Ficha El Rey y el Ruiseñor


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Críticas de El Rey y el Ruiseñor (1)


bigladiesman

  • 4 Oct 2019

9


Influyente película a cargo del animador Paul Grimault y el guionista Jacques Prévert (“La jour se levé”, Les enfants du Paradis”) que contó con dos versiones, una en 1952 y otra, definitiva, en 1980.

El rey Carlos XVI (Pascal Mazotti, un actor de reparto y doblaje) es un tirano megalómano odiado por todos, además de un tonto de remate incapaz de ver más allá de sus narices (más que nada porque es bizco). Un retrato vivo de él mismo pero con los ojos al derecho se lo carga y toma el poder, pues es su yo inteligente, iniciando la trama.
Por otro lado tenemos al ruiseñor (el excelente actor y activista político y social Jean Martin de “La batalla de Argel” y “Chacal”), al que Carlos ha dejado viudo en una de sus desastrosas cacerías. Se dedica a vengarse mediante lo que ahora llamamos trolleo del fino: un acoso constante pero sin violencia física. Carlos lo quiere disecado, a él y a sus cuatro pollitos. Es todo un liante, pero cae muy bien.
Luego están dos personajes más salidos de sendos cuadros: una pastora por el que los dos Carlos beben los vientos y un deshollinador que quiere fugarse con ella hacia el mundo exterior. Los dos son guapos, buenotes y con poca personalidad: un accesorio para hacer avanzar la trama.
Entre los personajes secundarios destaca un hombre ciego con un organillo que aparece hacia el final. El pobre tipo se mete en el lío sin haberlo pedido y comportándose un poco como la típica parodia animada de un bohemio/beatnik que salía en los dibus cincuenteros roba un par de escenas.

Y, bueno, ¿qué nos ofrece Prévert? Bien, pues una versión ampliada de un cuento la mar de gracioso de Hans Christian Andersen: “La pastora y el deshollinador” (era de esperar, ¿no?) en que unas figurillas de decoración tienen sus problemas y dramas. Prévert convierte las figurillas en personajes provenientes de obras de arte del malvado rey y mezcla la realidad realidad y ficción intrínsecas a la acción de la película, añadiendo además el conflicto entre monarca y ave. Además, poeta como era, Prévert escribió la letra de las cuatro muy breves canciones que salen en la película.
La parte mala es que la película tiene algún pequeño problema de continuidad, en especial hacia el final, en gran parte debido a que se compone de dos bloques hechos en épocas distintas.

Por supuesto, esta película vive mucho de su estética proto-steampunk: sencilla a primera vista, pero en realidad extremadamente elaborada y llena de detalle, muy acorde con las vanguardias artísticas en las que se movieron Grimault y Prévert en sus años mozos, combina elementos surrealistas (los fondos parecen salidos de la imaginación de Giorgio di Chirico, Max Ernst o Carlo Carrà), expresionistas y abstractos que entran con facilidad por los ojos.
La animación en si, como pasa muchas veces, es una de cal y una de arena: combina momentos de mesmerizante fluidez que ha dejado impronta en en mundillo (la bervísima escena del payasete saltimbanqui está especialmente lograda) con otros comunes e incluso con algún fallito puntual explicado, como la continuidad, por haber estado la película hecha en dos etapas.
La banda sonora también es destacable, combinando dos bellas partituras: la original de Joseph Kosma y la de 1980, de Wojciech Kilar (“Drácula[, de Bram Stoker]”, “El pianista”).

Visualmente impactante a la par que muy entretenida, es una película muy a reivindicar que pulveriza sus errores en base a lo fascinante de su desarrollo.



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