Ver la versión completa : REPTIL
James Stewart
12/04/2007, 07:22
Ni siquiera el pulido cuerpo de aquella Fender Stratocarter brillaba tanto bajo los focos como los blancos dientes de Carlos Reptil Santos. Su oscura piel palidecía en comparación con su negro y engominado pelo, peinado al mas puro estilo Jimmy Dean. Solía vestir chaquetas que no pasarían desapercibidas ni en un casino de Las Vegas, pero su increible habilidad con la guitarra, compensaba con creces su pésimo gusto vistiendo. La música fluía a través de él con la misma naturalidad que el agua acaricia el lecho del río. Un discreto tatuaje decoraba su antebrazo rezando una frase que ni sus peores enemigos pudieron nunca discutirle: Nacido para hacer música.
Su ritmo era contagioso y a menudo me costaba seguirle con la batería, incluso mas de una vez me sorprendí a mi mismo mirandole tras la chaqueta casi esperando que realmente le saliese un largo rabo verde que confirmse su apodo, Reptil, que se había ganado por su forma de moverse en el escenario. Incluso, después de todo lo que pasó en aquellos dos años de gira juntos, debo reconocer que jamás he vuelto a hacer música comparable a cuando compartí tablas con Carlos Reptil Santos. Pero aúnque hayan pasdo treinta años desde entonces, mi admiración como músico hacia él no consigue superponerse al terror que siento con tan sólo escuchar su nombre. Su rostro ya tan sólo permanece en mi memoría, ya que he que todas las fotos que tenía se quemarón junto a mi maleta en aquel terrible incendio. Sólo en una vieja grabacion en cinta de magnetofón consigo reconocer mi ya perdida energía con la batería acompañando a Santos y entonces, un coktel de escalofríos de miedo y emoción recorren todo mi cuerpo y hacen correr las lágrimas por mis arrugadas mejillas.
Hace mucho frío en esta habitación del asilo y la enfermera se empeña en abrir la ventana resintiendo mis ya gastados huesos. Me duele la mano de sostener el boligrafo sobre este arrugado block, peró aún así creo que ha llegado el momento de dejar testimonio de lo que me ocurrió en aquella gira en la que conocí a Carlos Reptil Santos. En la que conocí el verdadero infierno.
CONTINUARÁ
Desde la trágica muerte de Smoke, el antiguo lider del grupo, La Incorporea Blues Band no había vuelto a reunirse. Fue un duro golpe para todos; como músico y como amigo. Smoke era el genio del grupo y nos había conducido a todos a través de su talento hasta conseguir grabar nuestro primer disco después de muchos años bajo los focos de lo peores bares de la ciudad.
Escuchar nuestros temas en la radio o ver a jovenes luciendo nuestras camisetas no habian conseguido concienciarnos tanto de nuestra fama como el día en que vimos por primera vez el Incorporeo Bus. Recuerdo ese día con absoluta claridad, era una mañana soleada y Smoke nos reunió en la puerta del hotel para darnos la sopresa. Cuando bajó de aquel flamante autobus, con su radiante sonrisa, pronunció una frase que nunca olvidaré:
Dejad de babear, capullos. Os prometí que lo conseguiriamos y esto es sólo el principio.
Era un tipo increible, pero lamentablemente estaba equivocado en una cosa: si aquello era el principio, iba a protagonizar la road movie mas corta de la historia.
Smoke siempre decía que no es bueno colgarse de un sueño, por lo que en cuanto reunió el dinero suficiente, lo gastó todo en comprar un viejo Cadillac negro con un dibujo del Correcaminos sobre el capó. Ese Cadillac demostró ser un coche rapídisimo, ya que en apenas dos días consiguió recorrer en un suspiro toda la vida que le quedaba al bueno de Smoke, aunque esa historia os la contaré en otra ocasión.
Dos años después del accidente yo estaba completamente cautivado por el color rojo y negro de las mesas del casino. Había perdido mucho mas de lo que tenía y seguía apostando fuerte. Debía dinero a muchisima gente y mi vida valía tan poco que no me la habrían cambiado ni por una ficha del casino. Por lo que mentiría si no reconociese que aquella llamada telefónica salvó mi vida. Tarde unos segundos en reconocer la voz de nuestro antiguo representante cuando. con voz alegre y energica. me dijo tan solo una frase:
El Incorporeo Bus ha encontrado un nuevo piloto.
CONTINUARÁ.
La figura imponente de Reptil Santos se recortó sobre la luna al bajar del viejo Ford que, por lo visto, nuestro representante se negaba a jubilar. Su aspecto recordaba bastante al de Johnny Deep en la película Miedo y Asco en Las Vegas, pero algo en su mirada le confería tanta seguridad en si mismo que hacía que nadie se atreviera a calificarlo de mamarracho, lo que demostraba, que con la actitud adecuada, uno podía ponerse un gallo por sombrero y ser el más elegante de la fiesta.
Tras haber hipotecado hasta el traje de comunión para comprar el billete a Madrid y debiendo todo ese dinero a toda esa gente, no me costó ver a Reptil como un angel salvador que me rescataría de toda la mierda que ya empezaba a llegarme mas arriba que las patillas. Lamentablemente para mi, en el trayecto en taxi desde el aeropuerto hasta el hotel empecé a sentir la llamada de la ruleta y en esta ciudad todavía no me habían incluido en las libretas negras. Estaba desdeando cobrar mi primer sueldo para volver a perderme en el abismo de tapete verde.
No toda al Incorporea Blues Band había acudido a la llamada del representante. Al parecer, el antiguo contrabajista había perdido la batalla contra la bebida y una cirrosis en Fa menor había acabado con su vida un año antes. En sustitución habían fichado por Lucía, una atractiva joven, de origen árabe, que si bien rompía con la estética varonil de la banda, con el contrabajo conseguia elevarnos mas arriba de lo que habiamos estado nunca.
Carlos Reptil Santos se presentó uno a uno con un vigoroso apreton de manos mientra nuestro representante lucía una amplia sonrisa de satisfacción al observar nuestra inmediata aprovación. Cuando terminaron las presentaciones nos citamos para la mañana siguiente en un estudio que habían alquilado para todo el més. Teniamos mucho trabajo por delante: grabar unos temas para la promoción, sesión de fotos con Reptil y quince días de ensayo para repasar los viejos temas. La maquina empezaba a desempolvarse.
Justo antes de despedirnos en la puerta del hotel, Santos se paró y nos dijo con una amplia sonrisa:
Espero que esteis preparados para mis notas imposibles.
Mientras todos sonreian con la broma nadie reparó en mi expresión de sorpresa; mi corazón se paró por un segundo ante un hecho que el resto de la banda desconocía: la noche de su muerte, Smoke me comentó en el camerino que había soñado con notas imposibles.
CONTINUARÁ.
Curiosamente, en mi largo viaje por el mundo del juego, nunca había empeñado la batería. Me había visto obligado a desprenderme de mis más valiosos tesoros, entre ellos una magnifica familia, pero nunca me atreví a deshacerme de mi instrumento, eso hubiera sido como encayar en una isla desierta y quemar todas las naves. En cierta ocasión, en una partida de poker en un local clandestino de la familia Turco, aposte la batería en una mano, pero debo de reconocer que con cuatro sietes me hubiera apostado hasta a mi padre. Afortunadamente gané la mano, aunque la noche terminó mal y gané además varios enemigos. De manera que mi batería y yo, mas viejos y cansados, estabamos de nuevo listos para los focos.
Aquella primera mañana de ensayo, Reptil Santos llegó tarde aunque radiante. Traía una vieja funda de cuero blanco con una inscripción que decía: “Guardo un cadaver aquí”, aunque en lugar de un cadaver, de aquella funda salió una magnifica Fender Stratocaster de color rojo fuego. La enchufó de forma distraida, se acercó al microfono y tan sólo dijo cinco palabras:
Un, Dos, Un, Dos Tres....
La música fluyó con una increible naturalidad. Conocía a la perfeción todos los temas e impría a las canciones un estilo propio con la guitarra demostrando un intachable buen gusto. Pero cuando empezó a cantar fue cuando realmente supimos que el Incorporeo Bus recorrería muchas millas de carretera. Su voz era calida y su ejecución impecable. Tenía un leve vibrator caracteristico de las viejas grabaciones en disco de pizarra. Era perfecto; pero como solía decir mi difunto abuelo dentro de su sabiduría popular: sólo los barcos de papel carecen de imperfecciones.
Tras un ensayo perfecto ya había olvidado la pequeña anecdota de las notas imposibles. Santos era un tipo bastante agradable y me apetecía mucho volver a la dura y, a menudo desgradecida, vida de los músicos. Empezaba a ver la luz al final del laberinto de crupiers. Pero esa misma noche una nube de duda empezó a sobrevolar sobre mi cabeza. Una nube que me acompañaría hasta el final de la gira. Una nube que se creó aquella misma noche cuando, por primera vez, le pregunte a Carlos Reptil Santos por su pasado....
CONTINUARÁ
Genial tio.
Espero leerte mas por aquí.
James Stewart
13/04/2007, 07:47
Gracias, tío.
Me alegro de que te guste.
James Stewart
13/04/2007, 07:48
Todo músico con un mínimo de calidad va dejando un rastro de acordes por todas las ciudades por las que pasa. Acordes que quedan grabados entre las paredes de los locales en las que vuelcan su música y que después, teniendo algunos contactos, es facilísimo seguir la pista. Por lógica, un tipo como Reptil Santos debería dejar un rastro que seguiría hasta un ciego, pero en cuanto empezó su historia noté que las piezas no encajaban.
La cena giró en torno a él. Era un divertido, ingenioso y, a todas luces, inteligente. Bromeaba y parloteaba todo el tiempo mientras fumaba una marca de cigarrillos que no había visto en mi vida. Vestía una chaqueta blanca con sutiles lentejuelas, (dentro de lo sutil que puede llegar a ser una lentejuela). Tres veces lo había visto y vistió una chaqueta distinta en cada ocasión. Las chaquetas aparentaban ser carísimas aunque no conseguí ver la marca de ninguna de ellas. Probablemente se las hicieran a medida ya que ningún diseñador en su sano juicio se atrevería a acercarse tanto a la línea que separa lo retro de lo hortera.
Si una cosa he aprendido en mis años como batería es que todos los buenos guitarristas suelen tener el culo inquieto. Suelen tocar en varias bandas a la vez intentando encontrar el camino correcto, que, en la mayoría de los casos suele terminar en el Jazz. Por eso me extraño que el curriculum de Carlos Santos ocupase tan sólo dos palabras: Reptil Jazz. Un nombre con mucho gancho para una banda. Santos se declaró autodidacta y nos contó que toda su experiencia se limitaba a ese grupo que había llenados los mejores locales de Jazz de Barecelona. Decía que su timidez le había impedido ampliar horizontes musicales, pero a la vista saltaba que, si había algo que Santos no era, eso era ser tímido.
En una ocasión, durante la cena, salió el tema de Smoke y la conversación se apago durate un instante. Todos le echabamos de menos y a la vista saltaba que eso incomodaba a Santos. Durante una décima de segunto pude notar la ira en su mirada, pero pasada esa décima, su sonrisa regresó y cambió de tema con mucha sutileza. Había algo en ese chico que no me gustaba y, de hecho, nunca llegó a gustarme, ni siquiera cuando dos semanas después de aquella cena, Carlos Reptil Santos salvó mi vida.
CONTINUARÁ
Mirando atrás en el tiempo puedo distingir perfectamente dos etapas diferenciadas en mi epoca de jugador. Dos etapas que ciclicamente se fueron repitiendo a lo largo de mi vida, hasta hoy.
La primera etapa fué cuando yo era un jugador respetable, dentro del respeto que se merece un hombre que se gastá el sueldo de un mes en una noche, mientras su hijo duerme con un remendado pijama que había conocido colores muchos mas vivos en la época del payaso de Micolor. En aquella época todavía jugaba en casinos, aunque no en la parte de los casinos que está abierta a público común, sino en una red de salas vip donde se juega muchísimo mas dinero del que cabe en una cuenta corriente. Cualquiera habría pensado que yo era un hombre rico, pero mi extraña ludopatía me impedía gastar ni un centavo más del que ganaba con mi escualida nómina como músico de orquesta. Mas de una vez se dió la paradójica situación de tener algunos millones guardados en una maleta y aun así volver a mi triste piso con mi esposa y mi hijo a cenar sopa de sobre en mantel de franela. Tenía una estupida regla inquebrantable: el dinero del juego solo era para el juego.
