Este es un relato escrito a cuatro manos entre yo y korvec(un buen amigo mio), la verdad el merito es mas suyo que mio, el relato es muy largo "60 paginas", por lo tanto si quereis leerlo a tener paciencia jejejeje.

Espero que os guste.

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La Que Camina Entre Los Vivos

I

Los niños que jugaban en la calzada, se interrumpieron boquiabiertos, para observar al forastero con una particular mezcla de descaro y curiosidad. Después de todo, nunca habían ocurrido demasiados eventos dignos de mención en aquel pequeño y alejado pueblo perdido entre las montañas. La llegada de un visitante, podía ser considerada como todo un acontecimiento, ya que solían traerles algunas noticias de lo que ocurría por el reino. Sin embargo, aquel no era un viajero corriente. Las únicas armaduras que cualquiera de ellos había visto, eran las viejas y herrumbrosas de los guardias del alcalde, (que además sólo se ponían en las más solemnes ocasiones) o las de la escolta de algún comerciante. En cualquier caso, se encontraban demasiado aislados como para que los soldados y caballeros del rey, se aventurasen por aquellos parajes. Aquellas, junto con las descritas en los relatos de los juglares, eran las únicas que conocían. Todas ellas, eran más o menos brillantes o resplandecientes (dependiendo principalmente de la imaginación del espectador, o de la pereza del usuario con su mantenimiento). Pero nunca habían imaginado que nadie, salvo los villanos de los cuentos, vistiese una armadura de aquel ominoso color negro y menos aun, que su usuario pudiese ser una mujer. Un niño especialmente curioso, se acercó a examinar a la forastera, que montaba a horcajadas, el caballo más enorme que recordase haber visto en su vida. Aquella montura, de un color negro como la noche, parecía ser capaz de correr durante horas cargando con lo que hiciese falta. Su jinete, vestía una armadura de cuero y metal totalmente negra, dos pequeñas curvas en el peto, evidenciaban la femineidad de su propietaria que mantenía el rostro cubierto por la capucha de su capa, que como no, era del mismo color que su armadura y sus armas. Aquellas gentes, rara vez habían visto tantas armas juntas, especialmente en la misma persona. De su cintura pendía una vaina que contenía una espada de tamaño medio y una daga, junto a las alforjas, podía verse sujeto en un atalaje, un arco de gran tamaño junto a un carcaj cerrado, pero por la forma en que abultaba, era obvio que se encontraba abarrotado de proyectiles. Al otro lado, como haciendo de contra peso, se encontraba un hacha de doble filo de terrible aspecto, pero el arma más temible de todas, se encontraba a su espalda. Manteniendo su capa enganchada a un lado de forma que quedase a la vista y sobre todo accesible a la mano, aquel instrumento no pasaba desapercibido. Casi parecía formar parte de su armadura. El pequeño estaba familiarizado con las herramientas de labranza, pero aquella guadaña negra y afilada como la navaja que utilizaba su padre para rasurarse al barba, era obvio que no había sido forjada para segar trigo. Mientras la veía alejarse, la imaginación del niño se puso a funcionar y le pareció ver unas gotas rojas descendiendo por su filo. Temblando como una hoja, el niño se quedó plantado sin atreverse a moverse pensando que acababa de ver a la muerte.

II

Tom era el obeso posadero de : El Cerdo Cantarín, la única posada de Valle Soleado. Había sido un antepasado suyo el responsable de poner aquel estúpido nombre a la posada. Pero había sido un nombre que se había conservado de generación en generación y no se atrevía a cambiarlo como tampoco lo había echo su padre. Al ver entrar a la forastera, sintió una punzada de temor. Ella pareció advertirlo y se retiró la capucha dejando su rostro al descubierto. Al posadero no le hubiese sorprendido encontrar una calavera, pero en su lugar vio el rostro de una mujer de unos veinticinco o treinta años como mucho. Sus rasgos eran delicados y no podía negarse que era atractiva ; sus ojos de un color parecido al acero parecían increíblemente tristes y llevaba su largo cabello rubio recogido en una trenza dorada que le llegaba hasta casi la cintura. Pero la palidez de sus facciones, le recordaba a un cadáver, cuando le saludo, su sedosa voz terminó de disipar sus temores.
-¿ Sería posible alquilar una habitación?... ¿ y tomar un baño? - añadió con cierta vacilación.
- Naturalmente, nunca abundan los forasteros en Valle Soleado.
- Dentro de poco cambiarán las cosas.
- ¡ Ojalá !... ¿ se encuentra bien?, tiene muy mal aspecto - al pensar en lo que acababa de decirle, temió ofenderla y añadió - ¡ no me entienda mal !, no he pretendido ofenderla. Ella sonrió tristemente mientras le contestaba:
- No lo ha echo, no se preocupe, estoy... bien.
- Si quiere comer algo antes de bañarse, mi mujer no tardará nada en...
- No se moleste, no tengo hambre.
- ¡ No es molestia !. El hombre desapareció en dirección a la cocina y ella salió a buscar su equipaje. Encontró a un amedrentado joven junto a su caballo, al verla, el joven dijo :
- Disculpe señora, me disponía a llevarlo al establo cuando. Ella asintió y le hizo callar poniéndole suavemente el dedo frente a los labios.
- No permite que nadie le toque sin mi permiso y me llamo Siles... pero puedes llamarme Sil y en todo caso soy señorita, ¡ no lo olvides !.
- Desde luego señor... Sil.
- Eso está mejor. Siles desenganchó un gran saco de viaje de la silla de su montura y le dijo algo al oído del animal que se dejó conducir dócilmente por el mozo.
Después de bañarse, Sil no volvió a colocarse su oscura armadura, en su lugar se colocó un vestido de seda y terciopelo negro y plateado con pequeñas runas decorativas. Decidió prescindir de todas sus armas. No quería llamar la atención más de lo estrictamente necesario. Cenó sola en un rincón junto al fuego y al terminar su frugal cena, se disponía a subir la escalera que le llevaría de regreso a su habitación en el piso superior cuando Sara, la mujer del posadero la retuvo.
- ¿ Ya te retiras hijita ?, esta noche vendrá el juglar a explicar historias y luego habrá baile y.
- No me gustan los bailes.
- ¿ A no?, los chicos se sentirán muy decepcionados - acercó su cabeza a la suya y le susurró en tono confidencial : - Se ha corrido la voz de que estás soltera, ¡ además es muy pronto !. Sin saber muy bien el motivo, volvió a tomar asiento. El posadero le sirvió una copa de vino caliente y especiado.
- Es una invitación. Aquella noche ella sería otra atracción para su posada. El echo de que no se hubiese desposado, no era el único rumor que se había filtrado. Lisa, la doncella que se había encargado de llevarle el agua caliente, para el baño, había dado una detallada descripción de las múltiples cicatrices de su cuerpo. No se cansaba de repetir ante todo aquel que quisiese escucharle, que Siles tenía cicatrices de cortes, flechas, quemaduras y dios sabía que más. Al oírla, la señora Sara había exclamado :
- ¡ Pobre muchacha !, con lo joven que es , todo lo que tiene que haber pasado.
- Y además está tan pálida como un cadáver. Si la vieran desnuda, ningún chico se acercaría a ella. Era evidente que la doncella sentía envidia por la expectación que había creado la forastera y no tardaría en esparcir sus conocimientos anatómicos sobre Sil por el pueblo.
- ¡Lisa!, ¡ te prohibo que digas esas cosas !, eres una desvergonzada. La señorita Siles, es educada y encantadora.
- Entonces, ¿ por qué lleva todas esas armas?... ¡ a saber como se ganará la vida !.
- ¡ Ya basta !, sabes que los ejércitos de los bárbaros norteños marchan hacia la capital, todos los soldados se concentran allí y los caminos no son seguros para los viajeros. No en todas partes tienen la suerte de disfrutar de una paz como la de aquí.
- Por lo que sabemos, podría ser una mercenaria ... o quizás una espía de los bárbaros, esa armadura negra... ¡ todas sus ropas son de ese color !.
- ¡ Ya está bien !, esta vez has ido demasiado lejos jovencita ¿ con que derecho has registrado sus cosas?. Sara no era propensa al enfado, si no mas bien todo lo contrario y quería a Lisa como a una hija, pero había conseguido ponerla furiosa.
