MINISTRIX
12/02/2004, 00:52
Echado de bruces, un mendigo yace agonizante en el andén de la estación presa de la ignorancia de los transeúntes que recorren el habitáculo.
El tren ha llegado; descarga la mercancía y espera a ser ocupado por más de lo mismo; rostros pálidos que anhelan su nicho.
Un chico de ojos almendrados y pelo revuelto levanta su fornido cuerpo del banco dirigiéndose hacia el tren. Con la mochila sobre su hombro, toma asiento cerca de la entrada.
A pocos metros, en el mismo vagón, una mujer limpia los morros a su hijo con un pañuelo; este sujeta un globo rojo que hipnotiza con sus leves movimientos de vaivén al chico de ojos almendrados.
Ocultada por un globo, una chica de ojos grisáceos de pelo liso observa al mendigo retorcerse en su propio dolor.
El tren comienza a rodar.
Cansado de la insistencia de su madre, el pequeño intenta huir de sus garras, y entre sus movimientos convierte al globo en objeto de nerviosismo. Este, en uno de sus precipitados viajes, invade la intimidad de la chica que tanto tiempo reservaba acabando en trozos de lo que una vez fue un globo.
El chico de ojos almendrados descubre a la chica. El niño le llora a su globo. El tren abandona por completo el andén dejando atrás un cadáver. La chica se levanta dejando el vagón.
Tres paradas más tarde, el chico de ojos almendrados se deshace de sus pensamientos y se dirige al siguiente vagón. Abriendo las puertas que separan ambos lugares, por entre los cristales, divisa a la chica de ojos grises quien aparenta no estar atenta a nada.
Este, toma asiento enfrente y lo mas cerca posible. La observa detalladamente, intentando averiguar su pensamiento, transmitiéndole los suyos. Se siente tremendamente atraído por todo el misterio que la envuelve.
Al cabo de unos minutos, una señora sentada no más de dos asientos a su lado, embarazada, se inclina llevándose las manos hacia su vientre escenificando su dolor. Los pasajeros del vagón se acercan interesados. El chico de ojos almendrados sale de su embrujo y clava sus ojos en la mujer, quien vocifera “…no quiero perder a mi hijo…no quiero perder a mi hijo…”.
El chico mira a la embarazada con preocupación. Esta, animada por los pasajeros quienes la ayudan y tranquilizan, comienza a tener contracciones y confiesa entre lágrimas que su hijo va a nacer.
El tren se acerca a su próximo destino.
El chico de ojos almendrados vuelve la vista para encontrarse con la chica, pero la descubre abandonando el vagón. Vuelve hacia la mujer asegurándose de que todo irá bien y sale a la caza de aquella chica que tanto interés le despierta.
La chica de ojos grisáceos espera de pie en la puerta de salida del vagón contiguo. El tren llega a la estación; abre sus puertas. Justo cuando se dispone a salir, el chico de ojos almendrados le corta el paso, “Tú, otra vez…¿Cuántas veces más nos vamos a encontrar?”.
La chica sobresaltada, intenta disimular su agitación. Ambos se miran, se intentan reconocer. En ese instante el mundo parece parado, inexistente; todo se hace luz y oscuridad.
“Cuantas veces haga falta”, le responde la chica con un gesto de invitación a desaparecer de su camino.
El chico de ojos almendrados se aparta dejándole el paso libre, y ella cruza mientras sus miradas también lo hacen. “Aun no sé tu nombre”, le confiesa el chico avergonzándose. “Muerte”, sonríe ella. Al chico le pareció que se le clavaba en el alma. Pero la chica también avergonzada, añadió “Yo tampoco conozco el tuyo”. Él devolviéndole la sonrisa, “Vida”.
El tren ha llegado; descarga la mercancía y espera a ser ocupado por más de lo mismo; rostros pálidos que anhelan su nicho.
Un chico de ojos almendrados y pelo revuelto levanta su fornido cuerpo del banco dirigiéndose hacia el tren. Con la mochila sobre su hombro, toma asiento cerca de la entrada.
A pocos metros, en el mismo vagón, una mujer limpia los morros a su hijo con un pañuelo; este sujeta un globo rojo que hipnotiza con sus leves movimientos de vaivén al chico de ojos almendrados.
Ocultada por un globo, una chica de ojos grisáceos de pelo liso observa al mendigo retorcerse en su propio dolor.
El tren comienza a rodar.
Cansado de la insistencia de su madre, el pequeño intenta huir de sus garras, y entre sus movimientos convierte al globo en objeto de nerviosismo. Este, en uno de sus precipitados viajes, invade la intimidad de la chica que tanto tiempo reservaba acabando en trozos de lo que una vez fue un globo.
El chico de ojos almendrados descubre a la chica. El niño le llora a su globo. El tren abandona por completo el andén dejando atrás un cadáver. La chica se levanta dejando el vagón.
Tres paradas más tarde, el chico de ojos almendrados se deshace de sus pensamientos y se dirige al siguiente vagón. Abriendo las puertas que separan ambos lugares, por entre los cristales, divisa a la chica de ojos grises quien aparenta no estar atenta a nada.
Este, toma asiento enfrente y lo mas cerca posible. La observa detalladamente, intentando averiguar su pensamiento, transmitiéndole los suyos. Se siente tremendamente atraído por todo el misterio que la envuelve.
Al cabo de unos minutos, una señora sentada no más de dos asientos a su lado, embarazada, se inclina llevándose las manos hacia su vientre escenificando su dolor. Los pasajeros del vagón se acercan interesados. El chico de ojos almendrados sale de su embrujo y clava sus ojos en la mujer, quien vocifera “…no quiero perder a mi hijo…no quiero perder a mi hijo…”.
El chico mira a la embarazada con preocupación. Esta, animada por los pasajeros quienes la ayudan y tranquilizan, comienza a tener contracciones y confiesa entre lágrimas que su hijo va a nacer.
El tren se acerca a su próximo destino.
El chico de ojos almendrados vuelve la vista para encontrarse con la chica, pero la descubre abandonando el vagón. Vuelve hacia la mujer asegurándose de que todo irá bien y sale a la caza de aquella chica que tanto interés le despierta.
La chica de ojos grisáceos espera de pie en la puerta de salida del vagón contiguo. El tren llega a la estación; abre sus puertas. Justo cuando se dispone a salir, el chico de ojos almendrados le corta el paso, “Tú, otra vez…¿Cuántas veces más nos vamos a encontrar?”.
La chica sobresaltada, intenta disimular su agitación. Ambos se miran, se intentan reconocer. En ese instante el mundo parece parado, inexistente; todo se hace luz y oscuridad.
“Cuantas veces haga falta”, le responde la chica con un gesto de invitación a desaparecer de su camino.
El chico de ojos almendrados se aparta dejándole el paso libre, y ella cruza mientras sus miradas también lo hacen. “Aun no sé tu nombre”, le confiesa el chico avergonzándose. “Muerte”, sonríe ella. Al chico le pareció que se le clavaba en el alma. Pero la chica también avergonzada, añadió “Yo tampoco conozco el tuyo”. Él devolviéndole la sonrisa, “Vida”.