Esta lamentable filosofía de vida no tardó en llevarme a a segunda etapa de mi ludopatía: la decadencia. Como era de suponer mi mujer me abandonó, llevandose a nuestro hijo y la maleta llena de dinero, que por desgracia para mí, encontró en el maletero del coche mientras intentaba cambiar una rueda pinchada. Un pinchazo que me costo varios millones y una familia; ese día aprendí la importancia de utilizar unos buenos neumáticos. Desde ahí todo empezó a ir cuesta abajo y la muerte de Smoke no hizo más que profundizar unos metros más el abismo que crecía bajo mis pies.
Los días de casino terminaron pero no la implacable llamada del naipe. Tenía que seguir jugando hasta que algún as de picas me sirviera como lapida en mi entierro. Así que empecé a frecuentar locales más clandestinos y peligrosos, con gente más clandestina y peligrosa. Pero lo más curioso de todo es que, aunque el juego esta acabando con mi vida, jamás dejé de respetarlo. En cierta ocasión, en una de las míticas partidas en casa de la familia Turco, perdí una gran cantidad de dinero y deje una deuda con un chico jovén que me soprendió con un trío de damas. Me retiré de la partida y los dejé jugando dando mi palabra a aquel joven de que al día siguiente liquidaría la deuda. Lamentablemente para el chico, aquella noche la partida se le complicó y acabó con una bala en la frente y un amanecer entre las gaviotas del vertedero. Eso daba por liquidada mi deuda al momento, pero aún así, busque a su madre y le introduje el dinero en el buzón de su casa. Pero no os dejeis engañar, nada de eso tenía nada que ver con la honradez, ya que no se encuentra entre mis pocas virtudes, sino que lo hice por el juego. Yo amaba el juego y lo amaba tal y como era: con victorias y derrotas. Pagar mi deuda era una parte del juego, y, en cierta forma, disfrutaba haciendolo. Romper las reglas habría roto todo el encanto. Y así, acomulando deudas que profundizaban cada vez más mi tumba, llegué hasta el día que volví a los escenarios y conocía a Reptil Santos.
En mi precipitada marcha de la ciudad había dejado tras de mí un buen puñado de números rojos, pero la única deuda que me preocupaba era la que tenía con los Turco. Confiaba en perderles la pista, pero no hace falta ser Boy Scout para saber que la mejor forma de esconderse no es subirse a un escenario con miles de vatios de luz, de manera que en apenas dos semanas sucedió lo único que podía suceder: los Turco me encontraron.
CONTINUARÁ.
Tengo ganas de leer la continuación. :)
James Stewart
16/04/2007, 07:17
En aquella ocasión el Incorporeo Bus nos había llevado hasta una pequeña ciudad para participar en la primera edición del Triturando Rithm & Blues Festival. Habiamos ofrecido bastante espectaculo aquella noche, incluso teniendo en cuenta que mi mente estaba viajando lejos del escenario dando vueltas alrededor de la redonda y brillante bola del casino. Un casino recien inaugurado en aquella ciudad y al que pensaba ir nada mas terminar el concierto, con un puñado de billetes en el bolsillo y una poco convincente promesa a mi mismo de saber retirarme a tiempo.
Tras excusarme ante resto de la banda con una inverosimil excusa sobre mi salud, abandoné el local y me dirigí un descampado cercano donde dormía fíel el Incorporeo Bus. Con el portaequipajes abierto y arropado por la noche empecé a cambiarme de ropa y entonces todo empezó a suceder a toda velocidad. Yo estaba sentado cambiandome los zapatos cuando distinguí dos siluetas que se acercaban al bus con el paso tranquilo típico de la gente que no se dirige a ninguna parte. Cuando estuvieron frente a mí las siluetas se desvalaron como dos hombres; uno era alto, joven y delgado y por su rostro se le notaba que estaba bastante nerviosos, el otro, sin embargo era la serenidad en persona, debía tener unos cuarenta y muchos años, era bajito y fornido y su cara me resultó familiar nada mas verla. Empecé a buscar en mi cabeza datos sobre aquel tipo y conseguí situarlo justo un segundo antes de que la puerta de equipajes del Incorporeo Bus aplastara mi mano derecha de un portazo; era uno de los guardaespaldas de Toni Turco.
Un aguila sosteniendo un casco militar asomó, en forma de tatuaje, por el antebrazo del mayor de los dos tipos en el momento que, a gran velocidad, empujaba la puerta del portaequipaje. Me pareció escuchar el crujir de mis huesos justo antes de que el mas joven perdiera el control por completo y empezará a golpearme sin parar. No era la primera vez que me daban una paliza pero en aquella ocasión tuve la certeza de que está sería la ultima y para confirmar mis sospechas, el tipo mas sereno sacó una brillante y anticuada navaja automática.
Incluso desde mi posición de victima no pude mas que admirar la profesionalidad de aquel matón, posiblemente ex-militar,con todo lo que sucedió a continuación.
Como si hubiera aparecido de la nada, Reptil Santos se dibujó detrás del más joven y ,con unos movimientos increiblemente rápidos, golpeo al chico hasta que consiguió que le fallaran las rodillas y callera al suelo. Pero la mente del otro hombre demostró que no era la primera vez que se veía en un situación similar y, si bien tenía la desventaja del factor sorpresa, no pensaba dejarle a Santos el beneficio de la iniciativa. De manera que antes de que Reptil Santos diese el segundo puñetazo al jovén, el otro ya le había clavado su navaja en el costado. No obstante Santos no titubeó y con una habilidoso movimiento de brazo le arrebató la navaja y a la vez que le partía la nariz. Todo un espectaculo de pelicula de clase B.
Con mis lágrimas de dolor como marco, me sorprendió la imagen de ambos tipos huyendo sin decir palabra. Supongo que para sobrevivir en ciertos ambientes hay que aprender a tirar la toalla en el momento preciso; una lección que tenían mas que aprendida y quedaba por encima del orgullo.Pero mucho mas me extraño comprobar que Santos no había dejado de sonreir en todo momento.
Mi mano estaba realmente mal; estaba morada y varios dedos hacían figuras imposibles. El dolor era insoportable. Me sorprendí pensando en como sería tocar la batería con una sola mano. Entonces sucedió algo sorprendente. Sin dejar de sonreir, Santos cogió mi mano y con un ligero masage consiguió que los dedos recuperasen su forma habitual y, en menos de un minuto, la mano recuperó su sonrojado color. Sonriendo me brindó una complicada explicación sobre huesos discolados que presionanban las venas., o algo parecido. Sonaba convincente y más para un absoluto profando en medicina como yo, así que acepté la explicación sin pensar demasiado.
Un poquito más le costó explicar como, tras retirar su camisa, en su moreno costado tan sólo había un ligero arañazo: “Siempre tuve buenos reflejos”, bromeó y dió por zanjada la conversación.
Cuando conseguí levantarme, una única palabra mía dijo más que cualquier conversación: Volveran.
Carlos Reptil Santos no respondió pero su sonrisa se amplió enormemente; realmente, aquel hijo puta disfrutaba con aquello...
CONTINUARÁ
El licor calentaba agradablemete las paredes de mi aún temblorosa garganta. Mi excursión a las verdes praderas del black jack quedaría pospuesta por esta noche; demasiadas emociones para un sólo día. Una lampara casi a ras de mesa creaba una burbuja de luz que nos aislaba a Santos y a mí del resto del oscuro bar, y confería a lo sucedido en el descampado, un cierto aire de simple anecdota para contar a los nietos. Reptil Santos estaba recostado en el sillon con sus botas de piel de serpiente (no podían ser de otra forma) apoyadas sobre la mesa y fumaba una marca de cigarrillos que no había visto en mi vida. Entonces empecé a contarle todo lo sucedido, pero a diferencia de cualquier persona normal, a Santos se le notaba que la historia le aburría soberanamente; como si la hubiera escuchado un millón de veces. Eso me hizo pensar que, si realmente estudió en el conservatorío, le debieron enseñar algo más que fusas y semifusas. Pero a decir verdad costaba mucho imaginarse a Santos estudiando partituras, es más, tenía todo el aspecto de un tipo que ha nacido con las botas puestas.
Con mucho más miedo del que debería tener una persona que comparte una botella con un amigo, le pregunté tímidamente donde había aprendido a pelear así y fué entonces cuando,por primera vez en toda la noche, Santos dejó de sonreir. Se echo hacía adelante como para susurrarme un secreto, como un par de piratas que reclutan marineros en el puerto. Su rostro estaba tan serio que creí que me hiba a mear encima y entonces dijo una única frase:
No siempre fuí mÚsico – e inmediatamente, para conferirle aspecto de broma, añadió – pero si te contara mi secreto, tendría que matarte.
Y una forzada sonrísa mía acompaño a la suya, que si bien era amplia, no estaba acompañada por sus ojos. Para terminar con la conversación, gritó alegremente:
Tomemos un trago, la noche es joven.
Y para mí, la noche fué joven hasta que llegó el alba, ya que no conseguí pegar ojo.
Tumbado en la habitación de aquel hostal barato empecé a pensar en mi mayor problema en esos momentos: los Turco.
A diferencia de lo que se podría pensar a primera vista, Toni Turco no tenía absolutamente nada de turco. Si es cierto que había pasado algunos años en Turquía, pero desde donde él estaba tan sólo pudo conocer una porción de cielo turco a través de unos barrotes. Le habían pillado en la frontera con un montón de hachis y eso le había costado cuatro años en una prisión de mierda, una hepatitis del tipo A y un apodo que le duraría toda la vida. Hay que ser de una pasta bastante dura para sobrevivir en aquellas cárceles, por lo que, cuando volvió a España, creó su imperio en un tiempo record. Lo malo para mi situación es que Toni Turco era un cabrón de mucho cuidado, lo único bueno es que era un hombre de negocios. Si le pagaba la deuda y una ligera compensación por el incidente con sus chicos, seguro que olvidaba el tema y se olvidaba de mí. Ahora solo tenía que conseguir el dinero, y muchos golpes de bombo tendría que dar para conseguir tanta pasta. Sólo conocía otra forma de conseguirlo, el destino volvía a empujarme hacia las mesas.
A primera hora de la mañana siguiente Santos fué el primero en llegar al Incorporeo Bus. Estaba tan fresco como una rosa; fuera lo que fuera que tomase, sería capaz de resucitar a un dinosaurio. Como único equipaje llevaba siempre una maleta de piel burdeos que jamás conseguí ver abierta, aunque con una maleta tan pequeña supuse que la taquilla de Santos en el Incorporeo Bus debería estaría a rebosar de chaquetas y botas. Cuando me escucho entrar cerró su maleta atropelladamente y un papel salío volando y calló al suelo junto a su guitarra, aunque el no reparó en ese detalle. No tardé en quedarme sólo y distraidamente levante aquel papel y no me extraño tanto como debería descubrir que realmente aquel papel era un recorte de prensa; un titular que rezaba en punteada letra negra: Smoke, joven promesa de la música, muere en accidente de tráfico.
CONTINUARÁ.
James Stewart
17/04/2007, 07:19
Lucía y su contrabajo formaban la una pareja irresistible. Delicada pero firmemente acariciaba las gruesas cuerdas del instrumento con una técnica y precisión impecable. Gran parte de su atractivo físico tenía que agradecerselo al mestizaje; padre legionario español y madre enfermera arabe de un hospital de Melilla, fruto de un noviazgo que duró el tiempo que su padre tardó en colgar sus insignificantes ganoles. De manera que la pequeña Lucía creció a solas con su madre y se hizo fuerte con una enfermedad que le acosó durante toda su vida: nació con demasiada música dentro.
El Incorporeo Bus navegaba viento en popa y conquistaba cada ciudad en la que actuabamos, pero aún así no terminabamos de dar el gran salto. El nombre del grupo empezaba a sonar pero tan sólo en los círculos entendidos en música. Pero aún fallaba la parte mas oscura y triste de la música: el bussines.