El juglar entró en la posada entre una ola de aplausos y exclamaciones de júbilo. La posada rebosaba de parroquianos, no pagaban entrada, pero Tom sacaba con las consumiciones suficiente como para pagar a los músicos, al juglar y todavía solía quedar un pellizco para él, pero de todos modos, no era un hombre avaro y no hacía aquello por el dinero. El juglar explicó historias sobre gestas heroicas, magos, caballeros y luego sobre espectros, bárbaros y seres sobrenaturales. Cuando estuvo cansado y vio que su público comenzaba a perder interés, hizo la señal para que los músicos comenzaran a tocar y se inició el baile mientras el se tomaba un descanso y un par de cervezas. Un muchacho de unos veinte años que parecía tener bastante éxito entre el sector femenino, se acercó a Sil. Ella rechazó educadamente su invitación y al ver la decepción en sus ojos, se levantó para retirarse alegando que no sabía bailar y que se encontraba demasiado agotada por el viaje como para tratar de aprender. Mentía por supuesto, a duras penas podía recordar la última vez en que sintió cansancio, dolor o miedo. El juglar reparó en ella.
- Vaya, es la primera vez que Lain recibe calabazas. ¿ quien es esa dama?, parece muy... triste. No tardó en lloverle un aluvión de explicaciones. Cuando terminaron, dedicó unos instantes a poner todos los datos en su lugar y exclamó casi para si mismo : - Una sacerdotisa guerrera de la muerte, nunca creí que llegase a ver una y menos por estas pacíficas tierras, me pregunto si ello... - al ver las interrogantes miradas de sus vecinos de mesa, comenzó a rela-tarles la historia que estaban deseando oír. El círculo de parroquianos que se aglomeraron a su alrededor se hizo tan numeroso, que al poco, los músicos interrumpieron su trabajo. Entonces el juglar comenzó de nuevo a explicar la historia para que todos pudieran oírla, no había tenido un público tan receptivo en mucho tiempo. - Hace unos doce años, cuando se iniciaron las guerras de la oscuridad, Caerwin, una de las ciudades más grandes y hermosas del con-tinente, fue asediada por los ejércitos de los bárbaros. Las hogueras de sus campamentos iluminaban la noche con mas hogueras de campaña que estrellas se veían en el cielo. Sus nigromantes, habían levantado un ejército de cadáveres sedientos de sangre humana. Eran una horda imparable, saqueaban las ciudades, mataban a todo aquel que les ofrecía resistencia, empalaban a los recién nacidos en lanzas, violaban a las mujeres, tomaban como esclavos a los jóvenes y mataban a todos los demás. No quedaba nada con vida a sus espaldas. Los habitantes de Caerwin, sabían que no resistirían ni un día más . La escasa guardia había sido diezmada y hasta muchachos y muchachas, casi niños, se vieron obligados a empuñar las armas. Los campesinos empuñaron hachas, guadañas, horcas. Los nobles espadas y los comerciantes... hicieron su parte. Los sacerdotes del culto a Alán, coexistía con otros cultos. Como de costumbre, rezaron y aconsejaron entereza en sus últimas horas a la población. Iban a convertirse en mártires. Pero aquel como ya he dicho no era el único culto que se seguía en aquella ciudad. Existía un antiguo culto oscuro y minoritario. El culto a Park, la oscura señora de la guadaña, la que siega las almas de los hombres cuando llega su hora. Su sumo sacerdotisa, tuvo una visión y ofreció una posibilidad a la ciudad. Mediante un antiguo rito prohibido y doloroso, le había autorizado a crear sus paladines. Unos imparables guerreros capaces de luchar utilizando las armas y la magia. Muchos fueron los hombres y mujeres que se sometieron a aquel rito esa noche. Y al amanecer, ya eran receptores de su gran poder. Park, siempre ha estado opuesta a los nigromantes que con el poder que le robaron, osan perturbar el descanso de los muertos. Aquellos hombres y mujeres, tenían una fuerza y resistencia fuera de lo común, podían utilizar poderosos hechizos y para acabar con ellos, no bastaba una herida corriente. Las leyendas hablan de sacerdotes guerreros de la muerte que seguían peleando con el cuerpo acribillado a flechazos. Pero todos esos dones, tenían un precio. A cambio, su diosa se quedaba con parte de sus almas. Debían llevar una existencia vacía. Se convertían en seres incapaces del menor sentimiento humano. Eran incapaces de enamorarse, llorar, sentir alegría, compasión o abandonar su lucha. Estaban condenados a pelear contra los enemigos de su señora hasta el fin de sus existencias. Sus cuerpos privados de parte de su alma y de sus sentimientos, iban palideciendo, hasta que llega un momento en el que su cuerpo es totalmente incapaz de aguantar el poder que contiene y entonces, sufren una intensa agonía que termina con su muerte definitiva. Algo parecido a una luciérnaga que brilla con tanta intensidad que acaba quemándose. - Pobre muchacha - la mujer del posadero, escuchó horrorizada el terrible destino de su inquilina y vio que Lisa bajaba la cabeza con arrepentimiento por sus envidiosas palabras. El juglar continuó su relato. - Por eso, todos prefieren dejar de existir en medio de una gloriosa batalla antes de que su cuerpo...
- ¿ Y que pasó con Caerwin?. - Un leñador más bebido de la cuenta formuló la pregunta, pero no tardó en ser secundado por medio local. El juglar exigió silencio con un expresivo gesto y cuando este finalmente se produjo, prosiguió con su narración :
- Al amanecer, algo más de un centenar de aquellos oscuros paladines, se dispusieron a salir de la ciudad para ser la fuerza de choque. Iban a enfrentarse a una fuerza infinitamente superior. El resto de los defensores, se encaramaron a las murallas. Jamás olvidarían lo que presenciaron aquel día.


III

Sil se removió inquieta en su lecho, aunque su cuerpo se encontraba seguro entre las sabanas. Su mente volvió a revivir el primer día de su nueva vida. Si es que a aquella existencia se la podía calificar como vida.
Sus padres se encontraban demasiado ocupados y asustados como para reparar en su ausencia. Faltaba poco para el amanecer, pero el miedo le había impedido dormir. Sabía que cuando amaneciese... con los ojos enrojecidos por el llanto, Siles se acercó a la ventana. Estaba segura de haber oído algo. Ralf Wichet, el hijo de sus vecinos, salía sigilosamente por la ventana de su habitación. El joven casi se cayó de espaldas al oír una voz susurrando su nombre. Al ver a la muchacha, se acercó ceñudo a la ventana.
- ¿Que es lo que quieres Siles Ohdland ?.
- ¿ A donde vas tan temprano ?. El muchacho miró con nerviosismo a ambos lados de la calle antes de responder:
- Al templo de Park.
- No sabía que creyeses en .
- ¡ Y no creo !, al menos, no hasta ahora. Aunque Ralf siempre había sido un joven bromista y travieso, ahora parecía hablar totalmente en serio. - Allí te dan poderes, armas y te hacen casi inmortal. Siles no acababa de creérselo, pero de todos modos, no soportaba aquella torturante espera y decidió acompañarle.
- ¡ Espera!, voy contigo.
- ¿Para que?, sólo eres una niña.
- ¡Pero si apenas tienes un año y medio más que yo !.
- Yo ya casi tengo dieciocho, mi padre dice que ya soy un hombre, ¡ además ya me afeito por las mañanas !. Sil, sin hacer el menor caso de los comentarios de su amigo, terminó de deslizarse por la ventana. Suspirando con resignación, Ralf la ayudó a bajar. Al ver la dura mirada de su vecino, Sil añadió:
- Sólo te acompaño por qué no quiero estar sola, ¡ por favor !. Fueron los enrojecidos ojos de la muchacha los que le convencieron.
- Vale, pero deja de hacer ruido, ¡ harás que nos descubran !, como cuando pusimos aquellas lagartijas en el sombrero del profesor Nandor. Al oír aquello, Sil se llevó inconscientemente la mano al trasero. Aunque de aquello ya hacía casi dos años, la muchacha no olvidaba el mal genio del maestro. Tubo que utilizar un cojín para sentarse durante casi una semana.
Los padres del joven, le vieron alejarse en compañía de su vecina a través de una ventana. Sabían hacia donde se dirigían, pero no hicieron nada por impedírselo, les quedaban escasas horas de vida. Tenían derecho a elegir como vivirlas.
