Miky83
30/03/2010, 20:59
- Gracias por venir temprano.
- De nada. Estaba desocupada.
- Éste es un paso importante. ¿De verdad quiere hacerlo?
- Sí. Estoy totalmente convencida.
- Bien. Déjeme informarle sobre algunos datos básicos: Esta central eléctrica lleva diecisiete años automatizada. No supone ningún esfuerzo por su parte, sólo se limita a que los paneles de control mantengan el nivel adecuado y del mantenimiento de las baterías. No es demasiado pedir, ¿verdad?
- No lo creo.
- Bien. Permítame acompañarla para mostrarle la sala principal.
Se trataba de una central pequeña. Antes de llegar a la sala principal había una estancia donde podía verse una pequeña variedad de ruedas afiladoras y un pequeño motor de color verde que adornaba la misma en el centro. Tras una puerta a la izquierda se accedía a un pequeño salón donde había una mesa con un montón de folios de antiguas anotaciones y un refrigerador. Tras atravesar dicho salón entraron a la sala principal.
- Bien, aquí está. Esta será la estancia donde permanecerá la mayor parte de su jornada. En esta gran mesa dispone de teléfono en caso de urgencia, los números de teléfono de los encargados y una radio portátil. Tras ella se encuentran estos paneles, en ellos se registran la actividad eléctrica que se genera durante una hora, deberá anotarlos. Esa doble puerta que ve en frente lleva al hall que la llevará a la zona donde se encuentran esos generadores eólicos que vemos tras estas grandes ventanas y la puerta que se encuentra a su izquierda lleva a las taquillas y el servicio. Antes del mismo hallará una pequeña puerta a la derecha en la que se encuentra la sala de baterías.
- De acuerdo. Gracias por la información.
- De nada. Espero que el cargo sea de su agrado. La llamaré al finalizar su turno para ver que tal le ha ido.
- Muy bien. Gracias.
El hombre se fue. Daniela se sentó en la silla giratoria y recapacitó mientras se encendía un pitillo. Hizo un balance de su situación: se encontraba a treinta kilómetros de su hogar en una zona montañosa ocupada en su totalidad por fauna salvaje al comienzo de un bosque en una central eléctrica que llevaba varios años desocupada. Su turno de ocho horas se limitaría a anotar y comprobar las marcas de tensión que los generadores eléctricos agrupaban a diario cada hora y a mantener las baterías a punto.
Miró su reloj de pulsera. Las cuatro de la tarde.
Se levantó y comenzó su jornada. Tomó el cuaderno de anotaciones de la mesa principal y se acercó a los paneles. Anotó y volvió a su lugar para contrastarlos con los promedios estándar a los que se delimitaban.
Pasaron un par de horas, quizás tres. Daniela permanecía absorta en la televisión que descansaba en un armario metálico delante de la doble puerta que llevaba al hall. Echó un vistazo a los enormes ventanales que daban al exterior y comprobó que estaba comenzando a anochecer.
Volvió a levantarse para tomar las anotaciones de las siete de la tarde y decidió aprovechar para darse una ducha.
Se dirigió hacia el pasillo que llevaba a las taquillas. Abrió una al azar, ya que todas estaban vacías y depositó en su interior su reloj y algunas pertenencias. Luego se dirigió hacia el servicio.
Estaba provisto de dos lavabos, un w.c. y un pequeño habitáculo adosado a éste provisto para la ducha.
Necesitaba relajarse. El hombre tenía razón. La faena no suponía ningún esfuerzo, pero no se encontraba del todo tranquila. La zona en la que se hallaba no era precisamente tranquilizadora y encima se estaba haciendo de noche y… había comenzado a llover.
Un relámpago y su posterior respuesta sonora el trueno hicieron acto de presentación.
- ¡Vaya por Dios, lo que hacia falta!
Sabía que una tormenta podría resultar fatal para empeñar el trabajo que ocupaba. ¿Podrían pararse los generadores? ¿Podría caer un relámpago sobre los cables de conducción eléctrica?... ¿Qué posibilidades había?
Un segundo trueno retumbó dentro del servicio. Daniela se extrañó. No había ningún relámpago antecesor al trueno. Y esta vez había temblado el suelo.
Dirigió la mirada hacia el pequeño ventanal que había dentro del habitáculo y examinó el exterior.
Los gigantescos árboles se agitaban violentamente. Zarandeados con fuerza por el brutal vendaval. Otro trueno. Y un rugido atronador.
- ¿Qué demonios…?
Poco a poco los árboles más lejanos daban la impresión de abrir paso a algo. A algo muy grande. A algo muy grande y muy pesado.
Y Daniela no se equivocó.
