiosincrasia mexicana, con un enfoque físico y pasional. Destaca por presentar, ya en 1952, a un protagonista despreciable sin intentar suavizar sus acciones para ganar la simpatía del público, enmarcado en un México urbano, moderno y cosmopolita, pero con un submundo de corrupción y peligro latente.
Miguel Arkangel
7
El destino siempre cobra sus deudas…
Dirigida por Roberto Gavaldón, La noche avanza es una estupenda muestra del cine negro mexicano. A diferencia de otros melodramas de la época, aquí no hay espacio para la redención, solo para la ambición y sus consecuencias.
Pedro Armendáriz encarna a Marcos Arizmendi, un arrogante campeón de pelota vasca (frontón). Arizmendi es el antihéroe perfecto: un hombre narcisista, mujeriego y carente de escrúpulos que desprecia a todos los que lo rodean, creyéndose intocable debido a su éxito deportivo. La historia se adentra en el mundo de las apuestas, los sindicatos del crimen y los dramas pasionales, mientras Arizmendi se ve atrapado entre sus múltiples conquistas amorosas —que van desde una mujer de la alta sociedad hasta una joven humilde— y una deuda de juego que no puede pagar. La tensión se construye a través de un fatalismo que culmina en un final seco y carente de piedad, muy acorde al género negro.
El filme es una lección de cómo adaptar los códigos del noir estadounidense a la idiosincrasia mexicana, con un enfoque físico y pasional. Destaca por presentar, ya en 1952, a un protagonista despreciable sin intentar suavizar sus acciones para ganar la simpatía del público, enmarcado en un México urbano, moderno y cosmopolita, pero con un submundo de corrupción y peligro latente.
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