El templo de Park, era un oscuro edificio de roca negra. Era obvió que estaba dedicado a la muerte. Guardianes armados con guadañas esculpidos en un mineral desconocido para Sil, parecían vigilar sus movimientos con sus fríos e inertes ojos. La joven se estremeció ante la visión de cuanto la rodeaba. Una mujer de edad inconcreta que ocultaba su rostro en el interior de la capucha de su oscuro hábito se acercó a ellos. La escasa luz sólo permitía que pudiesen ver algunos de sus rasgos, pero Sil respiró aliviada al ver lo suficiente como para estar segura de que bajo aquella capucha no se ocultaba ninguna calavera. La sacerdotisa se dirigió a Ralf con una voz fría y sedosa.
- ¿Has venido para recibir el poder de la que vela por el descanso de las almas?.
- Sí - la voz del muchacho no mostró el menor atisbo de vacilación o miedo.
- ¿Y conoces el precio?.
- Lo conozco, tendré que renunciar a mis sentimientos y ... lo sé, de todos modos moriré en un par de horas.
- Hay cosas peores que la muerte jovencito.
- Sí y morir viendo como masacran a los tuyos sin poder hacer nada, es una de esas cosas.
- Avanza hacia aquella estancia - una mano mortalmente pálida, señaló un oscuro pasillo. El joven lo tomó. Siles se dispuso a seguirlo, pero la mano de la sacerdotisa, suave como la seda, pero firme y fría como el acero, se cerró sobre su hombro deteniéndola.
- Tú no puedes acompañarle.
- Yo también quiero... el poder. La sacerdotisa le acarició el cabello y luego las mejillas. Sus manos descendieron por su cara y empujando su barbilla hacia arriba, le obligaron a levantar la vista. Sus ojos se encontraron. Ahora Sil podía ver con relativa nitidez el rostro de su interlocutora. Sus ojos negros parecían poder escrutar el contenido de su mente.
- ¿Era tu hermano?.
- No, mi vecino.
- ¡Ah!,- la sacerdotisa pronunció la exclamación como si aquello lo explicase todo - tú ya no significas nada para él.
- Lo dice como si...
- Lo sé todo hijita, unos tienen que morir para que otros puedan seguir viviendo un poco más. No es justo, pero pocas cosas lo son en la vida. Sólo en el reino de mi señora, las almas encuentran por fin justicia. A él, le ha tocado morir, ¿ vas a desperdiciar su sacrificio?.
Las lágrimas descendieron por las mejillas de Sil. Eran las últimas que derramaría.
- Yo también quiero el poder.
- Eres muy obstinada, ¿que edad tienes hijita?.
- Dieciocho, mis padres dicen que ya soy una mujer.
- ¿Dieciocho?, pues yo diría que no estás muy desarrollada.
- Si estoy lo bastante desarrollada para que los bárbaros me violen y me maten, también lo estoy para pelear.
- Así sea - la voz de la sacerdotisa tenía un ligero deje de resignación.
Las manos de la sacerdotisa rasgaron la parte superior del vestido de la muchacha dejando sus pequeños senos al descubierto. Sil abrió la boca para protestar, pero antes de que pronunciase palabra alguna, la religiosa le dijo:
- No te preocupes, ya no te hará falta.
La sacerdotisa apoyó su dedo índice justo encima del lugar donde se hallaba el corazón de la muchacha. Sintió los acelerados latidos y el dedo comenzó a hundirse en la carne hasta que pudo tocar la palpitante víscera. Sil gritó, el dolor de aquel dedo hundiéndose en su interior no fue nada comparado con la agonía que vino después. Sintió como si le arrancasen algo profundamente enraizado a ella, algo inmaterial, pero tan real y necesario como los pulmones o el corazón.
- Acepta reina de todas las almas, el sacrificio de esta joven y concédele una parte, sólo una pequeña parte de tu poder.
- Me está arrancando el alma, esto es una pesadilla, ahora me despertaré en - los pensamientos de Sil volvieron a saltar hechos pedazos. En su interior sintió como aquel espantoso vacío que se había producido en su interior era ahora substituido por algo tan gélido que la abrasaba, se sintió totalmente incapaz de soportarlo y gritó:
- ¡Basta!, sácamelo por favor.
- Ya es demasiado tarde hijita.
La sensación siguió aumentando y la suave voz de la sacerdotisa tenía ahora el tono imperativo e implacable de un juez dictando sentencia.
- A partir de este momento, te considerarás muerta, dedicarás tu existencia a combatir a las hordas de seguidores de Shin, dios de la locura, el caos y la destrucción y a cualquier otro enemigo de tu diosa. A cambio de tu poder, renuncias a tus sentimientos a tu familia y a tus amigos, vestirás el negro por el luto que guardarás por ti misma ya que has dejado de ser un ser vivo.
- No, devuélveme mi vida - sollozó.
En aquel momento, la muchacha hubiese preferido que los bárbaros hiciesen lo que quisiesen con ella y luego la convirtieran en una esclava, nada podía ser peor que lo que sentía en su interior, el dolor siguió aumentando hasta casi hacerla enloquecer, tan penetrante que ni siquiera gritó, olvidó quien y que era y finalmente cayó inconsciente en el suelo.
- Ya te lo advertí pequeña.
Otra sacerdotisa ataviada con idéntico hábito que la que se encontraba junto al caído cuerpo de la joven, se acercó dirigiendo una acusadora mirada a su hermana.
- ¡ Sólo es una chiquilla !, ¿como has podido?.
- Ayúdame, tenemos que vestirla para la batalla.
- No la soportará.
- En el último momento se arrepintió, no pude eliminar totalmente sus sentimientos.
- ¿Entonces no?
- Sí, ha recibido el poder y se ha completado el rito.
- ¿ Que pasará si alguna emoción ?.
- Es un residuo muy pequeño.
- Una pequeña chispa puede producir un incendio, si eso ocurre, vivirá atormentada por algo que jamás podrá tener.
- No te preocupes, lo más probable es que muera en la batalla, ahora ayúdame a ponerle la armadura.
Cuando Sil recuperó el conocimiento, todavía sentía aquella helada sensación en su interior. Pero ya no le producía dolor. Tampoco sentía miedo o cualquier otra sensación. No sentía nada, no importaba nada. Se fijó en la armadura que vestía, unas horas atrás, le hubiese parecido horrible, ahora lo único que le molestaba de ella, era que le venía grande. Una sacerdotisa se dirigió a ella:
- Hermana, ha llegado la hora, ¿Estás preparada para la batalla?.
- Sí.
- ¿ Recuerdas quien eres ?.
- Soy una sacerdotisa guerrera de nuestra señora - la religiosa asintió satisfecha.
- Tu armadura te va un poco holgada, pero era la única que nos quedaba, además dentro de un par de años, te quedara a la medida - si sobrevives claro - pensó para si.
- Gracias hermana.
Sil se reunió en las puertas de la ciudad con un centenar de hombres y mujeres . Todos ellos vestidos con armaduras de cuero, metal, cotas de malla... pero todos vestían de negro. Algunos arqueros disparaban sus proyectiles por encima de las murallas.
- ¡ Ya vienen ! - el grito del centinela sonó como una oscura profecía de muerte y destrucción que encogió los corazones de los habitantes.
- Abrid las puertas.