Teniamos que darnos a conocer. La Incorporeo Blues Band había nacido para algo mas que aquellas interminables lineas intermitentes de la carretera. Yo ansiaba la riqueza más que nadie, ya que no conseguía sacarme de la cabeza mi deuda con los Turco. Y entonces, cuando el desanimo empezaba a hacer mella incluso en nuestra música, nuestro representante nos trajo un rayo de experanza; nos había inscrito a la I Batalla de Bandas Jack Daniels. Un festival que prometía la fama para el ganador con el ingenioso eslogan: “El tito Jacky puede hacer realidad tus sueños”. El Dorado llegaba en forma de tablas de escenario.
La calidad de los grupos participantes era excelente y, el hecho de que nos tocara tocar en último lugar, no hizo más que aumentar nuestro nerviosismo. Nos jugabamos mucho y teniamos treinta minutos para demostrar lo que valiamos. Tan sólo Reptil Santos estaba tranquilo y cuando alguien le preguntó si nunca se ponía nervioso, Santos tan sólo se remango y mostró sonriente su famosos tatuaje: Nacido para hacer música. Ese tipo debía de tener hielo en las venas.
Ya subidos en el escenario la acutación marchaba bien, pero no tan impresionante como para superar al resto de las bandas. Todos reparamos en ese detalla y eso tan sólo consiguió que progresivamente nuestra música fuera perdiendo brillantez. Ya habiamos dado la oportunidad por perdida cuando, en la última canción, Santos nos sorprendió a todos diciendo:
Ahora vamos a estrenar un nuevo tema, lo he titulado: Notas imposibles.
Nos miramos atónitos, ninguno sabiamos de que demonios estaba hablando. Entonces empezó a tocar un ritmo estandar de rithm and blues que no tardamos en acompañar. Sonaba bien pero no tenía nada de particular y entonces empezó a suceder algo increible. Los dedos de Santos empezaron a adquirir una velocidad sorprendente, y las notas volaban a través de su guitarra. Era algo extraordinario, todos sabiamos que Reptil era un gran guitarrista, pero de repente algo empezó a extrañarme. Las notas corrían a mil revoluciones y nunca se solapaban, era un sonido indescriptible, en mi vida había escuchado nada parecido. Sonaba genial, pero sobre todo, sonaba imposible. Yo estaba fascinado y no pude contener una sonrisa de satisfacción. Pero mi sonrisa se quebró por completo cuando mis ojos se posaron en el rostro de Lucía. Ella no sonreía en absoluto y tenía un grave expresión de preocupación. Enseguida comprendí a que se debía su asombro: Lucía conocía perfectamente las limitaciones de un instrumento de cuerda.
Todavía estaba aplaudiendo el público cuando Lucía abandono el escenario a toda prisa. Estaba totalmente pálida. Discretamente fuí detrás de ella y la alcancé en la puerta del teatro. Cuando me vió tan sólo dijo una cosa:
Me largo de aquí.
Cuando la ví alejarse en el taxí pensé que realmente no volvería a verla nunca, pero estaba totalmente equivocado, ya que al parecer entre las muchas virtudes de Carlos Reptil Santos estaba el don de la convicción...
CONTINUARA
Mis ojos se rindieron vencidos por la luz de la mañana y el humo acomulado durante toda la noche en aquel casino. El minúsculo sentimiento de culpa quedaba enterrado por los ríos de licor que corrieron tras el concierto de la noche anterior, en la que, un trofeo en forma de saxofón, había servido de copa para todos los componentes del grupo.
Trás la increible actuación de Reptil Santos, para ninguno de nosotros fué una sorpresa la victoria de aquella noche, incluso en un alarde de prepotencia, inducida por el burbon, nuestro representante quemó sobre la mesa la agenda que teníamos prevista hasta entonces y grito alegremente:
Nuestros días de berbena han terminado.
Al parecer, únicamente yo noté la ausencia de Lucía en aquella celebración en la que Santos fué, como siempre, el alma de la fiesta. Le encantaba ser el centro de atención e irradiaba tal magnetismo, que a veces, literalmente le costaba a uno dejar de mirarlo. Bebí con ellos hasta que sentí la irremediable llamada de los dados y me fuí a esperar al sol en una mesa del casino.
La suerte me había acompañado aquella noche de manera increible. En un momento de la noche había conseguido tener frente a mi, junto a mi gyntonic, un par de millones, dinero suficiente para pagar mi deuda con los Turco y resarcirle por el pequeño incidente con sus chicos. Pero, el miso no-saber-parar-a-tiempo que me había llevado a mi situación con los Tuco, hizo que aquella noche tan sólo me llevase un par de cientos de miles. De todos modos me sentía optimista. El Incorporeo Bus empezaría pronto a navegar por los lucrativos mares de la fama. Había llegado nuestro momento.
No había pensado en Lucía desde que la ví alejarse en aquel taxi. Me gustaba esa chica, era decidida e inteligente y pensé que la llamaría al hotel en cuanto descansase un poco. A la luz de la mañana la actuación de Santos se veía lejana y me sorprendí pensando que Lucía había reaccionado de forma exagerada. Al fin y al cabo Reptil Santos era un gran guitarrista, no era de extrañar que tocase de aquella manera. Pero fué llegando al Incorporeo Bus cuando empecé a escuchar aquel sonido inconfundible: el sonido de la pasión. No era la primera vez que alguien utilizaba el bus para llevarse algún romance de una noche, así que tendría que acostarme en el hotel sin cambiarme de ropa, nada nuevo para mi. Pero justo cuando me iba, una mano se posó por dentro de los cristales del autobus y tarde menos de un segundo en reconcer la pulsera con una cascabel que solía llevar Lucía, y debo reconcer que no me soprendió nada ver que el siguiente brazo que apareció acariciando aquella mano llevaba tatuado la frase Nacido para hacer música.
Pero mi sorpresa al descubrir que Lucía se había dejado seducir por Santos no fue nada comparada con lo que encontré cuando volví a mi habitación....
CONTINUARA
Mi abuelo tenía una furgoneta tan vieja que al verla no te hubiera extrañado ver a un señor en la parte trasera con una gorra a rallas echando paladas de carbón a una caldera. De niño me encantaba ir detrás cuando mi abuelo y mi padre iban los domingos a comprar al mercado. En cierta ocasión el portón trasero se rompió y la puerta no conseguía cerrar. Esto suscitó una discusión entre mi abuelo y mi padre sobre si arreglarla o no. Entonces mi abuelo dijo:
¿Para que arreglarla?, ningún ladrón sería tan estúpido para buscar cosas de valor en semejante cacharro.
La discusión se acaloró tanto que mi abuelo, testarudo hasta la tumba, quisó desmostrar que tenía razón y para eso cogió todo el dinero que llevaba encima, que no era poco, lo extendió dentro de la parte trasera de la furgoneta y dejó la puerta entreabierta. Nos fuimos a comprar y durante todo el día mi padre y yo estuvimos nerviosos por el dinero, sin embargo mi abuelo no mostro ni un sólo gestó de preocupación, supongo que se lo contuvo, pero mucho mas le tuvo que costar contener la sonrisa cuando al volver a la noche el dinero seguía tal y como el lo había dejado. De vuelta a casa me fuí totalmente convencido de que había aprendido una lección.
A la semana siguiente volvimos al mercado y, queriendo emular a mi abuelo, lo imité dejando mi camión de juguete favorito tal y como había hecho mi abuelo la semana anterior. Cual fué mi sorpresa cuando por la noche el camión había desaparecido. Y fué entonces, y sólo entonces, cuando estuve seguro de haber aprendido la lección, de hecho, fueron dos lecciones las que aprendí: 1º Nunca des nada por sentado cuando apuestes cosas que quieres y 2º nunca subestimes la estupidez de un ladrón.
Esta última lección fué lo primero que me vino a la cabeza cuando al volver aquel día al hotel y girar el pomo del puerta de la habitación, noté cierta resistencia en el suelo. La puerta, al ser abierta, arrastro una lampara y la mesilla de noche que la sostenía; la habitación estaba totalmente desordenada. Mi maleta estaba abierta sobre la cama totalmente deshecha y toda la ropa estaba esparcida por el suelo, la mesilla de noche estaba volcada y el cajón, que nunca había contenido nada, había salido disparado a varios metros. Burlonas, las puertas del armario empotrado mostraban las desnudas perchas que colgaban indiferentes ante tanto vacío.
Tan rápido como mi mente pensó en la familia Turco descartó la posibilidad. La cantidad que yo le debía era una cifra insignificante en el dilatado libro de deudas de la familia. El principal motivo para cobrarme la deuda era para mantener su reputación y la piedra angular de cualquier familia: con los Turco no se juega. Robarme de aquella manera no les habría servido de nada. De modo que, si no era obra de los Turco, ¿quien sería tan estúpido para pensar que yo tendría algo de valor?.
Un rápido vistazo me sirivió para comprobar que no me faltaba nada y justo cuando empecé a recoger las cosas algo me vino a la cabeza y me hizo temblar las piernas: si al entrar arrastré la mesilla y la lampara, eso significaba que nadie había salido por aquella puerta y la ventana estaba en un septimo piso. Me entró el pánico y casi sentí como alguíen me agarraba el tobillo desde debajo de la cama, pero evidentemente fué mi imaginación, ya que, cuando reuní el valor suficiente para mirar debajo, allí no había absolutamente nadie. Me asomé a la ventana, mi preocupación creció cuando comprobé que el balcón mas cercano estaba a mas de cinco metros. Era imposible que alguien hubiera entrado por allí.
Sin creerme demasiado sobre el hecho de haber arrastrado la mesilla al entrar, la policía dictamino la inverosomil hipotesis de que algún pájaro grande, quizás un cernicalo, había entrado por la ventana y había revueto mi maleta, que posiblemente estuviera abierta, y en su salida habría volcado la mesilla. De manera que cansado de escuchar rídiculas explicaciones y restandole importancía al hecho de que las puertas del amario estuvieran abiertas, decidí dar por olvidado el asunto. Quizás la teoría del pájaro cabron que se había probado mi ropa no era tan descabellada y era yo el que me estaba volviendo un paranoico. De modo que, cansado, rellene la denuncia dejando en blanco la casilla donde decía: Objeto que ha hechado en falta. Estaba convencido de que no me habían robado nada, pero fué varios meses después, cuando mas lo necesité, donde reparé en que realmente algo había desaparecido de mi maleta aquella noche.
CONTINUARA.
Las ruedas del Incorporeo bus devoraban kilómetros y kilómetros de asfalto con un orgulloso brillo que empezaba a resultar familiar en la retina del público. Pequeños, aunque entusiastas, grupos de admiradores esperaban impacientes para ver a Carlos Reptil Santos, que se movía entre los aplausos con una naturalidad sorprendente. Un horizonte invisible se sentía cada vez mas cercano mostrandonos el destino claro que debíamos seguir, la ruta hacía la fama, nuestro jodido El Dorado: la televisión.
En aquella época salir en televisión era poco más que aparecer en el cuadro de la Sagrada Cena compartiendo un canuto de marihuana con el mismísimo Jesucristo. Había que ser realmente bueno para conseguir ver plasmada tu rostro en celuloide y nosotros estabamos tan cerca, que casi lo podía golpear con mis baquetas.
Habían pasado ya algunos meses desde la primera vez que Lucía y Santos compartieron algo mas que corcheas y aún seguían tan entusiastas como el primer día. Todo el frío que se regalaban en el escenario, lo compensaban, con creces, en aquellas noches de autobús. Era una pareja extraña, pero si he aprendido algo en mi dilatada vida, es que todas las parejas lo son. Para nadie era un secreto que Santos culminaba muchas noches de concierto durmiendo entre los muslos de alguna admiradora, y puesto que a Lucía no parecía importarle, el buen ambiente reinaba siempre en aquella gira.
La aparación de las famosas notas imposible eran excasas y sutiles en nuestras actuaciones. Rápidas y perfectas como una mordedura de serpiente, aparecíaN tan sólo cuando algún concierto decaía en intensidad, haciendo un efecto inmediato de aplausos y euforía entre el público.
