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Libros de Luca
(Mikkel Birkegaard)

por Javier Bocadulce
Puntos: 7

Es cierto que los animales no hablan- bueno, hay alguna excepción surrealista-, ni escriben libros, ni tienen un concepto -dicen- del paso del tiempo. Esto les permite sentirse como espíritus libres. Es un problema para el ser humano. A nosotros nos oprime la sensación del movimiento incesante del reloj, que es irremisible, tangible y mortal. ¿Mortal? Bueno, tal vez sí; pero tenemos los libros, las obras literarias, los pensamientos y las sensaciones perpetuamente localizadas en láminas de papel - hoy en día, cada vez más condenado al ostracismo -. Lo que otros fueron, son o serán, en un interminable viaje virtual en el tiempo, se nos presenta, enamorándonos con su contenido, sobre el papel. Algo quedará, aunque los hombres nos vayamos extinguiendo. Es esa belleza operativa, esa ilusión de eternidad el consuelo del que se sabe mortal. Y es al homenaje de esa creatividad literaria a lo que se dedica Mikkel Birkegaard en esta obra.

Y es cierto que en el diseño tanto de personajes como de situaciones, Birkegaard maneja arquetipos fundidos en una previsibilidad que rebaja el tono y la calidad de una novela, en líneas generales, de una factura impecable. Pero se me antoja - es una arriesgada opinión personal - una previsibilidad tramposa, un modo valiente de plantear, con aparente ingenuidad, un brutal contraste entre lo que verdaderamente interesa a Birkegaard - la plasmación de un respeto reverencial al concepto del libro como alimento cultural - y los estereotipados personajes: por sus páginas revolotea el amargo y póstumo reencuentro entre hijo y padre a la muerte de éste; el rencor subyacente y desmedido del hijo hacia su padre por la incoherente acción de éste al deshacerse de él en su tierna infancia, al poco de morir la madre en extrañas circunstancias; la figura materna que, como la paterna, se rige por la ausencia - el padre apenas aparece en la obra más que al principio, si bien su influencia en todo el recorrido narrativo es más que predominante -, una ausencia con un cariz sentimental, cubierto debidamente por el estereotipo de mujer frágil interpretado por el personaje de Katherina.

Luca Campelli es un italiano, propietario de una librería de viejo en Copenhague - Libri di Luca -, por la que siente algo más que devoción; sin embargo, será en ese amado lugar y rodeado por la agradable y carismática compañía de libros y pergaminos, bañado en la percepción de olores y tactos pretéritos, donde, en circunstancias aparentemente normales, halle la muerte, víctima de un supuesto infarto, mientras se deleitaba ensimismado en la lectura de un atractivo volumen de fascinante aspecto, pero de cuya presencia en el local jamás antes tuviera constancia. Este luctuoso episodio es el que reunirá a padre e hijo tras muchos años de cruel e injustificada separación. Jon Campelli, brillante abogado, conocido por su intrigante e hipnótica verborrea - no es casual el dato, introducido de forma justificativa -, tras asistir al sepelio, conocerá por boca del asistente y fiel colaborador de su padre, insistentes datos referidos a intrigantes secretos vinculados al negocio paterno - la librería LIBRI DI LUCA -, cuyo destino formará parte de su herencia. El abogado de pronto se ve convertido en librero; pero no sólo eso: el apacible Luca era la cabeza visible de una organización dedicada a preservar la integridad de un poder extraño residente en las palabras que figuran en los libros. Junto a la librería, parece que Jon va a heredar incluso un necesario vínculo con esa sociedad, conocida como de LOS LECTORES, una agrupación dividida en LECTORES, personas capaces de manipular, a través de la lectura, bien en voz alta, bien para sí mismas, el comportamiento de la gente, con la creación de imágenes relacionadas con el texto que interpretan; y, en segundo lugar, LOS RECEPTORES, a los que pertenece el personaje de Katherina - evidentemente, se enamorará de Jon, como corresponde a su estereotipo de mujer frágil para un hombre necesitado de cariño -; personajes estos RECEPTORES, vigilantes de los LECTORES y controladores de los mismos, que pueden captar mentalmente y , dependiendo de sus cualidades, a grandes distancias, las palabras pronunciadas por los LECTORES, e influir sobre los mismos.