Los dos encargados de abrir y cerrar las gigantescas hojas, que permitían el acceso por el lado oeste de la ciudad, se miraron con indecisión, pero una mirada de la suma sacerdotisa que les había dado la orden, les hizo reaccionar. Aquella pálida mujer que cabalgaba a la cabeza, le resultaba vagamente familiar a Siles. La observó detenidamente mientras las puertas crujían, vestía una cota de mallas negra cubierta de runas rojas y plateadas cuyo significado... las puertas terminaron de abrirse y aquel fugaz pensamiento careció de importancia para ella. Aunque los dos hombres no abrieron de par en par las puertas, dejaron un espacio por el que podían pasar dos carros holgadamente. Algunos de sus hermanos y hermanas montaban a caballo. Y fueron los primeros en atravesar las puertas. Ella al no disponer de montura, corrió a pie en dirección a una aullante masa de enemigos. Empuñó una inmensa espada a dos manos con el filo lacado en negro. Hacía unas horas, no hubiera podido ni sostener aquel arma y eso por no hablar de manejarla. Llegó junto a los primeros adversarios, una flecha se hundió en su hombro, no le prestó más atención que a la picadura de un mosquito, otra le alcanzó en el costado y otra en la cadera. De su garganta salió un estridente grito mientras su arma comenzó a danzar entre sus manos de izquierda a derecha y de arriba a abajo. Una fina llovizna roja comenzó a empaparla. Apenas fue consciente de los gritos del dolor y de la muerte. No sabía que ni quien era realmente. Tampoco le importaba, una de sus hermanas armada con un látigo de guerra, seguía luchando pese a haber perdido un brazo. Una lanza le atravesó el vientre y su boca se llenó de sangre, los azules ojos de su agónica hermana la miraron mientras un bárbaro le repartía hachazos en el vientre y el pecho. Sus intestinos cayeron al suelo y se inclinó hacia a delante como una muñeca rota. Un nutrido grupo de enemigos siguieron ensañándose con el cuerpo inerte mientras Sil avanzaba hacia allí abriéndose paso a mandobles. Un tipo de aspecto especialmente sucio y grasiento introdujo la mano en aquel cuerpo roto y la saco aferrando un corazón como trofeo. Siles llegó hasta él y fue consciente de que su arma se había partido, le arrojó lo que quedaba de su espadón que se hundió en la cabeza de su sucio enemigo. Un nutrido grupo de bárbaros se abalanzó sobre ella. La sacerdotisa extendió su mano y de ella brotaron tres bolas de fuego. Los bárbaros corrieron cubiertos por las llamas. Sil agarró una espada corta y una daga para volver a internarse en aquella locura. Fuego, rayos, hielo y acero entre muchas otras cosas causaron estragos en aquella avalancha de seres sedientos de sangre. Pero al igual que la plaga de la langosta, por muchos que mataras, siempre había otro para ocupar su puesto y otro. Sus hermanos y hermanas iban siendo lentamente diezmados, morían horriblemente destrozados. Luego vinieron los nigromantes. Sil se vio rodeada por un grupo de cadáveres. Sus almas le habían sido arrebatadas a su señora por un despreciable ser capaz de privar a los muertos de su eterno descanso para hacerlos sus esclavos. Sil volvió a utilizar la magia, los cadáveres se congelaron y estallaron. Se sentía muy débil. Había agotado sus recursos y todas sus armas se encontraban destrozadas. Le ardían todos y cada uno de los músculos de su cuerpo. No es que le doliesen realmente, el dolor era algo que ella apenas podía sentir, pero no el agotamiento y luego estaba la otra sensación, como si una llama la consumiese, cuando utilizaba la magia, la sensación se apaciguaba, pero también se sentía más débil, como si aquel fuego helado fuese lo que la mantuviese con vida. De todos modos, aquel tipejo calvo y raquítico que se vestía con una túnica marrón que parecía haber sido confeccionada con un viejo saco de patatas, volvió su atención hacia otro de sus hermanos. Se trataba de un joven que peleaba utilizando una ligera pero afilada guadaña negra que en pocos puntos mantenía su color original al haberlo substituido por distintas tonalidades de rojo. Sil volvió a sentir una extraña sensación. Se sintió incapaz de apartar los ojos de él. Se fijó en su cabello pajizo, trató de ver sus ojos grises. Sabía que sus ojos eran grises aunque desde allí a duras penas podía verle la cara y sabía que su cabello era pajizo a pesar de que este se encontraba totalmente cubierto de sangre y suciedad. Tendría unos dieciocho años. El nigromante sonrió y de sus manos salió un rayo que impactó en la metálica armadura de su enemigo.
- ¡ Ralf ! - En un doloroso segundo, Sil recuperó la conciencia. Supo quien era aquel joven, quien era ella y lo que estaban haciendo allí.
El cuerpo de su amigo quedó tendido en el suelo víctima de unos tremendos espasmos y el mago oscuro, al oírla gritar, centró su atención en la joven, se sintió confusa, él miedo volvió a hacer mella en ella y se sintió totalmente incapaz de defenderse, volvía a ser Sil, todavía sentía aquella gélida sensación en su interior, pero ahora sólo era una chiquilla triste, agotada y aterrorizada en mitad de un campo de batalla. El nigromante se percató de ello y se movió lentamente hacia ella sonriendo con sadismo. Sil se derrumbó en el suelo y recordó el final de aquella mujer a la que un bárbaro le había arrancado el corazón como trofeo. Ahora sabía que se trataba de Emma Thor, la hija del panadero de su barrio. Recordó su cuerpo destrozado, como se ensañaron. Quiso llorar, pero de sus ojos no manó lágrima alguna, pensó en suplicar, pero estaba tan asustada que a su boca sólo acudían sollozos.
- Vamos jovencita, apenas te dolerá, si no te resistes será bastante rápido - el nigromante comenzó a gesticular y pronunciar las arcanas palabras del hechizo que la convertiría en una marioneta de carne a sus órdenes.
La joven cerró los ojos y las extrañas palabras del mago oscuro fueron cortadas por un silbante sonido. Al abrirlos vio como una oscura guadaña se alejaba volando realizando giros circulares por el aire después de segar la cabeza de su enemigo. El cuerpo permaneció unos segundos en pie antes de derrumbarse en el suelo junto a su cabeza. Sil se levantó con un esfuerzo y se dirigió hacia el lugar donde yacía el joven que le había salvado la vida. Los ojos de Ralf habían estallado por la brutal descarga recibida y los tendones al tensarse le habían roto algunos huesos, pero seguía moviéndose a tientas con una daga en la mano. Sil le abrazó y él le hundió la daga hasta la empuñadura en el costado. La joven sintió el frío acero atravesar su armadura y hundirse entre sus costillas. No fue una sensación agradable, pero lo peor no fue el dolor sino el echo en si y el recordar que ya no era humana.
- Ralf soy yo Sil, ¿no me reconoces?.
El joven vaciló, extrajo el arma de un tirón y se zafó de su abrazo. Con horror vio como trató de volver a atacarla.
- ¿ Por qué haces esto?.
- Porqué yo se lo ordeno.
La muchacha levantó la vista y vio a otro nigromante, algo más joven y fornido pero vestido de idéntica forma que su alopécico colega.
- Tu amiguito ahora me pertenece.
Sil sintió que algo parecido a la rabia ganaba terreno al miedo en su interior. El arma de Ralf se hundió en su pecho derecho a escasos centímetros del corazón. No fue consciente de como lo hizo, pero gritó mientras extendía sus brazos con las palmas dirigidas hacia él. Una tormenta helada salió de las palmas de sus manos y alcanzó a Ralf, al nigromante y a todo el que se encontró tras ellos en un radio de unos cien metros. La visión de su amigo de la infancia, de su compañero de travesuras y se su primer y último amor estallando en un millón de helados fragmentos, fue su última visión antes de perder el conocimiento.
El juglar volvió a tomar un trago tras su descripción de la épica batalla.
- Apenas una docena de sacerdotes guerreros sobrevivieron a aquello. Pero el ejército bárbaro se vio obligado a retirarse. Por desgracia, aquello fue lo que provocó su caída. En la batalla murió la sumo sacerdotisa de Park. Los clérigos de Alán, aprovecharon la ocasión para acusarles de nigromancia, efectuar ritos demoniacos y otras patrañas. En la corte, el máximo dirigente de la religión alaniana, convenció al rey de que lo sucedido en Caerwin había sido producto de la nigromancia y la magia prohibida. Como sabéis, los alanianos consideran demoniaca cualquier manifestación de magia o suceso sobrenatural y en aquella batalla, ambos fueron generosamente utilizados. Poco después se fundaba la orden de los purificadores, - la sola mención de aquella orden guerrero religiosa hizo palidecer a la concurrencia - todos sabéis a quienes buscan. Todo aquel que tenga algún conocimiento de artes arcanas o crean que lo tiene, acabará por confesarlo bajo sus torturas para luego ser ejecutado si sobrevive al interrogatorio. Con el respaldo del rey, no tardaron en eliminar los escasos templos a Park, sus sacerdotes y sacerdotisas murieron quemados, empalados o torturados mientras los escasos paladines de la muerte supervivientes, al perder sus templos sufrieron una merma en su poder. Creí que a estas alturas ya no quedaría ninguno. El rito les convertía en poco más que marionetas . Su personalidad era anulada y sólo vivían para enfrentarse a los enemigos de su fe. Así algunos cayeron peleando contra los purificadores, otros fueron destruidos en incursiones contra las montañas del caos donde se encuentra según ellos el centro de poder de Shin. Sus almas sólo encontrarán la paz cuando esa deidad deje de estar enraizada en nuestro mundo y otros fueron consumidos por su poder. Por eso me sorprendía ver a una por aquí.