En una ocasión, una emisora de rádio local nos propuso grabar una de nuestras actuaciones para un conocido programa músical. Todos estabamos muy ilusionados con la idea. Un viejo microfono ambiental colgaba del techo aquella noche, y un enorme magnetofón memorizaba todas nuestras notas escondido tras el escenario. Fué un gran concierto, pero todos nos sentimos en parte desilusionados al comprobar que las notas imposibles se habían quedado guardadas en la Fender de Reptil Santos. Cuando Lucía le preguntó por el motivo, Santos, con su familiar sonrisa, respondió: Una nota imposible no puede ser escuchada dos veces. Y un guiño dió por zanjada la conversación.
Yo vívia toda la gira como espectador y protagonista al mismo tiempo, como un niño se mira al espejo con un traje de Superman. Sentía que la música me estaba recompensado por tantas horas que había pasado acariciandola con mis escobillas. Pero en mi horizonte particular, en primer plano, antes que la televisión, había una fecha que no me permitía dormir por las noches: el día que tendría que saldar mi deuda con los Turco.
Una pareja de damas me había regalado muchos ceros en una timba ilegal en un almacén del puerto de Barcelona, y eso, sumado a un desconocido autocontrol que me había permitido retirarme de las mesas de juego con saldo a mi favor en varías ocasiones, habían conseguido que mi maleta pesase el doble que cuando empecé la gira. Tenía dinero suficiente para saldar mi deudas y compensar molestias, precisamente aquella noche en que el Incorporeo bus descansaba en mi cuidad.
Un hombre que se pierde en unos dados es todo lo contrario a lo que podría llamarse un hombre de acción, pero la deseperación me había inyectado el valor suficiente para ir a visitar a los Turco. Si conseguía hablar con Toní Turco, tenía bastante posibilidades de llegar a un acuero. Al fin y al cabo era un hombre de negocios, y la primera lección que aprende todo hombre de negocios es que, incluso el orgullo tiene un precio. El único problema era saber si dentro de mi maleta había suficientes ceros como para comprar aquel orgullo. Sólo había una forma de averiguarlo. Por la mañana había alquilado un coche y temblando había hecho una llamada telefónica a uno de los prestamista de los Turco. Le había avisado de mi llegada a la ciudad y de la visita que pensaba realizar por la noche a la mansión de la familia. Mis testículos se escondieron cuando el prestamista, muy solemne, me contesto: Debes de estar jodidamente loco para atreverte a volver aquí. Y precisamente jodídamente loco me sentí todo durante todo el día mientras luchaba contra mi impulso de coger el primer tren que saliera para el polo norte.
Aquella noche fuí el peor batería de la historia, pero mi mente no conseguía seguir a mis flácidos brazos. En varías ocasiones Santos se volvió hacía mi con una mirada que habría fulminado a un elefante, pero, en aquella ocasión Santos era el menor de mis problemas. Tras el concierto, cogí la maleta y me monté en el coche que había alquilado. Mi mano temblaba al intentar entrar en la cerradura y justo en ese momento, creí que mi corazon saltaría de mi pecho contra el salpicadero de aquel roñoso Mitsubisi, cuando la jocosa voz de Santos habló desde el asiento trasero:
¿No pensarás meterte en un nido de arañas sin la compañía de un escorpión?....
CONTINUARA....
James Stewart
18/04/2007, 07:15
Era tan increiblemente facil imaginarse a Carlos Reptil Santos como un escorpión, que no me habría extrañado verle asomar un enorme aguijón por la espalda al mirar por el espejo retrovisor. Mi corazón latía a ritmo de doble bombo y la presencía de Santos no hizo más que traerme a la cabeza un hecho simple, que a lo largo de historia, todos los flamantes generales estrategas habían sabido a ciencia cierta: No te presentes a una tregua con la espada desenvainada. Santos podía tener pinta de cualquier cosa menos de bandera blanca, y la familía Turco debía de tener en aquella mansión hombres suficientes como para montar una jodida guerra civil.
Ni siquiera el mas brillante matemático habría sido capaz de resolver aquella intrigante ecucación que podía marcar toda la diferencia: yo, mas Santos, mas Toni Turco, igual a: ¿positivo o negativo?. Y fué justo cuando mi boca iba a pronunciar alguna estúpida frase del tipo, “de este asunto me tengo que ocupar yo sólo”, que Santos se me adelantó y, casí como si me leyera el pensamiento, dijo: Toní Turco es un hombre de juego y yo guardo un naipe en el bosillo de mi chaqueta.
Conociendo a Santos sabía que ni siquiera un incendio sería capaz de hacerlo bajar del coche, de manera que, sin muchas esperanzas de exito, conduje a través de la noche hacía aquella mansión, en la que, sin echarle demasiada imaginación, casí podía leer el cartel “MATADERO”, colgado sobre la enorme verja metálica. Aguardando en la sombra, dos tipos, desafiaban a la interperie mientras que, las automáticas que guardaban bajo la chaqueta, desafiaban a todo lo demás.
Ningún hombre en todo el pais podía siquiera soñar con tanta seguridad como la que tenía contratado Toni Turco. Por supuesto que en el pais había hombres mas importantes y adinerados que Turco, pero ninguno de ellos tenía enemigos tan motivados como los que tenía él. Debimos de pasar un millón de controles hasta llegar ante la presencía de Toni Tuco. Yo ya le había en otras ocasiones y nunca me había impresionado tanto como aquella noche sentado tras una horrible mesa de escritorio y a la sobra de un espantoso bodegon digno del peor de los restaurantes de carretera. En seguida supe qué había cambiado desde la última vez que lo ví, y que le confería aquel fiero aspecto: esta vez me miraba directamente a los ojos.
Una sombrilla y un puto daikiri era lo único que le faltaba a Santos para tener la expresión de un tío que va a la playa. Su característica sonrisa no le abandonó ni siquiera cuado comprobó que uno de los dos hombres que había en aquella habitación, era el más veterano de los dos que me atacarón en aquella ocasión. Al parecer, el mas joven no debió de pasar el período de pruebas y estoy convencido de que recibió una carta de despido escrita sobre una bala de plomo. Apenas dos metros nos separaba de Toni Turco, pero Santos no era de los que se impresionan tan facilmente. Apenas Turco empezó a hablar, Santos sin dejar de sonreir le interrumpió con una frase desafiante:
Podemos hacer dos cosas: comprobar si realmente soy tan rápido como te han contado o hacer una apuesta como los caballeros que somos.
Y fué entonces cuando Carlos Reptil Santos saco el “As” que escondía en el bolsillo de su chaqueta...
CONTINUARÁ......
Las listas negras más oscura de los bajos fondos del país, estaban en su mayoría encabezadas por un nombre escrito en letras mayúsculas: Toni Turco. Gozando de tan peligroso privilegio, no te queda otra opción que rodearte de los mejores guardaespaldas, por lo que, los dos hombres que hacían las veces de sombra de Turco, debían de ser realmente buenos. Si en algo era experta la familia, por encima incluso del juego, era en la seguridad. De ahí que hubiesen llegado a la inteligente conclusión de que, dentro de una habitación péqueña, dos hombres son mas efectivos que cinco. De manera que, en aquella habitación, frente a aquel bodegón horrible, debían de estar tres de los hombres más pelígrosos del pais, y uno de ellos, sin duda alguna, era Carlos Reptil Santos.
La increible confianza que Toni Turco tenía en sus hombres, se vió reflejada en el hecho de que, el gesto de Santos al sacar aquello de su bolsillo, generó una reacción autómatica en los guardaespaldas pero, sin embargo, Turco no movió ni una ceja. Un instante antes de que la mano de Santos llegase al bolsillo de su chaqueta, como aparecidas de la nada, dos semiautomática apuntaban a la frente del Reptil, lo cual, no le hizo en absoluto perder su sonrisa. Pero, lo más increible de todo, era que, pese a que Santos estaba encañonado, metido en un puñetero bunquer con mas seguridad el jodido Pentagono, y sin más protección que un puñado de gomina, todos en la habitación teniamos la seguridad de que era él quien dominaba la situación.
La mirada de Toni Turco se posó en un abrecartas que descansaba brillante sobre su mesa, y acto seguido miró a Carlos Reptil Santos, el cual amplió notablemente su sonrisa al reparar en el detalle. El sentido de la lógica decía que, en caso de que Turco ordenara fuego, Santos jamás tendría tiempo de llegar al abrecartas, pero ¿estaba Turco tan seguro de eso como para arriesgar su vida?. Al parecer, la seguridad en si mismo que Santos irradiaba, convenció a Turco de que no perdía nada por escucharle.
Al principio pensé que lo que Santos había sacado de su bolsillo era realmente un naipe, pero en seguida comprobé que, en realidad se trataba de una fotografía, aunque desde mi posición, no podía verla con claridad. Se la mostró a Turco que asintió con un gesto de aprobación. Entonces, Santos volvió a guardarse la fotografía y tranquilo, como si hablara con un amigo de toda la vida , empezó a contarle su propuesta.
El asunto era tan sencillo como peligroso: Santos y Turco jugarían a un juego. Unos dados y un cuchillo era lo único que se necesitaba y las reglas eran simples: Una tirada cada uno, y el que sacara el número más alto ganaba. Con la particularidad de que, el perdedor, además de perder lo apostado, perdería el número de dedos que sumara la diferencia de las dos tiradas. Si la suerte, que es una fulana, se ponía en tu contra, podías llegar a perder hasta diez dedos, aunque, visto lo visto, no me sorprendería demasiado ver a Reptil Santos tocar la guitarra sin dedos.
La apuesta también era sencilla: si ganaba Santos, mi deuda quedaría zanjada; si ganaba Turco, pagaría mi deuda y Santos le entregaría lo que aparecía en la fotografía.
Yo era invisible en aquella habitación. Un simple espectador que cada vez se sorprendía menos del cariz que estaba cogiendo el asunto. Turco aceptó el juego, aunque sospecho que fue más por su espíritu de jugador que por el contenido de la fotografía. Al parecer, la palabra de ambos tendría que servir como única garantía de que el trato se cumpliría. Santos parecía encantado con la situación.
En menos de cinco minutos estuvo todo preparado. Trajeron una pequeña mesa de ajedrez y dispusieron un tapete verde sobre ella. A los lados, en dos sillas identícas, Turco y Santos se enfrentaban, mientras unos brillantes dados rojos descansaban sobre el tapete. Entonces comenzó el juego, y Turco, en tono cordial, cedio a Santos la primera tirada.
El Reptil, con su peculiar sonrisa, soplo sobre los dados y los tiró sin mas ceremonia. El tiempo se relentizó y todos los ojos estaban concertrados en el arbitrario girar de los dados. El primero se paró mostrando un desolado uno. El segundo se hizo de rogar un poco más, haciendo que mi corazón girase con él, hasta que descansasó enseñenado un simétrico cuatro. Pese a que a mí, aquellos cinco puntos me parecían un pésima tirada, el rostro de Santos mostraba una gran satisfacción. Turco no modificó un un milímetro su gestó. Tan sólo cogio los dados e imitó la tirada de Santos. Los dados empezarón a girar. Mi espíritu de ludópata esta entusiasmado. Casi tenía envidia de no ser yo uno de los jugadores. Y fué entonces cuando los dados pararon, mostrando desafiantes, los números que marcarían el desenlace de tan macabro juego....
CONTINUARÁ
James Stewart
19/04/2007, 09:46
Un cazador de cocodrilos no habría dudado ni un segundo en predecir el resultado de aquella tirada de dados, ya que, él más que nadie, sabía lo que primero ten encuentras cuando te enfrentas a un enorme reptil: los ojos de serpiente; el doble uno.
Por primera vez desde que habíamos entrado en aquella mansión, Carlos Reptil Santos dejo de sonreir, gesto que tenía dos claras intepretaciones: un gran respeto hacía su derrotado contrincante y una declaración formal de que aquel juego iba en serio. Los hombres de Turco repararón en la desaparición de la sonrisa de Santos e instintivamente acercarón las manos discretamente hacía sus letales herramietas de trabajo. El rostro de Toni Turco era una roca mientras sus guardaespalas esperaban al mínimo gesto que, con toda seguridad, habría desencadenado un verdadero infierno de acero. El tiempo parecía haberse detenido y nadie movía un músculo en aquella habitación y entonces, de nuevo fué Santos quien tomo la iniciativa.