La impresionante cabeza del tiranosaurio, con una hilera de dientes de medio metro apartó bruscamente la última barrera de árboles que le separaban de la central eléctrica.
- ¡Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores…!
El reptil, de seis metros de alto y quince de largo se irguió y contempló a su alrededor. El destino quiso que su mirada se centrara en aquella pequeña ventana, donde Daniela permanecía boquiabierta e inmóvil presa del terror.
Ahora comprendió que lo que había oído no eran truenos. Si no los golpes de impacto que las patas del reptil cometía al caminar de manera torpe e indecisa. Había cogido velocidad y se dirigía hacia la ventana rugiendo ensordecedoramente.
Daniela se apartó, vencida por la intuición y abandonó el habitáculo de la ducha cogiendo su ropa y vistiéndose aparatosamente. El impacto que el animal había provocado en el habitáculo bastó para que se fuera por completo el suministro de luz en toda la central.
Un nuevo rugido hizo temblar el cuerpo de Daniela. La cual se llevó las manos a la cabeza y gritó de desesperación.
Un silencio se sumió de repente. Y un zumbido que poco a poco se fue incrementando hizo que Daniela se aproximara de nuevo hacia el habitáculo. Observó cauta por el ventanal agrietado.
La lluvia había comenzado a entrar por las grietas y entre las gotas de agua comprobó que el tiranosaurio se alejaba por donde había venido, dirigiendo la mirada hacia el cielo nocturno.
Una estela ovoide de numerosos colores se aproximaba. Aquel zumbido había subido de nivel y parecía el sonido cómico que incluían en algunos dibujos animados para el despegue de las naves espaciales.
El objeto permaneció inmóvil un instante sobre la central y luego descendió.
Un sonido sordo se acentuó en el techo. Daniela fue corriendo hasta la sala principal, totalmente a oscuras salvo por la luz de la luna que llegaba desde los grandes ventanales. Escuchó. Posiblemente pasos.
Daniela pensó en un momento abandonar la central y coger su Corvette que permanecía aparcado en el exterior.
Fue su reacción. Anduvo decidida a abandonar aquel paraje y se plantó frente a la puerta que llevaba al pasillo de los paneles eléctricos adicionales. Tras esa puerta sólo tendría que correr por el extenso pasillo hasta la puerta de la calle.
Echó mano al manillar de la puerta y la abrió.
La presencia que apareció tras la puerta hizo que de lo más profundo de su ser emergiera un auténtico alarido que a punto estuvo de desencajarle la mandíbula.
La cabeza de aquel ser era dos o tres veces más grande que la de un ser humano, tal vez cuatro. Dos pequeñas rendijas oscuras hacían las veces de ojos, una alargada protuberancia la nariz y una casi inexistente franja horizontal la boca. El largo y descuidado cabello le llegaba hasta los hombros. No pudo ver más, pues la iluminación no daba para mucho, pero tampoco Daniela quería ver más.
Cerró la puerta de un portazo tal que tras la puerta se escuchó un sonoro zumbido de mosquito. Seguramente provocado por el ser.
Buscó alguna salida alternativa.
¿Cómo pudo haberla olvidado?
Accedió sin perder tiempo hacia la doble puerta que llevaba al hall. Una vez allí se dio de lleno contra dos sillones que alguno de los antiguos trabajadores habría dejado allí en su último día. Sonrió enloquecida al encontrar la puerta de cristal que daba a la salida.
Abrió la puerta y corrió hacia su derecha hasta bordear el “jardín eléctrico” de torretas y dar con la verja principal. Dio una patada a la misma y ésta se abrió.
Corrió hasta el vehículo pero se detuvo un instante. ¿Había visto lo que realmente había visto? ¿O lo había imaginado?
Bajando la cuesta del monte, en dirección a ella, una docena de personajes enfurecidos corrían como si estuvieran poseídos. Daniela sabía que las intenciones de aquella gente no era la de reunirse para jugar una partida de Twister precisamente. Sacó las llaves del Corvette y abrió la puerta del conductor. Se acomodó y miró por el retrovisor.
Se iban aproximando. Sus expresiones no eran amistosas, tampoco reconfortantes, y menos… humanas.
Daniela arrancó el vehículo y dio marcha atrás con toda sus fuerzas.
El impacto fue brutal, media docena de seres fueron impulsados pasando por encima del Corvette y aterrizando desmembrados sobre el suelo mojado por la lluvia. Cuando vio que el resto se apartaba cambió la marcha y abandonó aquel maldito lugar.
Unos días más tarde, una carta del hombre que le había informado sobre el puesto de trabajo llegó a sus manos:
“Querida señorita.
Espero que su corta labor en su puesto haya sido de su agrado.
La semana que viene recibirá su remuneración.