Sara fue la primera en romper el tenso silencio que se produjo mientras el juglar tomaba otra libación:
- No me lo puedo creer, quizás sólo sea una casualidad, además es una mujer encantadora.
- Sí, eso no concuerda, los sacerdotes guerreros son fríos e impersonales, incapaces de sentir miedo, alegría o tristeza.
Pit Morland preguntó levantando la voz:
- ¿Creéis que los purificadores nos darían una recompensa por ella?.
Hubo algunas palabras de desaprobación, insultos hacia su familia y miradas ceñudas, pero más de uno espero la respuesta del juglar con una indiferencia muy mal disimulada.
- Probablemente una fortuna, ¿ crees que podrías ganártela?.
- Sólo preguntaba.
Pero la cabeza del tipejo estaba dándole forma a un plan que tenía como objetivo hacerle más rico. El posadero sintió la necesidad de alejar aquel ambiente de insana codicia. Dirigiéndose a la orquesta les gritó:
- ¡ Eh !, ¡ no os pago por gandulear !.
Los músicos comenzaron a ganarse el sueldo de nuevo. Los jóvenes no tardaron en iniciar el baile. Tom se reunió en una mesa con Gill Mádison, el musculoso herrero del pueblo y con Jam Node, el capataz de su cuadrilla de braceros.
- Ahora debe estar dormida, apuesto a que podríamos.
- Tom si lo que dice le juglar es cierto podría utilizar hechizos.
- Si le metemos la cabeza en un saco y.
- ¿No estaréis tramando atacar a alguien en Valle Soleado?.
Tom se encontró con la escrutadora mirada de Less Winter, el alguacil del pueblo, el hombre se encontraba tomando una cerveza en la mesa contigua y probablemente les había oído.
- ¡ Vamos Less !, es una fugitiva y ya has oído al juglar.
- Lo que sé, es que esa mujer no ha cometido delito alguno en este pueblo y mi deber es velar por su seguridad. Además, conociéndoos, lo más probable es que acabaseis convertidos en sapo o algo peor.
- No se presentan muchas oportunidades así en este pueblo.
- Déjala en paz, ¡ ya ha pasado por un infierno!, sólo le falta que tres paletos traten de meterla en un saco mientras duerme y además, aunque lo con-siguieseis, ¿como ibais a llevarla hasta los purificadores ?, los más próximos deben estar a...
La puerta se abrió violentamente y todos se volvieron hacia ella, en pie, ante ellos, se encontraba un hombre vestido con la blanca túnica de los sacerdotes dalarianos, pero en su pecho podía verse el rojo emblema de la llama. A Less se le escapó la jarra de cerveza de las manos. El recipiente se estrelló en el suelo rompiéndose en mil pedazos mientras su propietario decía:
- Cinco metros.
El visitante entró en la taberna seguido de otros tres, del exterior les llegó el estruendo de sus carros cargados de soldados y todo tipo de aparatosos instrumentos de tortura. El purificador dedicó una inquisitiva mirada a la concurrencia que hizo que hasta a Jeff Winchaber, borrachín empedernido, se le quitasen las ganas de beber. El purificador era un hombre de mediana estatura y cráneo afeitado cuyos rasgos faciales recordaban vagamente a un ave de presa o quizás a un ave carroñera. Su voz parecía proceder del oscuro interior de una caverna, pero retumbó por el local como el estampido de un rayo:
- Estamos buscando a una fugitiva, - nadie osó romper el silencio producido por su entrada, el purificador continuó hablando - se trata de un ser demoniaco fruto de la magia necromántica, viste de negro y su piel es blanca como la de un cadáver.
El juglar fue quien le contestó rompiendo el monólogo del fanático religioso:
- El simple echo de existir es un delito para algunas personas - casi escupió la última palabra.
El purificador le dedicó una mirada capaz de helar la sangre, pero el artista no se inmutó. El posadero le susurró:
- Cuidado con lo que dices Giltas, estos hombres son purificadores.
- Se muy bien lo que son - su voz sonó alta y preñada de un profundo desprecio.
El alguacil finalmente pareció decidirse a hablar, tratando de conferir a su voz un tono de seguridad y autoridad, algo de lo que no andaba muy sobrado en los últimos segundos:
- Si no ha cometido ningún delito, no puedo ayudarles y os quedaríamos profundamente agradecidos si partieseis de inmediato para continuar vuestra caza lo más lejos posible de Valle Soleado.
- Parecéis tener mucha prisa en deshaceros de nosotros, ¿acaso nuestra presencia no os es grata ?, ¡ debéis saber que mi autoridad está por encima de las leyes terrenales ! y respecto a ese... ¡engendro!, osó interferir en una de nuestras purificaciones, liberó de la pira, ¡ de las llamas que la hubiesen redimido! A una bruja, a una mujer que confesó realizar curaciones mediante técnicas sobre naturales. Ese monstruo de ultra tumba, hirió a cuatro de mis soldados y asesinó a un purificador de tercer nivel, ¡ es una asesina !.
La puerta volvió a abrirse, por ella irrumpieron un nutrido grupo de hombres armados.
- ¡ Su caballo está en el establo !.
Pit Morland se levantó de un salto gritando:
- ¡ Está durmiendo en el piso de arriba ! - y no tardó en añadir - os acompañaré hasta su habitación.
Las caras ceñudas de los parroquianos se volvieron hacia su persona, pero nadie abrió la boca. Cuanto antes terminasen y se marchasen mucho mejor para todos. El líder de los fanáticos le miró severamente.
- Si nos mientes o se trata de algún truco, lo lamentarás.
- En absoluto, ¿cobraré una recompensa ?.
- El ayudarnos en nuestro sagrado cometido ya lo es.
- No os digo que no, pero preferiría algo más... terrenal.
- Veremos.

IV

Siles despertó violentamente, otra vez había vuelto a tener aquel maldito sueño. Era doloroso recordar lo que había sido, algo había salido mal en el rito, sus sentimientos no habían sido totalmente anulados, pero tampoco era un ser humano. Era físicamente incapaz de llorar, su cuerpo parecía estar muerto, carecía casi totalmente del sentido del tacto, apenas percibís el dolor, pero tampoco sentiría jamás el placer de una caricia un beso o un abrazo. Sus heridas siempre terminaban por cerrarse, pero no sin dejar una clara cicatriz. Hacía ya tiempo que había decidido dormir desnuda ya que si no podía vestir de color distinto al negro, al menos cuando no fuese necesario no lo vestiría. Pero siempre que lo hacía evitaba mirarse, sabía que su cuerpo resultaría repulsivo por la cantidad de profundas cicatrices que lo surcaban. Era un ser creado para luchar en una guerra que jamás vencería y que no le sería permitido abandonar.
- Ojalá hubiese muerto - pensó para si - moriste - se respondió ella misma en voz alta - y quedaste atrapada dentro de tu cadáver, un cadáver que crece respira y realiza el ciclo vital como si estuviese vivo pero no lo está.
