Thirteen, dirigida por Catherine Hardwicke y coescrita por una jovencísima Nikki Reed, sigue siendo, más de dos décadas después, un puñetazo en el estómago. A diferencia de otros dramas adolescentes que romantizan la rebelión, esta película se siente cruda, visceral y desesperadamente auténtica.
Evan Rachel Wood, como Tracy Freeland, logra capturar la aterradora velocidad con la que una niña “modelo“ puede desintegrarse bajo la presión de la pertenencia social. Su actuación no se basa en clichés de “chica mala“; lo que vemos es una metamorfosis física y psicológica. Wood pasa de la inocencia a una vacuidad vidriosa, reflejando a una adolescente que ha decidido anestesiar su dolor a través de la promiscuidad, el robo y las drogas. La autolesión y la autodestrucción son un grito desesperado.
La relación entre Tracy y su madre, Melanie (una estupenda Holly Hunter), es una trágica paradoja. Melanie es una madre amorosa pero permisiva y vulnerable, que lucha con sus propios demonios. Tracy desprecia la debilidad que ve en su madre y la castiga por no ser la figura fuerte que ella necesita. La película culmina en una escena desgarradora: un abrazo violento y desesperado en el suelo, donde los roles se desdibujan y solo queda el dolor compartido.
Miguel Arkangel
7
Thirteen, dirigida por Catherine Hardwicke y coescrita por una jovencísima Nikki Reed, sigue siendo, más de dos décadas después, un puñetazo en el estómago. A diferencia de otros dramas adolescentes que romantizan la rebelión, esta película se siente cruda, visceral y desesperadamente auténtica.
Evan Rachel Wood, como Tracy Freeland, logra capturar la aterradora velocidad con la que una niña “modelo“ puede desintegrarse bajo la presión de la pertenencia social. Su actuación no se basa en clichés de “chica mala“; lo que vemos es una metamorfosis física y psicológica. Wood pasa de la inocencia a una vacuidad vidriosa, reflejando a una adolescente que ha decidido anestesiar su dolor a través de la promiscuidad, el robo y las drogas. La autolesión y la autodestrucción son un grito desesperado.
La relación entre Tracy y su madre, Melanie (una estupenda Holly Hunter), es una trágica paradoja. Melanie es una madre amorosa pero permisiva y vulnerable, que lucha con sus propios demonios. Tracy desprecia la debilidad que ve en su madre y la castiga por no ser la figura fuerte que ella necesita. La película culmina en una escena desgarradora: un abrazo violento y desesperado en el suelo, donde los roles se desdibujan y solo queda el dolor compartido.
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