Serio como el luto, empujó ligeramente el cuchillo hasta situarlo frente a Turco, y, con un ligero asentimiento de cabeza, se levantó y se dirigio hacia la puerta de salida. Yo le seguí con los ojos entre cerrados a la espera de sentir un balazo en la nuca, que afortunadamente nunca llegó. Mientras cruzabamos un elegante pasillo en dirección al siguiente control de seguridad empecé a sopesar las posibilidades. El juego se había saldado con un montón de dinero y una deuda anatómica por parte de Turco que consistía en la increible cifra de tres de sus dedos. De manera que lo único que impedía a Turco liquidarnos allí mismo y ocultar su deuda, era su sentido del honor. Las perspectivas no eran demasiado buenas y menos aún, teniendo en cuenta que un enorme guardía se interponía entre nosotros y la puerta de salida.
Con un frasco de betún, perfectamente me podría haber convertido en la sombra de Santos, ya que, desde hacía un buen rato, me había limitado a imitar todos sus movimientos. Pero, imitar el último, fue una de las cosas mas difíciles que he hecho en toda mi vida y ese movimiento no fué otro que permanecer inmovil. Estabamos frente al guardía de seguridad que nos miraba con ojos inexpresivos y fué entonces cuando creí que todo había terminado; a nuestra espalda se escuchó perfectamente como se habría la puerta del despacho de Turco. En mi afán de imitar a Santos, hice un verdadero esfuerzo en convencer a los músculos de mi cuello de que no se guirasen para mirar hacia atras. Aquel instante pareció durar todo un siglo. Santos estaba serio pero tranquilo y no quitaba ojo del guarda de seguridad.
A día de hoy, un millón de años después, sigo sin saber si realmente Toni Turco cumplió su parte del trato, ahorrandose así, un montón de dinero en anillos, pero, por sorprendente que parezca, aquel guardía recibió ordenes de dejarnos salir y nos permitió volver a ver la ingrata luz de la luna.
De camino al coche no cruzamos ni una sola palabra. Mi corazón no terminaba de conseguir recuperar su ritmo habitual de swing. No me terminaba de creer todo lo que había vivido. Una vez dentro del coche, el semblante de Santos seguía frio como el hielo y tan sólo reaccionó cuando dije de manera casual:
-Aquello era un puto infierno.
Santos me miró y dijo una frase que me puso los pelos de punta.
-En el infierno hay hijos de puta de verdad, eso era tan sólo un patio de guardería.
Y dicho esto, recupero su simpatica y jocosa sonrisa, lo cual me tranquilizó bastante, como una jodida infusión de té, y precisamente, fué esa insconciente relajación la que ne permitió atreverme a preguntarle a Santos por la fotografía que guardaba en el bosillo de su chaqueta.
Por primera vez en mi breve relación con el Reptil, lo vi dudar. Era un gesto que le rejuvenecía bastante y que a la vez me asustaba. ¿Que podía ser tan importante como para tambalear los cimientos del hombre con los huevos de plomo?. En seguida me arrepentí de haber preguntado y justo cuando iba a disculparme, Santos en uno de su característicos gestos rápidos como el viento, puso frente a mí, sobre el salpicadero, la gastada fotografía.
Mi mente viajó al pasado en el preciso instante en que reconoció lo que mostraba la fotografía. Era imposible y a la vez tan real como la sonrisa que Santos mostraba en la fotografía, en la que posaba frente al único objeto que jamas me habría esperado encontrar en la vida: salvo por la ausencia azul del dibujo del Correcaminos, no cabía ninguna duda de que aquel era el Cadillac que sirvió como ataud al bueno de Smoke....
CONTINUARA....
Una fotografía sobre el salpicadero de un Mitsubisi alquilado había sustiudo al tradicional guante de seda y la afeminada peluca medieval, pero aún así, no cabía ninguna duda de lo que estaba sucediendo: Santos me estaba retando. Habíamos hecho el último descarte y la partida mostraba claramente a los contrincantes. Yo sabía que él guardaba un secreto tanto como él sabía sobre mis sospechas. No obstante, ambos coincidiamos en que aquel no era el momento de levantar las cartas, la partida todavía no había terminado. De manera, que utilizando mi mejor cara de poker, me limité a devolverle la fotografía y arrancar el coche de vuelta al hotel, en el que, sabía a ciencia cierta que no encontraría el recorte de prensa sobre la muerte de Smoke; de alguna manera, aquella intrusión en mi habitación, había conseguido devolverlo a su lugar original: la maleta de Carlos Reptil Santos.
Los oxidados archivadores de la policía nacional, estan inundados de preguntas estúpidas, que los allegados a las victimas de accidentes, influenciados por las películas de Alfred Hicktcot y resistentes ante la idea de la muerte de un ser querido, exigen sean investigadas. Pero en el caso de Smoke, en el que yo era lo mas parecido a un ser querido que tenía, las preguntas no carecían de cierto sentido. Smoke se estrelló contra el único arbol que había en varios kilómetros a la redonda, en una recta de un puto desierto. Había marcas de frenada, lo cual descartaba la posibilidad de que se hubiera quedado dormido y si tenemos en cuenta que, en aquel desolado desierto, la fauna era tan escasa que se podría haber declarado al topo el jodido rey de la selva, también descartamos la teoría oficial que murió al intentar esquivar a algun zorro o perro del desierto. Aunque una parte irracional de mí empezaba a sospechar que la policía no andaba demasiado desencaminada al pensar que Smoke esquivó a un animal, pero no a un zorro, mas bien debió de ser una serpiente bien bien gorda.
El incomprensible cocktel de miedo y admiración que sentía hacía Carlos Reptil Santos, creó un silencioso pacto que, mistoriosamente, hizo que las aguas volvieran a su cauce. Durante varios meses empezé a rendirme a los encantos de Santos, lo cual no era ilógico si tenemos en cuenta que en varias ocasiones me había sacado de situaciones bastante comprometidas. Me sentía agradecido por haberme ayudado y por acercarme día a día hacía mi sueño mas dorado: la fama. Eran cada vez menos las veces que me sentía culpable por empezar a olvidar a Smoke y a sentir simpatía por un hijo de puta del que sospechaba responsible de su muerte. De nuevo, el paso del tiempo empezaba a hacerme olvidar mis sospechas. Vivía en una especie de dulce amnesia de notas y de aplausos.
Empezaba a convertirme en un verdadera marioneta y casi no era consciente de ello. De hecho, la extraña influencia de Santos practicamente podría haber cambiado en nombre de la banda por el de Títere Blues Band. Pero fueron precisamente unas tijeras las que consiguieron cortar las cuerdas invisibles con las que Santos empezaba a manejarme. Unas tijeras expertas y maduras: las tijeras de la vieja barbería Espiral, donde, fué de nuevo una fotografía la que me enseño mucho más de lo que mostraban sus imágenes en color sepia......
CONTINUARÁ.......
James Stewart
20/04/2007, 07:21
Espiral olía como una vieja y descolorida carpa de circo. Viejas estanterías, vencidas por el polvo, soportaban heroicamente un montón de tesoros sin mas valor que el sentimental. Botellas antiguas, trofeos de boxeo, una pelota de beisbol firmada por Joe Dimaggio y unos viejos guantes de boxeo compartían lugar de honor en una vitrina junto a los aparejos de barbería. Todo un museo en honor a tiempos mejores.
Como maestro de ceremonías de aquell ajado circo, sosteniendo las tijeras como si formaran parte de su cuerpo, podias encontrar a Curro. Existía una invisible simbiosis entre él y el mobiliario, de manera que, de forma camaleonica, casi se mezclaba con el resto de la habitación. Tenía tantos años como polvo su negocio, pero aún así, era eficaz en su trabajo y tenía gran aceptación entre los jóvenes, que habían acudido en principio para ver el mayor atractivo de la vieja barbería: el truco del cliente invisible. Ese truco sólo podía ser posible al hecho de que aquel local y Curro llevaban un millón de años juntos, y se conocían a la perfección. El truco era tan sencillo como impresionante, consistía en un simple juego con el espejo; una vez terminado el corte de pelo, cuando Curro mostraba a los clientes la nuca con un segundo espejo, giraba este de manera que reflejara un sillón identico al utilizado para el corte y que estaba situado en la esquina opuesta a la habitación. De esta manera el cliente se sorprendía al verse invisible frente al espejo trasero. Este truco, al principio lo utilizaba con simpatico reclamo publicitario, pero en la actualidad, un incipiente parquinsón le había obligado a utilizarlo para esconder algún que otro trasquilón. Aún así, era todo un placer cortarse el pelo en aquella barbería y siempre que la agenda me lo permitía, ponía mi cabellera a su entera disposición.
Cada vez que me cortaba el pelo en aquella barbería, mis ojos viajaban por todas las paredes donde millones fotografías de boxeo no dejaban apenas sitio para ver el papel pintado. Hombres duros y magullados levantaban trofeos y cinturones, mientras casi se podía escuchar en clamor de la multitud. Aquellas fotografías eran tan familiares para mí que a punto estuve de pasar por alto un increible y escalofriante detalle: Carlos Reptil Santos aparecía en una de ellas.
Al principio me costaba creerlo, pense que me estaba empezando a obsesionar con Santos. La garganta se me seco al instante y la tijera de Curro casi me corta la oreja izquierda cuando cuando me levante de la silla para verla mas de cerca. Sin duda tenía que ser el; aquella inconfundible sonrisa y aquel pelo negro como el abismo. Pero lo mas sorprendente no era que Santos apareciera en aquella fotografía levantando victorioso los guantes, sino que el derrotado de aquel combate fuera Curro cientos de años mas joven.
CONTINUARA.....
Duro como el granito. Cuatro palabras con las que el viejo peluquero empezó su relato y que definían perfectamente a Carlos Reptil Santos. Tres asaltos tardó en besar la lona. El primer y último knock out de su dilatada carrera como pujil profesional. Las tijeras temblaban peligrosamente cerca de mis ojos mientras aquel polvoriento relato empezaba a poner algo de luz sobre toda aquella historia.
El relato comenzaba en una época en la que los hombres duros eran mucho mas duros que los duros hombres de nuestros tiempos duros. En aquellos días los boxeadores eran poco menos que dioses gigantes invencibles. La sociedad conocía de ellos tan sólo por los artículos de prensa que describían los combates como batallas épicas en los que casí se podía oler la vaselina que impregnaba el rostro de pújiles como Rocky Graciano o Mohamed Alí. Por aquel entonces Curro todavía no había ni siquiera imaginado cambiar los guantes por la navaja de barbero. Había llegado a ser campeon regional de peso walter: 72 victorias, 65 por K.O. Su carrera iba viento en popa y pronto pelearía por el cinturón de campeón nacional. Un sólo combate le separaba de la disputa por el título. Uno sencillo contra un boxeador mexicano que viajaría a España la misma noche del combate. Lamentablemente su vuelo nunca llegó a tomar tierra, al menos tierra seca, ya que se estrelló en mitad del oceano y jamás fué encontrado.
El hecho de haber vendido todas las entradas y que uno de los boxeadores estuviera durmiendo con los peces creaba un verdadero problema. El público había pagado por ver sangre y, en realidad, poco importaba de donde saliese. Había un chico de reserva que apenas llevaba quince combates, aunque todos ellos habían sido por k.o en el primer asalto: José Malaquias, el Escorpión. A pesar de su curriculum, no parecía un rival suficiente para el futuro aspirante a campeón nacional, pero a falta de otra cosa, prometío dar un buen espectaculo. Mientras me contaba la historia, hubo una cosa de la que no me cabía duda: si algo sabía hacer Santos, (o Malaquías, según se hacía llamar), era dar espectáculo.
La muerte del mexicano fué anunciada por megafonía cuando el aforo estaba completo. El público se quedó mudo y justo cuando iban a empezar las protestas, el Escorpión apareció en el ring. Su presencia era imponente. Unos guantes amarillos desafiaban cualquier posible supersticción y el calzón mostraba un enorme escorpión blanco sobre fondo negro. Tenía el torso claramente marcado y los biceps parecían dos jodidos balones de rugbi. Cualquier se habría cagado encima al tener que enfretarse a semejante mole, pero Curro había derrotado torres mucho mas altas.
La campana sonó y Curro apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de recibir una verdadera lluvia de golpes. Ese chico era rápido y preciso. El barbero me contó que parecía que se anticipaba a todos sus movimientos y sabía encontrar, sin ninguna dificultad, cualquier agujero que se le escapaba en la guardía. El primer asalto fué un verdadero infierno en el que Curro no consiguio encajarele ni un sólo golpe al Escorpión. La campana le sonó como una verdadera sinfonía.