Sil deseó llorar con todas sus fuerzas, pero sabía que no podía hacerlo. Sus lamentaciones estallaron echas pedazos al llegar a sus oídos el estruendoso sonido de personas vestidas con acero. Podía oír el silbante roce del acero al ser desenvainado. Deseó quedarse allí, desnuda e indefensa en el interior de su frío lecho y dejar que acabasen con ella de una vez. La puerta se hundió hacia el interior y se abalanzó hacia el interior un hombre armado con una lanza. Sus ojos vieron el símbolo de la llama que exhibía ostentosamente sobre su armadura y la mujer supo que no se le permitiría morir sin luchar. El enemigo la había alcanzado y aunque normalmente ella tenía control sobre sus actos. Algo se apoderaba de ella en determinadas ocasiones, ese mismo algo que la obligaba a vestir siempre de negro a cargar con un arsenal y a pelear con los seguidores de Shin, purificadores, nigromantes y a todo aquel que tratase de eliminarla. Sil vio como el hombre era alcanzado por los azulados proyectiles que volaron desde sus dedos hasta su pecho. El fanático soldado sintió como aquellos dardos de luz atravesaban su armadura su cuerpo y salían por su espalda volviendo a penetrar la placa posterior que protegía su espalda y terminar estrellándose contra los gruesos troncos de la pared donde se produjo una pequeña explosión de astillas y chispas azuladas. La mujer que ya no controlaba totalmente sus acciones supo que no debería utilizar la magia, su último enfrentamiento había mermado sus poderes y la recuperación no era rápida, sobre todo últimamente. Salió del lecho rodando lateralmente y asió la oscura guadaña que se encontraba junto a su armadura a un par de metros de la cama. Otro esbirro de los purificadores se asomó por el hueco de la puerta y le disparó con su ballesta. La saeta salió del arma casi sin puntería previa, pero más por suerte que por habilidad alcanzó su objetivo. Sil apenas fue consciente del proyectil que le atravesó el costado izquierdo.
El estruendo de la lucha llegaba al piso inferior de la silenciosa posada que en aquellos momentos hacía las veces de taberna improvisada. Nadie se atrevió a abrir la boca o a intervenir. El purificador que dirigía aquella operación, se había quedado esperando abajo. En aquellos momentos, se encontraba estudiando la posibilidad de subir a ver lo que ocurría. Pero ello sería como decir que no tenía plena confianza en sus subordinados. Además, él poco podría hacer para ayudarles. Sus habilidades se limitaban a la oración y al interrogatorio, no era ningún guerrero. Un cuerpo ataviado con armadura rodó y trastabilló escaleras abajo hasta quedar tendido boca abajo sobre el suelo de madera que no tardó en teñirse de rojo oscuro. Unos gritos de terror les llegaron procedentes del piso superior:
- ¡ No por favor !, ¡ ellos me obligaron !, yo jamás hubiese osado venderos, creedme... yo.
El sonido de unos pies desnudos descendiendo por los peldaños hizo que el rostro del purificador se tornase lívido. Todos se quedaron de piedra ante la aparición de Sil. Lisa se echó a llorar en cuanto la vio. Su rostro era una terrible máscara pálida manchada de una oscura substancia pringosa que se estaba secando. Todos vieron la mortal palidez de su desnudo cuerpo que se encontraba cubierto de la misma substancia rojiza y pegajosa. El purificador, no tardó en percatarse de que, aunque el cuerpo de su enemiga presentaba un par de heridas, estas apenas sangraban, por lo que toda la sangre que la cubría debía pertenecer a... el hombre no pudo evitar dirigir su mirada hacia aquella oscura guadaña. El arma goteaba ruidosamente. El muchacho que había intentado bailar con ella, se llevó las manos a la boca para tratar de contener el caudal que le subía por la garganta procedente de su revuelto estómago. Giltas no parecía sorprendido en absoluto. El líder de aquel grupo de fanáticos religiosos, se arrodilló y entonó una plegaria a su dios dispuesto a convertirse en otro mártir de su causa. Siles avanzó lentamente hacia él, debía eliminar a todos sus enemigos. El trovador se interpuso:
- ¿Vas a matar a un hombre desarmado?.
Giltas consiguió distraer la atención de la sacerdotisa guerrera sólo un instante, pero su mirada cambió, sus ojos vidriosos perdieron parte de su fría dureza, Sil casi pensó que volvía a ser ella misma cuando otro soldado irrumpió por la puerta. Al ver aquella escena, se llevó las manos a la espada mientras gritaba pidiendo refuerzos. Sil avanzó, apartó a un lado al trovador y le propinó una contundente patada al aspirante a mártir que le partió varios dientes. El soldado la atacó blandiendo su espada, pero la guadaña de su adversaria era más larga y está más rápida, por lo que un tajo de su oscuro instrumento casi partió en dos al desafortunado esbirro. Siles salió al exterior y los parroquianos oyeron el estruendo de otro combate corto pero intenso. En menos de un minuto, vieron entrar a la mujer que pasó silenciosamente sobre el inconsciente cuerpo del purificador para desaparecer escaleras arriba en dirección a su habitación.
Morland, se encontraba acurrucado en un rincón llorando como un chiquillo. A su alrededor, se encontraban esparcidos los restos de la brutal carnicería. Al ver aparecer de nuevo a la sacerdotisa guerrera, pensó que volvía a por él, a terminar lo que había empezado. Se quedó helado por el terror, pero para su sorpresa, ella le ignoró para volver a introducirse en su habitación.
Los parroquianos, decidieron dar por finalizada la noche y partieron hacia sus casas, habían tenido emociones y tema de conversación para años. Al salir al exterior evitaron posar la mirada en los mutilados cadáveres que poblaban el suelo. El alguacil reunió a un par de voluntarios para recoger los cadáveres, nadie echó de menos al purificador, simplemente dejó de encontrarse allí y pensaron que probablemente debió recuperarse y marcharse en algún momento de la accidentada noche aunque nadie le viese hacerlo. El juglar se quedó echando una mano en la ingrata tarea y luego esperando hasta que vio descender de nuevo a la mujer.
Sil volvió a embutirse en la oscura armadura en cuanto hubo terminado de limpiarse la sangre de su piel. Al descender las escaleras para abandonar el lugar, se encontró con el juglar y los dueños del establecimiento.
- Siento lo ocurrido.
Aunque tenía la cara casi tan pálida como su inquilina, la esposa del posadero no perdió su afabilidad.
- No te preocupes, lo sabemos.
Su marido trató de dar a su voz una firmeza de la que carecía por completo.
- Nadie le culpa y no tiene que abandonar su habitación si no quiere hacerlo y menos en horas tan intempestivas, ¡ esa gentuza !, no tienen...
- Volverán, - dijo Sil interrumpiendo al posadero - quizás no esta noche, ni mañana, pero lo harán antes o después, debo marcharme cuanto antes.
La sacerdotisa dejó cinco monedas doradas en la mano del posadero. El frío tacto de la mano de la mujer, hizo que se erizase el vello de todo su cuerpo. Allí había más dinero del que le hubiese costado el alquiler de varios meses.
- Por las molestias.
- Es demasiado.
- Cójalo, al lugar a donde me dirijo no me servirá de nada.
Siles les dio la espalda y se dirigió hacia la puerta pero la detuvo la voz del juglar. Al volverse hacia él, este le preguntó:
- ¿Y cual es ese lugar?, si no le importa decírmelo claro.
- Thor Gordul.
Al oír aquel nombre, el rostro de los posaderos pasó del pálido a adquirir un tono casi amarillento. Nadie mencionaba siquiera aquel nombre. Thor Gordul era la región más maldita del mundo conocido. Ni siquiera los purificadores habían osado jamás internarse allí. El juglar no pareció en absoluto sorprendido.
- Buscas el libro de la muerte.
- ¿Que sabes tú sobre eso?.
- Sólo lo que cuentan las historias, que en algún lugar de esa maldita región, se encuentran las ruinas del primer templo de tu diosa. Fue el más grande y el principal edificio de tu culto, lamentablemente, fue engullido por la maldición que asoló esas tierras. Se dice, que sobre su oscuro altar, todavía permanece el negro libro de la muerte, nunca ha sido recuperado y se dice que nunca lo será.
- Eso todavía está por ver.
- Eres muy poderosa pero, ¿ conoces esas tierras ?. - la sacerdotisa no contestó - Corrompido por el inmenso poder que ganó con prohibidos hechizos necrománticos, el príncipe Shisubeki enloqueció y usurpó el poder de su padre. La corrupción se adueñó de sus tierras, sus gentes sobreviven esclavizadas por un ejército de demonios y seres procedentes del poder de su demente soberano y de sus malditos experimentos.
- Sé que no será fácil, pero tengo poco que perder.
- Lo único que puedes conseguir, es que te esclavicen, te maten o... algo peor.
Siles volvió a darle la espalda para marcharse.
- ¡ Espera ¡.
- ¿Que quieres ahora?.
- ¿Te importa si voy contigo?.
La sacerdotisa casi se sorprendió, la posadera casi se desmayó, el posadero gritó:
- ¡Giltas !, ¿es que te has vuelto loco?.