Que pase una buena semana.
Saludos cordiales”
- De nada. Estaba desocupada.
- Éste es un paso importante. ¿De verdad quiere hacerlo?
- Sí. Estoy totalmente convencida.
- Bien. Déjeme informarle sobre algunos datos básicos: Esta central eléctrica lleva diecisiete años automatizada. No supone ningún esfuerzo por su parte, sólo se limita a que los paneles de control mantengan el nivel adecuado y del mantenimiento de las baterías. No es demasiado pedir, ¿verdad?
- No lo creo.
- Bien. Permítame acompañarla para mostrarle la sala principal.
Se trataba de una central pequeña. Antes de llegar a la sala principal había una estancia donde podía verse una pequeña variedad de ruedas afiladoras y un pequeño motor de color verde que adornaba la misma en el centro. Tras una puerta a la izquierda se accedía a un pequeño salón donde había una mesa con un montón de folios de antiguas anotaciones y un refrigerador. Tras atravesar dicho salón entraron a la sala principal.
- Bien, aquí está. Esta será la estancia donde permanecerá la mayor parte de su jornada. En esta gran mesa dispone de teléfono en caso de urgencia, los números de teléfono de los encargados y una radio portátil. Tras ella se encuentran estos paneles, en ellos se registran la actividad eléctrica que se genera durante una hora, deberá anotarlos. Esa doble puerta que ve en frente lleva al hall que la llevará a la zona donde se encuentran esos generadores eólicos que vemos tras estas grandes ventanas y la puerta que se encuentra a su izquierda lleva a las taquillas y el servicio. Antes del mismo hallará una pequeña puerta a la derecha en la que se encuentra la sala de baterías.
- De acuerdo. Gracias por la información.
- De nada. Espero que el cargo sea de su agrado. La llamaré al finalizar su turno para ver que tal le ha ido.
- Muy bien. Gracias.
El hombre se fue. Daniela se sentó en la silla giratoria y recapacitó mientras se encendía un pitillo. Hizo un balance de su situación: se encontraba a treinta kilómetros de su hogar en una zona montañosa ocupada en su totalidad por fauna salvaje al comienzo de un bosque en una central eléctrica que llevaba varios años desocupada. Su turno de ocho horas se limitaría a anotar y comprobar las marcas de tensión que los generadores eléctricos agrupaban a diario cada hora y a mantener las baterías a punto.
Miró su reloj de pulsera. Las cuatro de la tarde.
Se levantó y comenzó su jornada. Tomó el cuaderno de anotaciones de la mesa principal y se acercó a los paneles. Anotó y volvió a su lugar para contrastarlos con los promedios estándar a los que se delimitaban.
Pasaron un par de horas, quizás tres. Daniela permanecía absorta en la televisión que descansaba en un armario metálico delante de la doble puerta que llevaba al hall. Echó un vistazo a los enormes ventanales que daban al exterior y comprobó que estaba comenzando a anochecer.
Volvió a levantarse para tomar las anotaciones de las siete de la tarde y decidió aprovechar para darse una ducha.
Se dirigió hacia el pasillo que llevaba a las taquillas. Abrió una al azar, ya que todas estaban vacías y depositó en su interior su reloj y algunas pertenencias. Luego se dirigió hacia el servicio.
Estaba provisto de dos lavabos, un w.c. y un pequeño habitáculo adosado a éste provisto para la ducha.
Necesitaba relajarse. El hombre tenía razón. La faena no suponía ningún esfuerzo, pero no se encontraba del todo tranquila. La zona en la que se hallaba no era precisamente tranquilizadora y encima se estaba haciendo de noche y… había comenzado a llover.
Un relámpago y su posterior respuesta sonora el trueno hicieron acto de presentación.
- ¡Vaya por Dios, lo que hacia falta!
Sabía que una tormenta podría resultar fatal para empeñar el trabajo que ocupaba. ¿Podrían pararse los generadores? ¿Podría caer un relámpago sobre los cables de conducción eléctrica?... ¿Qué posibilidades había?
Un segundo trueno retumbó dentro del servicio. Daniela se extrañó. No había ningún relámpago antecesor al trueno. Y esta vez había temblado el suelo.
Dirigió la mirada hacia el pequeño ventanal que había dentro del habitáculo y examinó el exterior.
Los gigantescos árboles se agitaban violentamente. Zarandeados con fuerza por el brutal vendaval. Otro trueno. Y un rugido atronador.
- ¿Qué demonios…?
Poco a poco los árboles más lejanos daban la impresión de abrir paso a algo. A algo muy grande. A algo muy grande y muy pesado.
Y Daniela no se equivocó.
La impresionante cabeza del tiranosaurio, con una hilera de dientes de medio metro apartó bruscamente la última barrera de árboles que le separaban de la central eléctrica.
