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07/04/2005, 07:40
PARANOIA
(Guión: 21 - 04 - 00 / Historia: 07 - 04 - 05)

La cerradura nuevamente volvía a crujir, y como siempre, estaba dándole el coñazo para entrar en su casa. Algo normal, a lo que estaba ya acostumbrada, pues a pesar de la insistencia de padres y amigos de que cambiara aquella vieja cerradura, Katy Reinfold poca importancia le daba, pues si alguien quisiera entrar en su casa, poco iba a encontrar que le sirviese para algo, así que perdería más el tiempo en entrar, que en volver a irse con el rabo entre las patas.

Al fin, consiguió hacer que aquella pequeña puta girase, y nada más encender la luz del salón, no esperó ni a cerrar la puerta para tirar aquellos molestos zapatos de aguja que tanto le habían estado moliendo los pies. Más ser una joven que aún no ha cumplido los 27, y ya es economista de una gran empresa de éxito, requiere tener siempre una buena presencia, y estar al pie del cañón en todos los asuntos económicos de la empresa. Además, ¿que más podía pedir, con el dinero que le ingresaban cada mes en su cuenta bancaria?

Gracias a ese dinero, había comprado aquella casa, el coche, vestidos que nunca antes se había podido permitir, y muchas más cosas que el dinero había ayudado, bien a cubrir, o bien a conseguir.

Sin mucho pensar, dejó el bolso en el sillón del salón, y procedió a quitarse el abrigo que llevaba. Había elegido el abrigo marrón, más que nada porque era el que tenía. Había llevado un sencillo, pero caro, vestido negro, así como los molestos zapatos en color rojo, y el bolso en el mismo color. Abrió la puerta donde solía poner zapatos y colgar el abrigo, muy cercano a la puerta, y después de ponerlo en su respectiva percha, cogió los zapatos y los puso en el estante adecuado.

Antes de cerrar aquel armario, se miró en el espejo que había colocado en la puerta de este, colocado allí, simplemente, para observarse cuando ya se había colocado todo lo necesario, y repasar el maquillaje.

Alargó las manos a su pelo, y dejó su melena oscura caer sobre sus hombros, después de quitar los dos palillos que lo habían mantenido recogido. Movió la cabeza de un lado a otro, para que se soltase definitivamente, y volvió a mirarse. Sus ojos verdes centellearon.

<< ¿Cómo lo haces? Estás tan buena, o mejor, de esta forma como con la de antes. >>

Suspiró hondo y, poco a poco, cerró la puerta del armario, y comenzó a caminar hasta las ventanas del salón. Miró hacia fuera, y decidió que vería mejor apartando las cortinas de delante de sus ojos. Y así lo hizo, introdujo los dedos detrás de la cortina, y observó la calle.

Todo tranquilo, como siempre.

A excepción del joven que hay fuera, bajo la farola, enfrente de su casa. Le vio antes cuando llegó en su coche. Debía de tener unos 25 por lo menos, o eso aparentaba. Allí seguía, con aquellos pantalones vaqueros ceñidos, y una camiseta azul de manga corta. Parecía que esperase a alguien, o esa impresión le daba. Nunca antes le había visto. Cuando llegó, creyó que era el hijo de la señora que vivía encima suyo, más al verle mejor se dio cuenta que no era así.

- Tiene que estar congelándose ahí fuera, con el frío que hace esta maldita noche en la calle -.

Sin pensar más, decidió que ya era hora de darse una ducha y dejar de estar observando al muchacho que había fuera.

<< Quizás hasta podría hacerle un favor y todo… Lástima que no le haya visto en el restaurante. Podría haber sido un buen postre, jajaja >>

Así que soltó las cortinas, y se alejó de la ventana, dirigiéndose hacia el baño. Encendió la luz, y se colocó las zapatillas de andar por casa, que siempre dejaba en el baño, pues era una costumbre que siempre había tenido, y se le hacía un tanto extraño dejarlas en el armario de los zapatos y abrigos, pues eran unas zapatillas, y no le pegaban allí.

Dejó caer al suelo su vestido, y lo colocó sobre el retrete, sin pensarlo mucho. Sujetador y tanga fueron directos a la cesta de la ropa. Cogió el albornoz verde, y abrió la puerta de la ducha, abriendo el agua caliente, la cual dejaba caer, mientras salía hacia el dormitorio, llevando en una mano el traje, el cual larga en la cama, y sin encender la luz, abre uno de los cajones y rebusca.

- ¿Donde están las malditas...?, ¡ah, míralas aquí! -.

Coge unas bragas del cajón, y nuevamente, lo cierra y se va al baño. Cierra un poco la puerta, y se quita el albornoz, dejándolo caer a sus pies, y entra, sin pensar en más nada, en la ducha.