- Tanto si lo consigue, como si no, será una historia digna de ser contada y esa es la misión de los juglares.
- ¡ No digas estupideces !, lo que pretendes es devolverle la vida a Nidia, desde que murió el año pasado, no has
- ¡ Cállate ! - el juglar se había puesto rojo por la cólera o algo similar, su grito cortó en el acto la explicación del posadero, pero al ver la reacción de sus interlocutores, no tardó en calmarse - lo siento, no es un buen momento para sacar ese tema a relucir.
Volviéndose hacia la sacerdotisa guerrera que se hallaba en pie junto a la puerta, volvió a preguntarle:
- Así pues, ¿tenéis inconveniente en que os acompañe ?.
- Tú verás lo que haces, tus conocimientos pueden serme de gran utilidad, pero si mueres en
- Lo comprendo, - la interrumpió - voy por propia voluntad, conozco y acepto los riesgos.
El superviviente líder de los purificadores, escuchó con atención toda la conversación desde su escondite bajo unas mesas.


V

Giltas, montaba un caballo gris que aunque no estaba acostumbrado a viajes como el que ahora le aguardaba, resistía sorprendentemente bien las duras marchas a las que se estaba viendo sometido. El juglar no tardó en acostumbrarse a las miradas que despertaban a la entrada de los pueblos. Aquel iba a ser el último núcleo de población que visitasen antes de internarse en las montañas brumosas. Cuando salieran de ellas, se encontrarían en Thor Gordul.
Golsor era un pueblo que en poco se diferenciaba de cualquiera de los otros que habían dejado atrás. Pero la pequeña y sucia posada llamada: “La Buena Mesa”, no sólo no parecía hacer honor a su nombre, sino que además estaba regentada por un tipejo bajo de cabello sucio que no parecía digno de más confianza que un pato ejerciendo de perro pastor. Al ver a los parroquianos, el juglar pensó que se hallaban en el gremio de ladrones del pueblo. Aquellas personas, tenían aspecto de rufianes, escatima-bolsas, punza-barrigas y raja-gargantas. Así se lo hizo saber a su compañera de viaje.
- Sil, vámonos de aquí, no me gusta nada este antro.
- Te comprendo, pero si lo hacemos, llamaremos la atención entre la concurrencia.
- ¿Más aun ?, medio pueblo debe andar comentando tu entrada.
- Nuestra entrada.
- A mi, no creo ni que me vieran, esa armadura y ese arsenal que llevas, llaman la atención tanto como si entrases cabalgando desnuda.
- Quizás en otra ocasión.
- Lo que quiero decir, es que podrías vestirte de forma más discreta hasta llegar a las montañas brumosas.
- Este es el último pueblo por el que pasaremos y ya sabes que no me está permitido ocultar mi condición. Y si nos marchamos ahora de esta posada, puede ser considerado como un insulto o como una señal de miedo.
- Está bien, nos quedamos, pero no pienso actuar aquí.
- Eso es cosa tuya.
Sil desapareció escaleras arriba hacia su habitación. El juglar se quedó en pie en medio de la entrada y vio como un par de tipos de mala catadura, le miraban de una forma que no le gustó. Giltas palpó sólo para asegurarse, la daga que ocultaba en la manga de su camisa y no tardó en dirigirse también él hacia su habitación.
Durante la mayor parte del día y de la tarde, Sil se dedicó a comprar provisiones y equipo para el viaje. También se hizo con un mulo de carga para transportarlas sin tener que forzar a sus sufridas monturas. El juglar, se preguntaba como era posible, que la sacerdotisa guerrera, dispusiese de aquel capital aparentemente interminable, pero se abstuvo de preguntarlo. La comida de aquella posada, resultó tan mediocre como esperaban, pero tanto Giltas como Siles, comieron sin quejarse. La bebida corrió sin freno entre los murmurantes parroquianos y el juglar temió que intentasen algo contra ellos, pero pasó la hora de la cena sin que nadie osase importunarlos.
Sil, después de cenar con frugalidad, se sentó junto a la chimenea con un pequeño arpa. El juglar no había visto antes el pequeño instrumento de cuerda. La sacerdotisa, tocó distraídamente una melodía muy triste. El sonido del arpa, apenas si era perceptible sobre la algarabía, gritos y maldiciones de la concurrencia, pero ella parecía tocar para si misma. Con los ojos cerrados, parecía totalmente abstraída de todo lo que se hallaba o sucedía a su alrededor. Un tipo inmenso con una barba negra que mostraba ya algunas hebras canosas, reparó en la melodía.
- ¡ Eh !, ¡deja eso!, me produces dolor de cabeza.
Quizás ella no le oyó o quizás si lo hizo e hizo caso omiso de él, pero el caso es que Sil continuó tocando y el barbudo se levantó de la mesa.
- ¡Maldita bruja!, deberíamos quemarte en medio de la plaza.
El juglar recordó la matanza producida en la posada de su suegro a manos de la mujer.
- Siles déjalo, provocarás un altercado.
Ella le contestó sin dejar lo que estaba haciendo.
- ¿ Acaso no lo ves?.
- ¿Ver el que ?.
- Van ha hacerlo de todos modos, ¿prefieres que lo intenten mientras duermes?, llevan todo el día buscando una excusa, están sedientos de sangre y violencia.
Giltas notó una ligera diferencia en la voz de su compañera. Parecía la misma, pero sonaba distinta, tenía una dureza y frialdad en la que no había reparado hasta aquel momento. Sil abrió los ojos y el juglar vio en ellos la misma mirada que tenía la noche de la matanza, nunca olvidaría aquella expresión, era la misma que había visto en su cara cuando se disponía a acabar con el indefenso líder de los purificadores. El juglar iba a decirle algo cuando una mano de inmenso tamaño le apartó como si de un espantapájaros se tratase. Siles dejó de tocar y se levantó para plantar cara al coloso. Un montón de manos se cerraron alrededor del cuerpo de Giltas inmovilizándole. Una daga se apoyó en su garganta.
- Silencio amiguito o no volverás a engañar a nadie con tus historias y cuentos.
El colosal barbudo se dirigió a una Siles que parecía más fría y letal que nunca:
- Sé que eres una bruja y que los purificadores me pagarían bien por tu cabeza, pero también soy un hombre razonable. Por lo que he oído, no habéis reparado en gastos y.
- Comprendo, ¿cuanto?.
- Todo.
- La avaricia no es buena consejera, puede llevarte a una tumba prematura.
El hombretón rió y toda la posada se llenó con las carcajadas de quienes le secundaron.
- Sé que eres peligrosa, - le contestó él - pero si no me pagas, tu amiguito morirá y tú no saldrás viva de aquí.
- ¿ Como sé, que si os doy lo que pedís, no tratareis de asesinarnos mientras dormimos ?.
- Si quisiéramos, podríamos mataros ahora y quedarnos con el oro.
Siles cogió la bolsa en la que guardaba su dinero y la arrojó a los pies de su interlocutor. El coloso hizo amago de inclinarse a cogerla, pero ella le detuvo:
- ¡No!, no te atrevas a tocarla antes de que tus perros hayan soltado al juglar.
- ¿Y como sé que dentro hay lo que tiene que haber?.
- No lo sabes, pero si no hay lo que esperas que haya, siempre puedes matarnos ¿no?.
El barbudo hizo un movimiento de cabeza y la daga se retiró de la garganta de Giltas. El juglar se acercó a su compañera mientras el avaro coloso abría la bolsa y extraía de su interior un reducido número de monedas doradas y otro no mucho más numeroso de monedas de plata.
- ¡ Me has engañado !, ¿como te has atrevido?.
- Es todo lo que queda.
- En ese caso no será suficiente.
- ¿Lo hubiese sido de haber habido más ?.
- Quizás.
- En ese caso, vuestra suerte está echada.
El acero brilló en las manos de los parroquianos: cuchillos, dagas y espadas roperas, parecieron surgir de la nada, al abandonar el lugar en el que se habían mantenido ocultas entre sus ropas, hasta que llegase el momento de reunirse con las ansiosas manos de sus dueños. Giltas, trató de evitar lo que sabía sería inevitable:
- ¡ No lo hagáis !, ¡ os matará a todos !.