- ¡Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores…!
El reptil, de seis metros de alto y quince de largo se irguió y contempló a su alrededor. El destino quiso que su mirada se centrara en aquella pequeña ventana, donde Daniela permanecía boquiabierta e inmóvil presa del terror.
Ahora comprendió que lo que había oído no eran truenos. Si no los golpes de impacto que las patas del reptil cometía al caminar de manera torpe e indecisa. Había cogido velocidad y se dirigía hacia la ventana rugiendo ensordecedoramente.
Daniela se apartó, vencida por la intuición y abandonó el habitáculo de la ducha cogiendo su ropa y vistiéndose aparatosamente. El impacto que el animal había provocado en el habitáculo bastó para que se fuera por completo el suministro de luz en toda la central.
Un nuevo rugido hizo temblar el cuerpo de Daniela. La cual se llevó las manos a la cabeza y gritó de desesperación.
Un silencio se sumió de repente. Y un zumbido que poco a poco se fue incrementando hizo que Daniela se aproximara de nuevo hacia el habitáculo. Observó cauta por el ventanal agrietado.
La lluvia había comenzado a entrar por las grietas y entre las gotas de agua comprobó que el tiranosaurio se alejaba por donde había venido, dirigiendo la mirada hacia el cielo nocturno.
Una estela ovoide de numerosos colores se aproximaba. Aquel zumbido había subido de nivel y parecía el sonido cómico que incluían en algunos dibujos animados para el despegue de las naves espaciales.
El objeto permaneció inmóvil un instante sobre la central y luego descendió.
Un sonido sordo se acentuó en el techo. Daniela fue corriendo hasta la sala principal, totalmente a oscuras salvo por la luz de la luna que llegaba desde los grandes ventanales. Escuchó. Posiblemente pasos.
Daniela pensó en un momento abandonar la central y coger su Corvette que permanecía aparcado en el exterior.
Fue su reacción. Anduvo decidida a abandonar aquel paraje y se plantó frente a la puerta que llevaba al pasillo de los paneles eléctricos adicionales. Tras esa puerta sólo tendría que correr por el extenso pasillo hasta la puerta de la calle.
Echó mano al manillar de la puerta y la abrió.
La presencia que apareció tras la puerta hizo que de lo más profundo de su ser emergiera un auténtico alarido que a punto estuvo de desencajarle la mandíbula.
La cabeza de aquel ser era dos o tres veces más grande que la de un ser humano, tal vez cuatro. Dos pequeñas rendijas oscuras hacían las veces de ojos, una alargada protuberancia la nariz y una casi inexistente franja horizontal la boca. El largo y descuidado cabello le llegaba hasta los hombros. No pudo ver más, pues la iluminación no daba para mucho, pero tampoco Daniela quería ver más.
Cerró la puerta de un portazo tal que tras la puerta se escuchó un sonoro zumbido de mosquito. Seguramente provocado por el ser.
Buscó alguna salida alternativa.
¿Cómo pudo haberla olvidado?
Accedió sin perder tiempo hacia la doble puerta que llevaba al hall. Una vez allí se dio de lleno contra dos sillones que alguno de los antiguos trabajadores habría dejado allí en su último día. Sonrió enloquecida al encontrar la puerta de cristal que daba a la salida.
Abrió la puerta y corrió hacia su derecha hasta bordear el “jardín eléctrico” de torretas y dar con la verja principal. Dio una patada a la misma y ésta se abrió.
Corrió hasta el vehículo pero se detuvo un instante. ¿Había visto lo que realmente había visto? ¿O lo había imaginado?
Bajando la cuesta del monte, en dirección a ella, una docena de personajes enfurecidos corrían como si estuvieran poseídos. Daniela sabía que las intenciones de aquella gente no era la de reunirse para jugar una partida de Twister precisamente. Sacó las llaves del Corvette y abrió la puerta del conductor. Se acomodó y miró por el retrovisor.
Se iban aproximando. Sus expresiones no eran amistosas, tampoco reconfortantes, y menos… humanas.
Daniela arrancó el vehículo y dio marcha atrás con toda sus fuerzas.
El impacto fue brutal, media docena de seres fueron impulsados pasando por encima del Corvette y aterrizando desmembrados sobre el suelo mojado por la lluvia. Cuando vio que el resto se apartaba cambió la marcha y abandonó aquel maldito lugar.
Unos días más tarde, una carta del hombre que le había informado sobre el puesto de trabajo llegó a sus manos:
“Querida señorita.
Espero que su corta labor en su puesto haya sido de su agrado.
La semana que viene recibirá su remuneración.
Que pase una buena semana.
Saludos cordiales”