Sentado en su rincón no se podia creer la manera de boxear que tenía aquel novato. Su ejecución de los golpes era perfecta, mientras que su puño era duro como el acero. No le sorprendió ver como el Escorpión apenas sudaba en su esquina y no me extraño en absoluto cuando me dijo que aquel cabrón no dejaba de sonreir. El segundo asalto fué mas tranquilo, aunque se notaba la claramente la superioridad del Escorpión. Curro cambió rápidamente su objetivo; ya no quería ganar, ni siquiera quería aguantar todos los asaltos, se conformaba con sobrevivir a aquel combate.
El público rugia y coreaba el nombre de José Malaquías, mientras la campana del tercer asalto amenazaba con sonar. La gong apenas se escucho por el ruido de la multitud y apenas quince segundo después, en un instante, se hizo un silencio que habría permitido escuchar la cagada de una mosca. Todo el mundo quedó asmobrado, no estaban preparados para ver lo que sucedió a continuación.....
CONTINUARÁ.
Alguien dijo alguna vez que un asalto de boxeo puede durar lo mismo que toda una vida en los suburbios. El tiempo corre de manera diferente cuando estás sobre la lona. Fué precisamene ese desfase temporal el culpable de que Curro fuera el único que consiguió ver, y sentir, todo lo que sucedió en los últimos segundo del tercer asalto.
Los golpes llovían por todas partes desgastandole la guardía hasta el punto de empezar a sentir fuego en los biceps. No obstante, este púgil llevaba demasiado tiempo entre cuerdas como para saber que todavía aguantarían un par de asaltos más. Ese ritmo de golpes que el Escorpión lanzaba sin aparente cansancio, impedía cualquier posibilidad de ataque por parte de Curro. Pero al parecer, su oponente no estaba dispuesto a esperar ni un asalto más. La estrategía es un arma reservado únicamente a los perdedores. Fué entonces cuando las versiones de lo que pasó a continuación se dividen entre la del público y la del boxeador.
Las gradas quedaron en silencio durante un par de segundos. Nadie entendía bien lo que había pasado. Tan sólo vieron a José Malaquías hacer una finta y acto seguido Curro se quedó quieto para recibir el gancho final que lo dejaría K.O. El público tardó un par de segundo en decidir y dar por buena la opción de que Curro se había rendido, lo que hizo que todos estallaran en aplausos mientras el Escorpión levantaba los brazos antes de que terminara la cuenta atrás. El combate había terminado y con él la carrera pujilistica de Curro.
Pero lo que en realidad pasó nada tenía que ver con las apariencias. Curro, arropado por el valor que concede la estupidez, no se había rendido en la vida. Habría preferido morir en el ring a dejarse vencer por voluntad propia. En toda su carrera sobre la lona, nunca había visto que lo vió aquella noche.
Podía ver el rostro sonriente del Escorpión entre los guantes que formaban su, hasta ahora inexpugnable, guardía. Su oponente no dejaba de mirarle a los ojos con aptitud burlona y entonces todo sucedió a un ritmo imposible. Escorpión (Santos) le guiñó un ojo y acto seguido a una velocidad casi invisible giró primero a un lado y luego al otro, propinando sendos golpes en los costados de Curro. El dolor que sintió en ese momento fue lo único que convenció a Curro que no había sido fruto de su imaginación, nadie era capaz de moverse tan rápido. La sorpresa unida al dolor en ambos lados hizo que el pujil bajase la guardía dejando al descubierto la barbilla, ocasión que el Escorpión utilizó para dar por finalizado el combate.
El viejo barbero contaba esta parte de la historia con la prudencia de la gente que sabe que no le van a creer, pero debió de ver algo en mi mirada que le confirmaba que sabía de lo que hablaba. Con dos gruesas lágrimas corriendo por sus curtidas mejillas, timidamente me confesó que aún tenía pesadillas con aquel hombre, que al parecer, tras ese glorioso combate, desapareció de la faz de la tierra y nadie volvió a saber nada de él.
Me quedé en silencio tras escuchar la historia. Necesitaba pensar tranquilamente mientras Curro continuaba con su trabajo. El increible parecido entre Escopión y Santos descartaba totalmente la posibilidad de la casualidad y algo en mi interior desechaba la idea de un familiar: sin duda alguna, aquel cabrón era Carlos Reptil Santos. Mis testiculos buscaron refugion en el interior de mi pelvis y tenía que llevar la cuenta para no perder el ritmo de los latidos de mi corazón, que al parecer se habían quedado mudos. Si Scorpión era Santos eso significaba que debía de tener mas de setenta años. Lo más increible de todo, es que no me sorprendió tanto como debería; en los últimos meses estaba perdiendo la capacidad de asombro. Pero mal que me pesara, no me costaba mucho imaginar a Carlos Reptil Santos seduciendo a la pálida dama.
En el taxi de vuelta al hotel mi cabeza no dejaba de buscar respuestas a una pregunta que ni siquiera conocía. La conclusión lógica se resistía a aflorar debido a que tomar la decisión más inteligente tenía un alto precio: renunciar a un sueño. Sueño que nunca había estado tan cerca como aquella misma tarde en la que mis baquetas, se cruzaron por última vez con las cuerdas de acero de Carlos Retpil Santos...
CONTINUARÁ....
James Stewart
23/04/2007, 08:11
El Incorporeo Bus me sonreía reluciente desde los aparcamientos del hotel desafiandome a jugar mi última partida como kamikace encantador de serpientes. Había agotado todas mis reservas de valor y no me quedaban fichas para continuar con el juego, por lo que, en mi proxíma apuesta, no me quedaría mas remedio que jugarme mi bien más preciado: el pellejo. Quería llegar todo lo lejos que los neumáticos de franja blanca de aquel autobús fueran capaz de llevarme, pero la idea de estar cerca de Carlos Reptil Santos hacía que me apretase el nudo de mi corbatín por la presión de los testículos.
Si hubiera dejado tomar la decisión ,entre quedarme con la banda o largarme para siempre, a mis agallas, con toda seguridad, el planeta se me habría quedado pequeño para buscar una cueva lo suficientemente oscura para esconderme. Pero el destino quiso que fueran las circunstancias las que decidieran por mi y fué justo al llegar al hotel, cuando la estridente voz de nuestro representante tomó la decisión por mí cuando, con muchisimo entusiasmo, nos dijo:
Peianos esas greñas, capullos, que mañana salimos por televisión.
Un silencio de sorpresa precedió a un estallidos de risas y abrazos. Aquello era increible. La televisión, que hasta ahora se nos había antojado mas lejana que la luna, estaba interesada que vernos actuar en un programa de variedades. Sin duda, sacar nuestro rostros en blanco y negro ante miles de espectadores era practicamente una garantía de éxito. Por fín habiamos conseguido la fama, y lamentablemente Smoke no estaba allí para verlo. Fué precisamente ese pensamiento el que me sacó de mi euforia e hizo que me fijara en Santos, el cual, no sonreía ni parecía contento en absoluto. Reparó en que lo miraba y no hizo siquiera amgao de disimular. Por alguna razón, que yo empezaba a sospechar, aquella idea no le gustaba en absoluto.
Aquella tarde nos reunimos para un ensayo general. Todos teníamos cara de imbeciles embobados, con la excepción de Santos que parecía de bastante mal humor. Las familiares cinco palabras dieron por abierta la sesión: un, dos, un, dos, tres....
Durante todo el ensayo estuve atento a Santos, quien, pese a su expresión sería, seguía tocando mejor que nadie que hubiera escuchado en mi vida. Parecía reflexivo y en un momento dado, su rostro cambió de golpe en una inconfundible expresión de la que no me cupo ninguna duda: había tomado alguna decisión. A lo largo de una canción su sonrisa fué apareciendo lentamente hasta ocupar su habíal sitio en el moreno rostro de Santos. Incluso tuvimos el privilegio de volver a escuchar alguna de sus notas imposibles. Todo era perfecto. El sol se colaba por la ventana del estudio y detrás de él, sin duda alguna nos esperaba la fama.
Terminamos los ensayos bien entrada la noche y nos despedimos con sonrisas. Cada uno fué a su habitación del hotel a excepción de Lucía que acompañó a Santos a la suya, nada nuevo por aquella época. Tumbado en la cama no conseguía conciliar el sueño. Si hubiera tenido un soga no habría dudado en atarme a la cama para vencer el impulso cada vez mas fuerte de salir huyendo de allí. Pero en lugar de eso decidí bajar al bar a tomar un última copa, pero en el pasilló, al cruzar una esquina, junto a la maquina de hielo, me encontre de frente con un flamante y sonriente Carlos Reptil Santos, y ese encuentro me acercó un poquito más a su inconfesable secreto....
CONTINUARÁ.....
En cierta ocasión, siendo yo un niño, mi padre me llevó a un museo de arte. Mis diminutos ojos viajaban fascinados de lienzo en lienzo. Cuadros que me trasportaban a lugares luminosos y maravillosos. Damas de Chagall, flores de Van Gogh, noches de Botero...aquello era como un mundo lleno de ventanas por las que colarse y huir de aquella vida de color de gris que me estaba sirviendo de infancia.
Pero al entrar en la siguiente sala, esas mágicas ventanas perdieron colorido y se mostraban amenazantes y terroríficas para un niño de mi edad: había entrado en la sala de los sátiros. Extrañas mutaciones entre hombres y animales, sonreían desde sus cuadros con expresiones desgarradas mientras deboraban alimentos o sodomizaban a pobres e indefensos campesinos que luchaban por escapar. Nunca en mi vida llegué a comprender, de que rincon de la mente, sacaron aquellos pintores semejantes barbaridades, pero en aquel momento, me alegre de que llevaran siglos muertos y bien enterrados. Pero el cuadro que más me llamó la atención, lo hizo, no por su contenido, si no por una enorme rasgadura que recorría el lienzo de esquina a esquina. Al parecer, algún fanático religioso no había aceptado aquel cuadro y siglos atrás, había tomado la decisión de hacerle unas modificaciones con un cuchillo para cortar el pan. Por lo visto, en aquella época, ya había gente que se tomaba la censura por su mano. La restauración del cuadro había dejado bastante que desear por lo que aquel corte había pasado a formar parte del cuadro y parecía una cicratiz que cruzaba el rostro de aquel sonriente sátiro. Lo cual le confería un duro aspecto terrorífico que me acompañó durante varios días en mis pesadillas de cama mojada.
Por una lógica relación, mi mente trajo la imagen de aquel sátiro con sorprendente rapidez al ver a Carlos Reptil Santos en aquel pasillo del hotel. Pero el motivo no era su expresión sonriente, tan familiar en él, sino un detalle imposible de pasar por alto: una enorme cicatriz serpenteaba desde el hombro hasta el ombligo de Santos.
No sabría explicar exactamente el motivo por el cual me sorprendió tanto aquella cicatriz. Quizás fuera por que, (ahora estaba seguro), en el incidente en el Incorporeo Bus, su herida de arma blanca desapareció por arte de magia. O quizás por el hecho de que fuera su única cicatriz en toda su impecable piel. Pero fuera por lo que fuera, aquella cicatriz había llamado mi atención y Santos reparó en ello.
El ego de los hombres se hinfla con el peso de las medallas. ¿Y que mejor medalla que una grabada en la piel?.
Santos sonreía mientas sentenciaba aquella frase. Quizás eran imaginaciones mías, pero pronunciaba aquella frase como si en realidad fuera decisión suya mantener aquella cicatriz; como si pudiera hacerla desparecer pero hubiese decidido mantenerla como trofeo. Me pregunté que podría haberla causado y sobre todo, que situación podía ser tan peligrosa como para llenar de orgullo a un hijo de puta hombre de hielo como Carlos Reptil Santos.
Tímidamente le pregunté sobre la cicatriz. Santos me puso la mano en el hombro en un gesto sensual y peligroso como el baile de una serpiente. Mi miró directamente a los ojos y sonriente me dijo.
Vete a dormir, mañana será un gran día.
Obediente, me dirigí de nuevo a mi habitación. Demasiadas emociones para un sólo día. Pero justo antes de entrar en mi habitación, Santos me llamó y desde lejo, acompañandolo de un guiño, me dijo:
Sueña con los angelitos.
