Michael, debut como director del austriaco Markus Schleinzer, es una película perturbadora, no sólo por lo que muestra de forma explícita, sino por su aterradora “normalidad”.
La película sigue cinco meses en la vida de Michael, un hombre de 35 años que mantiene a un niño de 10 años secuestrado en un sótano insonorizado. Lo que hace que esta película sea dura y difícil es que Michael no es un “monstruo”; es un empleadito de oficina, un hijo que llama a su madre y un vecino invisible. La película se centra en su mediocre rutina diaria: las compras en el supermercado, las cenas frente al televisor y su gris vida adulta. Esta “banalidad del mal“ sugiere que el horror más absoluto puede estar ocurriendo en la casa de al lado sin que nadie lo note.
La influencia de Michael Haneke en Schleinzer es obvia en la utilización de planos fijos y una composición rigurosa que obliga al espectador a habitar el espacio con el captor y su pequeña víctima. El mayor acierto de la película es lo que no muestra. Los actos de abuso ocurren detrás de puertas cerradas o en la elipsis entre escenas. Esto es mucho más potente que cualquier imagen explícita, ya que obliga a la imaginación del espectador a llenar los huecos, convirtiéndonos en testigos silenciosos del horror.
Es una película devastadora que no solo trata sobre la pedofilia y el secuestro de niños, sino sobre una sociedad que solo ve la superficie. Las interacciones de Michael con sus compañeros de trabajo o su familia subrayan cómo las convenciones sociales sirven de escudo para el perverso. Mientras cumplas con las normas y seas un ciudadano mediocre, pero productivo, nadie hará las preguntas difíciles.
Miguel Arkangel
7
Michael, debut como director del austriaco Markus Schleinzer, es una película perturbadora, no sólo por lo que muestra de forma explícita, sino por su aterradora “normalidad”.
La película sigue cinco meses en la vida de Michael, un hombre de 35 años que mantiene a un niño de 10 años secuestrado en un sótano insonorizado. Lo que hace que esta película sea dura y difícil es que Michael no es un “monstruo”; es un empleadito de oficina, un hijo que llama a su madre y un vecino invisible. La película se centra en su mediocre rutina diaria: las compras en el supermercado, las cenas frente al televisor y su gris vida adulta. Esta “banalidad del mal“ sugiere que el horror más absoluto puede estar ocurriendo en la casa de al lado sin que nadie lo note.
La influencia de Michael Haneke en Schleinzer es obvia en la utilización de planos fijos y una composición rigurosa que obliga al espectador a habitar el espacio con el captor y su pequeña víctima. El mayor acierto de la película es lo que no muestra. Los actos de abuso ocurren detrás de puertas cerradas o en la elipsis entre escenas. Esto es mucho más potente que cualquier imagen explícita, ya que obliga a la imaginación del espectador a llenar los huecos, convirtiéndonos en testigos silenciosos del horror.
Es una película devastadora que no solo trata sobre la pedofilia y el secuestro de niños, sino sobre una sociedad que solo ve la superficie. Las interacciones de Michael con sus compañeros de trabajo o su familia subrayan cómo las convenciones sociales sirven de escudo para el perverso. Mientras cumplas con las normas y seas un ciudadano mediocre, pero productivo, nadie hará las preguntas difíciles.
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