Quien no se duerma leyéndolo le doy 5 pavos, clo clo cloooooo![]()
Había pasado la mitad de su vida en sombras y la otra mitad en un carrusel de esperanzas, ilusiones, sueños del que había bajado hacía tiempo ya: “todo el mundo sabe que los carruseles son sólo para niños”...todavía hoy retumban sus palabras en mi cabeza. Jamás le creí, y eso me llevó a separarme de él, a que nuestras vidas deambularan por caminos diferentes.
La última noche que le vi estaba sentado en el bordillo de una sucia acera. Una de sus manos agarraba con fuerza una botella como si se tratase de un salvavidas en el naufragio de la vida. Con la otra mano se mecía los cabellos rizados como autocompadeciéndose de sí mismo. Me acerqué a él y le llamé por su nombre, Carlos... Levantó la vista y sus ojos rojizos intentaron enfocar mi imagen. Hacía mucho tiempo que nadie le llamaba por su verdadero nombre. Eso ocurre cuando dejas de ser hombre y pasas a ser escoria para la humanidad. Un día leí que realmente donde se puede observar la naturaleza propia del ser humano es en aquellas almas rotas por el dolor. Y la mirada de Carlos aquella fría noche de invierno estaba cargada de tristeza y dolor.
Me senté a su lado y le resumí un poco cómo me había ido la vida: al acabar la carrera había conseguido ingresar en el cuerpo de policía. Trabajaba en una corrupta comisaría de la zona sur de la ciudad. Ganaba mi sueldo, que me permitía vivir holgadamente y pasarle la paga a mi hija. Sí, estuve casado, pero mi mujer se había ido con otro y se llevó a nuestro bebé. Ahora estoy solo, pero eso no tiene importancia ya. Escuchar el resumen de mi vida en tan pocas palabras me hizo estremecer.
Carlos miraba fijamente al suelo. Hacía un rato que había empezado a llover y las gotas resvalaban por mi cara...mejor, así no se notarían las lágrimas. Nos quedamos en silencio. No sabría decir cuánto tiempo fue exactamente. Minutos que me parecieron horas... Hasta que Carlos rompió el muro de silencio: ¿Eres feliz? me dijo... Mi corazón se encogió ante tal pregunta, y un balbuceante “no” se fugó de mis labios temblorosos. Entonces Carlos levantó la mirada y empezó a hablar como jamás lo había escuchado antes. Me contó lo dura que había sido su vida. Había dejado la carrera y se había puesto a trabajar en una carpintería, pero en seguida lo echaron. En la calle encontró la corrupción y el delito. Empezó como ayudante de un camello. Jamás probó la droga, pero su sangre estaba igualmente envenenada. Había llevado a muchos como él hacia la muerte. La muerte... había visto demasiada ya y decidió dejarlo todo. Pero las cosas no fueron mejor. Desde entonces no había conseguido ningún trabajo y los pocos ahorros que tenía se los gastaba en bebida cada noche. Al llegar a esta parte de la historia mi amigo se derrumbó. Sus lágrimas se fundían en un abrazo desolador con las sucias gotas de lluvia... lo abracé; nos abrazamos. Y por primera vez en mucho tiempo fui feliz.
El resto de la noche la pasamos en silencio, cómplices de miradas que decían más que rastreras palabras. Conseguí llevarlo a su piso a trompicones y lo metí en la cama. Salí del destartalado inmueble y todavía con un nudo en la garganta me alejé de allí. Cuando llegué a casa el sol empezaba a asomar por encima de los tejados grisáceos de la ciudad. Una hora, quizás dos, fue lo poco que pude dormir. Me desperté con una extraña angustia, como si tuviera la sensación de que algo malo había pasado. Tomé un café y cogí mi abrigo. Subí al coche y aceleré entre semáforo y semáforo. El ceniciento sol era incapaz de calentar. Aquella era una mañana especialmente fría. Aparqué el coche y subí las escaleras del edificio. La puerta de la izquierda... sí, esa era. Llamé pero nadie contestó. Entré pero nadie me recibió. Mis pasos indecisos hacían crujir la madera del suelo. La habitación estaba tal y como la había dejado, pero la cama todavía deshecha estaba vacía. La luz del baño estaba encendida, filtrándose claridad bajo la puerta. Con mano temblorosa abrí el picaporte y entré. Allí estaba. Su cuerpo yacía en la bañera, con sus brazos inertes manchados de sangre. Se había cortado las venas; se había cortado la vida. Lo llamé por su nombre una última vez, sabiendo que no iba a recibir respuesta. Carlos... el nombre rebotó en las paredes burlándose de mi dolor. Junto al cuerpo sin vida de mi amigo estaba su perro, medio ciego ya, que sacudió la cola al verme llegar. Me agaché y las lágrimas escaparon de mis ojos buscando un asomo de vida. Nada...sólo el silencio fuera y el retumbar atronador de la tristeza en mi interior.
Jamás había asistido a un entierro más desolador: el cura, una pobre prostituta enamorada de un muerto, su viejo pastor alemán y yo. Aquella tarde parecía que el propio cielo se había vestido de luto: las nubes negras lloraban lágrimas de dolor. El cura tenía prisa. Dijo unas palabras y el enterrador bajó el ataúd, perdiéndose en la oscuridad. La prostituta consiguió entre sollozos depositar un ramo de flores en el agujero, que desapareció al poco sepultado por la tierra. Finalmente nos quedamos solos: yo y el perro. Empecé a caminar y al poco sentí que me seguía. Lo llevé a casa, le di de comer, y hasta hoy lo he tenido a mi lado. Para mí ha sido como agarrarme al último tramo de vida de mi gran amigo. Pero esta mañana esa luz que brillaba en los ojos del perro se apagó, y tras enterrarlo en el jardín me dispuse a escribir estas líneas. Todavía mis manos están manchadas de tierra; tierra que para mí es como sangre. Ahora que Carlos se ha marchado para siempre me dipongo a acompañarle. No puedo vivir más en este mundo sin esperanzas. Me tiemblan las manos, pero no es ante el temor, sino ante los nervios de volver a encontrarme con Carlos. La soledad, me dijo él en una ocasión, es cosa del destino, que siempre decide castigar a los que ya han sufrido bastante. Y yo ya no puedo sufrir más. Una hija que no sabe ni quién es su padre no merece comprobar que es un trapo demasiado viejo y sucio. Me voy, para siempre esta vez, lamentando no haber hecho más en la vida, lamentando no haber intentado ser feliz. Pero ahora lo seré, eternamente junto a quien de verdad me ha querido.
Hasta siempre...




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