Y precisamente fué todo lo contrario lo que sucedió aquella noche en que ví la luz. Soñé. Pero no con angelitos, si no, con todo lo contrario, soñé con Carlos Reptil Santos, pero lo más extraño de todo, es que, en esta ocasión, Santos si que se veía mucho más joven.....
CONTINUARÁ.....
James Stewart
24/04/2007, 07:22
El sol se filtraba triunfante entres los tablones de aquel viejo vagon de mercancías, desde el cual, estando aún a varios kilómetros de su destino, ya empezaba a notarse el lejano olor a polvora. Restos de paja y barro cubrían el suelo confirmando su habitual contenido, que no era otro que ganado. Aunque en esta ocasión la mercancía era bien distinta. Treinta y cinco uniformes identicos; treinta cinco cabezas rapadas. Si lo pensabas bien, tampoco se diferenciaban tanto de un jodido rebaño de obejas, incluso tenían un elemento común con las reses: ellos también iban camino del matadero.
El silencio empezaba a romperse con el sonido lejano de las familiares explosiones del campo de batalla. Los soldados tenían blancos los nudillos de agarrar con fuerza su arma reglamentaría, convencidos de que perderla significaría perder la vida. Olía a loción de afeitado. Puede parecer una estupidez acicalarse para una batalla, pero al fín y al cabo, llevaban meses preparandose para ese momento; era su gran día. Pero había un olor que sobresalía incluso por encima de esa mezcla de aftersave y mierda de vaca. Olor a miedo.
Llevaba recogidos los bajos del patantalón para no pisarlos con aquellas enormes botazas. El uniforme le quedaba demasiado grande, lo que no era de extrañar en un niño de diecisiete años. A todas luces, el no debería estar allí, ya que su único sentimiento de patriotismo había consistido emborracharse el día de la nación. Pero aquel puto juez no le había dejado demasiadas opciones. Era lo suficientemente inteligente para saber, que, en la carcel, a un joven inberbe como él le iba a costar demasiado trabajo mantener a salvo, como poco, su dignidad. El ejército parecía la mejor salida, aunque se equivocó al pensar que le sería facil escapara de allí. Había dejado escapara un par de buenas oportunidades a falta de la ocasión de oro, pero en lugar de eso, la situación se había torcido hasta llevarle a aquel repugnate vagon lleno de esa panda de mariquitas y de aquel sargento que no hacía más que pegar voces para intentar camuflar el hecho de que se estaba cagando de miedo.
Santos no tenía miedo. Pocas cosas le asustaban. De echo, su ausencia de miedo le había llevado hasta aquella situación. Ahora tenía claro que debía haber aceptado el consejo de su conciencia de no formar parte de aquel asunto del Banco. Aquella gente no era trigo limpio, aunque, por desgracia para ellos, no existía trigo mas sucio que Carlos Santos.
El atraco había ido relativamente bien, si obviamos el hecho de que fué necesario cargarse a aquel guarda de seguridad con vocación de super heroe, que seguramente, por estúpido, había conseguido que sus hijos se criasen con una medalla colgada de una fotografía en lugar de un padre. Santos estaba convencido que aquella muerte podría haberse evitado, pero aquellos capullos eran de gatillo fácil. En fin, al menos habían salido del banco con la pasta. El problema había sido, que las ratas nunca han sabido compartir la carroña, y eso lo había complicado todo.
El tren empezaba a aminorar la marcha. Los nervios tensaron hasta la madera del vagón. Santos no tenía ninguna intención de combatir en aquella ridícula guerra. Las medallas nunca le habían interesado ya que ni se beben ni se follan. Tenía pensado escapar en cuanto abrieran el portón de aquel vagón de mercancías. Pero antes de que la puerta estuviera abierta del todo, una enorme llanura le confirmaba lo que ya se rumoreaba entre los asustados soldados: estaban en un desierto.
Si algo caracterizaba a Santos es que nunca se desanimaba en su empeño. Había decidido escapara y es lo que precisamente pensaba hacer. Y si sólo había una salida, pues no le quedaba más remedio que salir por ella. De manera que, sin pensar demasiado, corrió hacía la única salida posible: ganar aquella jodida batalla....
CONTINUARÁ.......
Aquella estación de ferrocaril, que había sido ascendida a la categoría de hospital, luchaba heróica por mantenerse en pie. El número de heridos distribuidos en los andenes le confería con el olor inconfundible de la derrota.
Mientras el vagon del tren descargaba su letal cargamento de soldados, un proyectil impactó contra la locomotora tumbando el tren al completo y dando así por finalizada la llegada de refuerzos. Todos se miraban en silencio con una expresión que decía, “estamos realmente jodidos”, idea que tomo aun mas contundencía cuando un capullo, con varios galones, les explicó como estaba la situación.
El objetivo consistía en tomar aquel pequeño pueblo que, según algún general fumador de puros y bebedor de coñac, era punto clave para dominar todo el lecho del río. Habían empezado en clara mayoría numérica pero con una evidente desventaja geográfica al estar el pueblo en una posición elevada frente a la estación. El enemigo contaba con dos ametralladoras situadas en los torreones de un viejo monasterio de piedra maciza y sólida puerta metálica. Habían perdido a casi todos los hombres, y nuestro escuadrón era la última solución; un puñado de jovenes cagados de miedo. La cosa pintaba mal. Una ráfaga de ametradalladora impactó sobre la resentida fachada de la estación, dando así por finalizada cualquier explicación. Era hora de ponerse en marcha.
Pese a que Santos nunca había pisado una escuela en toda su vida, siempre había sabido cuando ha llegado la hora de ponerse a aprender, de manera en las escasas dos semanas de formación que había pasado en el ejercito, había sido el mejor estudiante de su promoción. El motivo era bien sencillo; ante la inminente entrada en combate, Santos quería que el enemigo y él, jugaran con las mismas cartas. De manera que ahora conocía todas las reglas del juego y eso, sumado a que su total ausencia de miedo, le convertía en un verdadero rival a tener en cuenta.
Su batallón se dividió en dos grupos avanzando cada uno por un flanco y aunque Santos coincidió en el grupo del sargento, fué él quien empezó a tomar la iniciativa. Su mente trabajaba a toda velocidad ideando un plan, que si bien era un poco arriesgado, no dejaba de tener cierto sentido. El problema era que nadie escucharía a un soldado raso que apenas tenía edad para conducir una puta motocicleta, de manera que Santos apartó en su mente su disparatado plan y se volvió a esperas de la reacción de su sargento, confiando en que su experiencia en el ejercito diera una salida a aquella mierda de barro y plomo.
Lo que sucedió a continuación pasó tan rápido que incluso sorprendió al propio Santos. El sargento mirando al frente comenzó a gritar lo que seguramente habría sido un, ¡Al ataque !, pero que se quedó en un ¡Al ataq..!¡¡BANG!!. El rifle de Santos todavía humeaba mientras el resto del grupo abría los ojos sorprendidos ante el hecho de que aquel chico se acababa de cargar a su único mando. Al parecer el problema de autoridad acaba de resolverse. Un fuerte alivio se superpuso a la sorpresa, ya que en el fondo todos sabían que de haber hecho caso a aquel sargento, con toda seguridad todos habrían acabado formando parte de la tumba al soldado desconocido.
Pese a su temprana edad, Santos sabía de sobra imponer autoridad. Su mente era fría y ordenada en ese tipo de situaciones, por lo que el primer pensamiento tras apretar el gatillo y matar a su sargento fue: sólo me quedan nueve balas”. El prefería el rifle que tan sólo tenía una bala, ya que tenía la teoría de que nunca se apunta tan bien como cuando sabes que sólo tienes una oportunidad. De todas formas, para su plan, le debía de bastar un sólo disparo, si es que consegía calmar a aquellos atemorizados chicos.
Si quereis volver a bucear en las bragas de vuestras novias, vais a tener que hacerme caso.
La seguridad de Santos era contagiosa lo cual confería al plan cierto aire de victoria. La situación era clara. Las ametralladoras de aquella época se calentaban cada vez que se usaban y necesitaban ser refrigeradas con cubos de agua, de los que, tras varíos días de combate, seguro que lo suministros se habrían agotado. De manera que, sin agua, tenían que esperar a que se enfriaran los caños y el enemigo estaba turnandose entre una y otra para intentar no dejar de disparar. El plan era tan sencillo como peligroso. Debían avanzar de golpe para provocar el ataque de una ametralladora mientras ellos atacaban precisamente la otra y si conseguían inutilizarla, conseguirían un tiempo de tregua mientras se enfriaba la primera, lo cual venía tardando unos tres minutos. Aquellos rifles tenían un alcance de mil trescientos metros, pero eran fiables tan sólo a los seiscientos. Ellos se encontraban a un kilómetros y medio del objetivo. De manera que el plan consistía en lo siguiente: tenían que correr todos esquivando la primera ametralladora durante novecientos metros, hacer unos disparos certeros a la segunda ametralladora y, por último, un hombre, debía correr, en los tres minutos que tardaba en enfriarse la ametralladora restante, los seiscientos metros restantes, cargado con los explosivos y alejarse antes de que la pesada puerta saltase por los aires. Era uno de esos planes que ni siquiera se estudian en las academias de soldados. Para dejar clara su situación, Santos terminó su explicación con una sonrisa que desentonaba absolutamente en aquella situación:
Si os habeis cagado en los pantalones, será mejor que tireis esos calzoncillos, ya que vamos a tener que correr como cabrones y el peso del miedo es lo último que necesitamos.
Quizás por miedo a recibir un disparo, o por que, en realidad aquel plan era la última salida, todos los soldados estuvieron de acuerdo con el plan de Santos y más aun, cuando él mismo se ofreció a llevar los explosivos hasta la puerta del monasterio. Fué así como, a su señal, todos empezarón a correr con la orden de no realizar ni un sólo disparo hasta estar lo suficientemente cerca, mientras desde lo alto empezaba a llover plomo suficiente como para hundir un buque de guerra...
CONTINUARÁ......
Si el azar fuera un soldado, sin duda alguno habría luchado bajo la misma bandera que Carlos Santos. Aquella letal lluvía metálica rozó en mas de una ocuasión la mochila con el explosivo que éste cargaba a la espalda. Un par de milímetros impidieron que todos pudieran ver unos espectaculares fuegos artificales formados por las entrañas de Santos. No le importaba especialmente morir, había nacido sin demasiado apego a la vida, pero realmente le fastidiaba que su plan no llegase a funcionar. En toda su vida, su espíritu de jugador había convertido las situaciones peligrosas que simples juego de azar. Una parte de él disfrutaba con aquella situación.
Justo cuando creía que sus piernas no aguantarían más, su batallón, claramente mermado, llegó a un punto seguro desde donde, según sus cálculos, podrían inutilizar la segunda ametralladora. No había tiempo para dudar, de manera que, mientras el tomaba un poco de aire para iniciar la siguiente carrera, ordenó fuego . Tumbado sobre el barro, Santos no veía lo que sucedía fuera, pero el tiempo empezó a hacerse eterno. Si tardaban dar en el blanco, darían tiempo a enfriarse a la primera ametralladora, y eso los condenaría a una muerte segura, ya que no podrían avanzar ni retroceder. Se estaban demorando demasiado. Justo cuando empezaba a quitarse la mochila para correr hacía la retaguarda y olvidarse del plan, un soldado grito. ¡VÍA LIBRE¡, y Santos, sin dudar un segundo, empezó a correr como si le persiguiera el mismo diablo.
Sus pulmones ardían como el peor de los licores. La mochila bailaba en su espalda amenazando con tumbarle. Ya distinguía perfectamente la puerta, cuando los soldados de la torre empezaron a disparar con sus armas de manos, factor con el que Santos no había contado aunque fortunadamente no tenían demasiada puntería. Soltó los explosivos sin ni siquiera pararse a respirar, y emprendió el camino de vuelta hacía el lugar seguro mientras un carrete adosado a su cinturón iba soltando el cable, lo cual relentizaba bastante su marcha. Siempre me he preguntado de que pasta están fabricado los heroes, pero, desde luego, no de la misma que Santos, aunque, visto desde fuera, su gesto podría haberlo parecido. Mentalmente había calculado el tiempo y sabía que la ametralladora estaría lista antes de que llegara al lugar seguro. Si moría antes de llegar, nadie podría haber accionado el detonador. La opción mas inteligente habría sido soltarse del carrete y así conseguir llegar al lugar seguro; la puerta no estallaría pero al menos viviría para contarlo. Pero Santos era de los que juega las partidas hasta el final, de manera que, ante el asombro de todos sus compañeros, sin dejar de correr, cogió el detonador y lo accionó aun sabiendo que estaba aún demasiado cerca de la mochila. Jaque mate.