Con amenazante lentitud, Sil desenvainó la espada corta de su costado, que junto a la daga que llevaba al lado opuesto, eran las únicas armas que con las que cargaba. El fuego de la chimenea se reflejó en el acero. El juglar, sabía lo que vendría a continuación o mejor dicho, creyó saberlo, porqué para su sorpresa y sobresalto, la cerrada puerta de la posada se abrió violentamente. Todas las miradas se posaron en el individuo delgado de tez macilenta que penetró por ella gritando:
- ¡ Raz te lo advertí !.
Las armas de los facinerosos, desaparecieron tan rápidamente, que Giltas podría haber pensado que habían sido un mero producto de su imaginación y de que no se habían encontrado allí un par de segundos antes. El coloso replicó con un tono parecido al del hijo que trata de justificar su última travesura ante sus padres:
- Pero Murf, ¡ es una bruja !, mírala bien: viste una armadura negra, iba armada con una guadaña, ¡ parecía la misma muerte !.
- No ha cometido ningún delito y aunque así fuese, sólo yo y mis hombres tenemos potestad para impartir justicia.
- Lo sé Murf, pero.
- ¡ Nada de peros !, ¡ no hay peros que valgan !, el que seas mi hermano, no te da derecho a desvalijar con tus compinches a todo extranjero que te parezca sospechoso. - después de decir aquello, el alguacil pareció tranquilizarse - Ahora devuélvele esa bolsa que tienes entre las manos.
El barbudo obedeció a regañadientes. Sil vio con más claridad los severos rasgos del alguacil cuando este se acercó más a ella para disculparse:
- Lo siento, le pido disculpas por la lamentable actitud de mi hermano, tiene mi palabra de que no será molestada por él en el futuro.
- Gracias, me conformo con que nos deje en paz esta noche.
- Puede estar segura de ello.
El hombretón, dirigió una siniestra mirada, al pequeño posadero de aires canallescos que regentaba aquel local. Este, se encogió de hombros y le dijo:
- Ya te advertí que no quería líos en mi establecimiento.
- Ya te ajustaré las cuentas, ¡ medio hombre !. - El hombretón, que parecía responder al nombre de Raz, se volvió luego hacia Sil - Y será mejor que no vuelva a ver tu pálida cara de bruja por aquí.
- No es probable, pero nunca se sabe.
Raz pareció estar a punto de contestarle algo, pero basto una mirada de su severo hermano para disuadirle.
A Giltas, le fue mucho más fácil de lo que había supuesto el conciliar el sueño, pero su descanso, distó de ser apacible. El juglar, sufrió una horrible pesadilla. Horribles y apestosos seres de ultratumba, terribles demonios fruto de la alquimia y la magia, horrores que se ocultaban entre las sombras, le observaban con sus ojos fosforescentes de tono anaranjado. Todos ellos esperaban el momento oportuno para saltar sobre él y rasgar su piel, hacer su carne jirones, esparcir sus vísceras y deshacer sus huesos por el mero placer de causar muerte y sufrimiento. Despertó de aquel infierno empapado en sudor, para encontrarse frente a la persona a la que más había amado y a la que seguía amando a pesar de que una enfermedad se la arrebatase.
- ¡ Nidia !, ¿ eres tú realmente?.
- Sí, no tengo mucho tiempo, he venido a suplicarte que abandones la locura que planeas.
- Es la única posibilidad, si consigo hacerme con el libro, podré rescatarte de la muerte y si fallo... de todos modos volveremos a estar juntos.
- No puedes devolverme la vida, en cambio, tú si puedes perder tu alma y jamás volveríamos a encontrarnos, regresa a casa y empieza una nueva vida, debes olvidar y empezar de nuevo.
- No.
- Por favor.
- No, no puedo hacer eso.
La imagen de su difunta esposa, fue substituida por la de Sil.
- Claro que puedes levantarte, ya es hora de partir.
El juglar se desperezó, había sido un sueño dentro de otro sueño... o quizás no. Pero en cualquier caso, no iba a abandonar, prefería morir con una esperanza que vivir totalmente privado de ella.
- En seguida estaré listo, acabo de tener un sueño muy extraño.
- Suele ocurrir, te esperaré abajo.
Después de un frugal desayuno, servido por un posadero que parecía sonámbulo, la pareja abandonó el establecimiento para encaminarse hacia la salida del pueblo. Todavía era muy temprano y pocas personas vieron su partida. Pero en un oscuro callejón cercano a la posada, se encontraba oculto por las sombras un hombre de elevada estatura que les observaba partir hacia las montañas brumosas. A Raz, ni se le pasó por la cabeza la idea de seguirles. Las montañas no eran un buen sitio. Pocos eran los que se aventuraban ha entrar en ellas, pero todavía eran menos los que iban más allá.

VI

Frawn, el purificador de sexto grado supervi-viente a la matanza de la posada, El Cerdo Cantarín, en la que fue diezmado su grupo. Tuvo que cabalgar sin reposo, hasta llegar al punto en el que se encontraban esperándole el grueso de sus fuerzas. Unos cien guerreros y otros diez purificadores de cuarto grado esperaban su regreso de la persecución de su enemiga. No era la fuerza que él hubiese deseado para emprender la sagrada misión que se disponía acometer, pero tendría que conformarse. Si lograba apoderarse del libro de la muerte, podría utilizar el inmenso poder que se le atribuía y beneficiarse de sus secretos. Con él en su poder, no tendría problemas a la hora de lograr el liderazgo de su orden y bajo su mando y contando con aquel poder, estaba seguro de poder eliminar a todos los enemigos de su fe. La noticia de la masacre de sus compañeros, no contribuyó a aumentar la moral de sus hombres. Pero al oír hacia donde se dirigían, más de uno, fue incapaz de reprimir una expresión de protesta o desaliento. Aquello, enfureció a Frawn:
- ¡ Silencio !, - cuando este terminó por producirse, el purificador de sexto grado continuó - os recuerdo, que habéis jurado perseguir implacablemente a los enemigos de nuestra fe, ¡ allí donde se oculten !. ¿Acaso creíais que ibais a dedicaros a perseguir brujas y herejes por puebluchos ?.
Entre la multitud de sus hombres, uno dijo: - Pues sí, ese era el plan - pero por suerte, aquello no llegó a los oídos del orador que continuó con su arenga:
- Nos ha sido impuesta una dura prueba, ¡ demostremos, que somos dignos de hallarnos entre los elegidos de nuestro señor !.
La arenga acalló las protestas, pero no produjo exclamaciones de júbilo. Frawn supo que la posibilidad de la deserción, estaba siendo acariciada por varios de sus esbirros.
- ¡ Pagaré, dos monedas de oro, a aquel que capture a un desertor en su intento de huida !. Y el que trate de abandonarnos, conocerá los peores tormentos.
La mirada del religioso, se desvió hacia los carros cargados con aparatos de tortura. Más de un rostro se tornó lívido. Frawn, se disponía a dar instrucciones a su subordinado de cuarto grado más próximo, cuando su mirada se posó de forma casual en el carro que solía utilizarse como celda para sus prisioneros. La última vez que lo vio, se encontraba vació, pero para su sorpresa, ahora albergaba a un inquilino.
- Vaya, no tenemos tiempo para estas cosas - el purificador se acercó a la celda móvil seguido del hombre al que iba a dirigirse. Al acercarse lo suficiente, Frawn vio que en el interior del carro, se encontraba una jovencita, casi una niña. No tendría más de dieciséis años, pero sus oscuros ojos castaños le miraban desafiantes.
- ¿Quien es?.
Apris, el purificador de cuarto nivel le respondió:
- Una bruja, la denunciaron sus vecinos. Al parecer, tiene visiones de sucesos lejanos e incluso, premoniciones.
- No tenemos tiempo que perder, despachemos este asunto cuanto antes y emprendamos la marcha.
Nelea, vio aproximarse a los dos purificadores. Todavía no podía creer que su vecina, su compañera de juegos y travesuras, la hubiese delatado por unas monedas. Sabía que su madre estaba enferma y que necesitaba el dinero, pero jamás hubiese creído fuese capaz de revelarle su secreto a aquellos hombres.
- Confiesa que recibes tu visión, por mediación de los enemigos de nuestro señor. - Aquella era una frase que Apris, había utilizado innumerables veces en casos similares. En el fondo no esperaba que esta vez le diese mejores resultados.
- No sé de donde vienen