Un poderoso calor intenso le empujó al instante por la espalda levantando por los aires sus apenas sesenta y cinco kilos de peso. Los apenas dos segundos que permaneció suspendido en el aire fué totamente consciente de toda la situación. De haber aterrizado en un lugar llano, quizás no habría sido tan grave, pero esta vez, la fortuna quiso interponer una vaya en su trayectoría, convirtiendo su aterrizaje en letal y produciendole una herida profunda que atravesaba su torso diagonalmente, afectando a varios órganos vitales.
Tumbado en el suelo, la herida dolía como el infierno. Con un doloroso gesto giró su cuerpo de manera que pudiera ver el viejo monasterio. En el lugar donde debía estar la puerta, no había absolutamente nada. Al parecer, el explosivo había resentido los cimientos y toda el ala derecha del edificio había sucumbido a la explosión. Joder, lo había conseguido.
Sonrió consciente de que había ganado el juego. Notaba la sangre caliente en su garganta y sentía un fuerte quemazón cada vez que intentaba aspirar un bocanada de aire. Pensó en el borracho de su padre, y en que habría pensado si supiera que el vago de su hijo sería recordado como un jodido héroe. También pensó en el dinero del botín del banco que tenía guardado en aquella taquilla de la estación y que jamás sería encontrado por nadie. En fín, si tenía que morir, se alegraba de morir ganando y más aún teniendo en cuenta de que había nacido con la etiqueta de perdedor.
Cerró los ojos. Había dejado de sentir dolor. Y fué justo cuando su corazón dió el último latido que daría jamás, cuando una voz en su cabeza, le habló alto y claro cuando, con voz tranquila, le preguntó:
-¿Jugamos?
CONTINUARÁ....
James Stewart
25/04/2007, 08:04
Un descarado rayo de sol paseó sobre mis ojos sacandome de los brazos de Morfeo. La mañana estaba inusualmente clara, pero ni siquiera un millón de soles habrían sido capaces de iluminarme tanto como lo había hecho aquel revelador sueño. Apenas me sorprendí de tener la certeza de que me habían contado toda aquella historia a traves de mi subconsciente. Era demasiado tarde para andar sorprendiendome de simples mensajes oníricos de un cabron retorcido como Carlos Reptil Santos.
Mi mente de jugador supo en seguida del naipe que acaba de guardar en mi manga; si existen aves que se atreven a comer directamente de la boca de los caimanes, es por que saben que son mucho mas valiosas vivas, que sirviendo de aperitivo. Santos quería algo de mí y aunque nunca lo supe con exactitud, desde el principio sospeché de que se trataba. ¿De que sirve saltar del trapecio si las localidades estan todas vacías?. Santos quería público.
Justo cuando mi mente estaba a punto de empezar a bombardearme con millones de preguntas imposibles, unos nudillos impacientes golpearon la puerta de mi habitación. Desde el pasilló, con la típica voz de niño al que acaban de regalar un poni, nuestro representante gritó:
Arriba, bluseros. Hoy es el gran día.
Me recriminé por haberme olvidado. Llevaba años esperando ese momento y yo estaba allí perdiendo el tiempo jugando a la interpretación de los sueños. Ya tendría tiempo de emular al viejo Sigmund Freud la proxima vez cientos de vasos vacíos se me acumulasen bajo mi barbilla sobre la barra de algún bar de carreteras. Había llegado el momento hacer sonar la televisión como no había sonado nunca; había llegado el momento de la Incorporeo Blues Band.
La banda estaba radiante aquella mañana. Trajes negros con lazo al más puro estilo del Mississippi, salvo Santos que vestía un llamativo traje completamente blanco y una camisa amarilla, desafiando, una vez más, a cualquier tipo de mala suerte. Yo no hacía más que esquivar los ojos de Santos, igual que un avestruz que escondiera la cabeza bajo tierra. Mis manos agarraban con fuerza la bolsa de mis baquetas y estaba deseando que salieramos rumbo a la televisión. Mentalmente repasaba los ritmos de nuestros viejos temas mientras empezamos a subir al Incorporeo Bus, y fué entonces cuando Santos pusó su mano en mi hombro.
¿Me he olvidado la guitarra en la habitación, te imoporta ir a recogerla mientras me cambio de chaqueta?.
Asustado asentí con la cabeza mientras Santos me guiñaba un ojo en un gesto que no supe bien interpretar. Todos estaban dentro del autobus, de manera que aquella petición no carecía de cierta lógica. Me dirigí despacio hacía la habitación, sin darle demasiada importancia. Si la fama había esperado tantos años, no creo que le importase esperar un par de minutos más.
La blanca funda en descansaba sobre la cama de Santos. La cogí distraido y fué entonces cuando reparé en que la funda estaba vacía. O al menos eso me pareció al principio. La Fender no estaba allí, pero en su lugar había una nota manuscrita en una hoja del block del hotel. Tan sólo seis palabras con letra clara y concisa:
¿A que jugarías si fueras Dios?
CONTINUARÁ........
El caracter retórico de aquella pregunta tomó firmeza por el simple hecho de que ni siquiera tuve tiempo para responderla. A modo de punto y final de tan misteriosa nota, una explosión en el aparcamiento hizo estallar todas las ventanas de la habitación, inundandola de una macabra lluvia de cristales rotos. El sonido fue ensordecedor. Temí por mis tímpanos, como buén percusionista que conoce los límites de la piel de un tambor, pero afortunadamente la sordera desapareció para dejar lugar al cálido sonido de las llamas. No hizo falta asomarme por aquella ventana mutilada para saber lo que había sucedido: el Incorporeo Bus se había convertido en una gran bola de fuego.
Desde la distancía mas cercana que el calor me permitía, podía observar como una enorme columna de humo negro evaporaba todos mis sueños, mis pertenencias y mis amigos. Aunque trate de atribuirlas al humo del ambiente, las lagrimas que corrían por mis mejillas tenían un motivo bien distinto. Cuando lo único que sabes hacer bien en la vida, arde ante tus ojos, sientes que pierdes totalmente la identidad. Ya nunca volvería a ser un Incorporeo. Un gran pedazo de mí se quemó tambien en aquel aparcamiento aquella mañana.
Una vez más, la actuación de la policía fué como el sol de enero: corta y sin fundamento. El número de churrascos, que en su día habían sido mis amigos, coincidía con el de toda la banda, más el representante. Uno a uno, los bomberos iban sacando los cuerpos negros como la noche, mientras yo no dejaba de mirar la puerta del autobus a la espera de que Santos saliera sonriendo, sacudiendose el traje y diciendo algo así como “Joder, eso sí que ha sido un buen redoble”. Pero las cuentas estaban claras. Yo era el único superviviente. Esa tarde, deshaciendo su lazo azul marino y sustituyendolo por uno negro, el rithm & blues se puso de luto.
CONTINUARÁ.....
El informe policial hablaba del pequeño hornillo a gas que el Incorporeo Bus tenía el parte trasera, una pequeña fuga y un cigarrillo a modo de detonante. Sonaba razonable. Un simple accidente. Pero me costaba mucho creer que una insignificante bombona de gas fuera capaz de sorprender a Carlos Reptil Santos.
Me sorprendí preguntandome si la extraordinaria rapidez de Santos superaría la velocidad del fuego. Algo no encajaba. Tenía una extraña sensación, parecida a cuando apuestas contra un trilero; por más que sabes donde esta la bola, siempre tiemblas al levantar la cascara de nuez.
Una parte de mí me hacía serntir afortunado, aunque ser el único superviviente de aquel macabro naufragio, era mucho menos agradable de lo que habría parecido visto desde fuera. El horizonte volvía a estar tan lejos como había estado siempre. Y lo peor de todo era no saber cuanto tenía que agradecer la suerte y cuanto a Santos, aunque, de haberse cruzado la suerte en el camino de Santos, probablemente la habría emborrachado y habría acabado llevandosela a la cama.
La vejez es un como una amante desagradecida. Te ofrece una pequeña recompensa por cada diez latigazos. Los latigazos son claramente reconocibles: presenciar la muerte de tu pene años antes que tu propia muerte, simples escalones que se convierten en montañas inescalables, huesos que luchan por salirse de tu arrugado cuerpo...pero las recompensas, a menudo se esconden a los cansados ojos. Pero precisamente, una de esas recompensas de la vejez, ha sido la que me ha empujado ensuciar todos estos folios con mi historia: no tener miedo a nada al no tener nada que perder.
Mi pluma sobre el papel ha intentado ser lo más objetiva posible, luchando contra fantasias de anciano y enormes lagunas en mis recuerdos, pero creo, que en este punto, ha llegado el momento de que, a riesgos de parecer un chiflado y restar credibilidad a la historia, comparta con vosotros todas mis conclusiones.
La descabellada idea de que Santos no murió en aquella explosión estuvo dando vueltas dentro de mi cabeza durante mas de una década después. Soñaba con él muy a menudo, mientras mi vida daba vueltas sin sentido como la bola de una ruleta de casino. Los días empezaron a fundirse con las noches en mis interminables partidas de poker en garajes y almacenes. Hice varios intentos de volver a tocar en algúna banda, pero ningua tenía la paciencia suficiente para soportar a un viejo tamborilero ludópata venido a menos. La huella de Santos seguía profunda y clara como el primer día.
Una madrugada, distraido miraba la televisión de la habitación de un motel mientras un tipo solemne, enumeraba las noticias sucedidas en el día. Nada interesante. Pero de repente, reproducieron un video que hizó que mi aliento se helase como el mismísimo polo norte. Pese al pésimo sonido de la grabación, no me cupo la menor duda: la voz de aquel terrorista encapuchado era la voz de Carlos Reptil Santos. Pedía independencia y amenazaba con una respuesta armada. Lo hacía con aquella jodida tranquilidad inconfundible que tantas veces había presenciado. Aquel hijo de puta seguía vivo y estuve convencido de que, en aquella ocasión, la policía lo iba a tener realmente jodido.
Aquello confirmaba todas mis sospechas. ¿A que jugaría si fuera Dios?, la respuesta era tan simple como aterradora: jugaría a vivir vidas intensas.
Puede que quien utilizara a Santos como juguete infinito fuera Dios, o seguramente alguien totalmente diferente, ¡que demonios!, pero fuera quien fuera, había escogido una madera muy dura para fabricarlo: madera de loco.
Envidié a Carlos Santos por la única vida que vivió como humano, y mucho más por todas las que vivió después. Quizás piloto de guerra, puede que matador de toros, tal vez traficante en Colombia. Joder, todo un mundo que vivir.
Entonces lo entendí todo. La televisión amenazaba el juego de Santos. Cientos de vidas, pero un sólo rostro. Su anonimato era su único punto debil. La fama habría significado renunciar al juego. De haber sacado esta conclusión a tiempo, quizás los miembros de la banda seguirían vivos, no obstante, si algo tenían en común los juegos de Santos, era que todos se pagaban con sangre. De hecho, aunque nunca supe quién ardió realmente aquella mañana en lugar de Carlos Reptil Santos, sospecho que no le costaría mucho trabajo encontrar a algún desafortunado candidato. Llegado el momento, Santos había colgado el letrero de fin del juego.
No me atrevo a releer lo que he escrito. Debe de sonar a verdadero delirio de paredes acolchadas. Aunque apostaría mi vida, si alguien quisiera una vida que vale un puñado de días, a que Santos sigue por ahí tan joven como el día que murió.
Siempre he sido un iluso y ahora que la muerte se asoma a través de mi cortina, todos los días sueño con Santos. No se de que madera estaré hecho, pero tengo la vaga esperanza de que cuando se escape mi último suspiro, alguna misteriosa voz me invite a jugar, o, como poco, que antes de morir vuelva a escuchar aquellas maravillosas cinco palabras: un, dos, un, dos, tres...
FIN
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