Para que exista una cierta tensión crea Mikkel en el argumento un conflicto entre esas dos facciones que se remonta a siglos atrás: evidentemente, controlar un poder tan mayúsculo supone la honorabilidad de todas sus partes; pero el poder suele corromper, y ésta no iba a ser una excepción. Las intrigas ocultas mediaron en el conflicto, propiciando el misterio sobre los verdaderos culpables y eternizando las fricciones entre ellos.

Mikkel crea una ficción envuelta en intrigas apasionantes, en la que el libro y su carisma adquieren un poder tan relevante como la vida misma. Estamos ante un bello cuadro alegórico que nos presenta una devoción embelesada por la literatura. Por debajo de una historia casi detectivesca, asoma el reflejo de esas tópicas escenas en las que un avezado narrador, al abrigo del fuego de leña de una acogedora chimenea, leía a un público expectante unos relatos que parecían cobrar vida por momentos, haciendo que el receptor del texto pudiera sentirse dueño de un mundo surgido desde la inexistencia. De esa manera, la intriga desplegada en LIBROS DE LUCA, parece una mera excusa para honrar el acto creativo de la literatura; si bien con un rendimiento verdaderamente plausible, en consonancia con el nivel ofrecido por la reciente y encumbrada hornada de autores nórdicos.

Todos conocemos muy variados tipos de lectores: sesudos y concentrados; cohibidos y desmadejados; compulsivos y meditabundos...a todos ellos va dedicada esta novela, en la que las imágenes y las descripciones parecen cobrar vida por arte de la magia verbal de sus protagonistas, y no como una mera metáfora. ¿Cuántas veces hemos leído concentrados un texto hasta el punto de ver casi desdibujada la vida auténtica y sentido que nuestros oídos perdían contacto con el mundo real? Esto simbolizan las actitudes de los personajes de la novela. Don Quijote enloqueció a causa de sus desmesuras lectoras, hasta el punto de transformar la realidad en situaciones que propiciaban su intervención como grotesco caballero. Algo así sucede con Jon Campelli. ¿Qué nos apasiona del Quijote? Ni más ni menos que la posibilidad de enloquecer con su protagonista, reírnos con él y hacernos meditar sobre la percepción de la realidad como un hervidero de puntos de vista. No por nada es el libro del Quijote uno de los utilizados por los LECTORES en la narración que nos ocupa para realizar las activaciones de energía de los miembros pertenecientes a la organización. Resulta igualmente curioso que el preferido de Jon sea PINOCHO, el niño de madera: un auténtico símbolo de la creación a partir de lo inanimado; pero, también, un sinónimo de la mentira - del engaño ingenuo e infantil -, que entronca debidamente con lo creativo.

La clave de esta obra reside en una amalgama de estereotipos que cumplen a la perfección con su objetivo. Logra una novela completa: uno puede acercarse a ella por su atractivo simbólico; pero su encanto rezuma a través de una historia detectivesca que funciona mucho más allá que como un simple pretexto, convirtiendo la narración en una novela de calidad incuestionable.

A destacar que se trata de una obra con un contexto basado en la apariencias - casi nadie es lo que parece ser -, que mantiene la intriga desde elementos arquetípicos: la figura del padre protector, que sacrifica el buen concepto que su hijo hubiera podido tener de él, para preservar la vida de su vástago, muy en la línea de los dramas del siglo de oro ; el amor verdadero, como un valor representado por Katherina, novia a la postre de Jim, y curiosamente disléxica, en un claro contrasentido por ser una ayudante de biblioteca que no es capaz de leer nada y, para más inri, ejercer por sus cualidades, como RECEPTORA, el perfecto complemento al LECTOR Jon.. Incluso éste es un abogado cuyos genes le vinculan como destino al ejercicio de una labor como la de librero.

Siendo atrevido, habría que preguntarse por qué Mikkel, en la narración jamás transcribe lo que están leyendo los LECTORES. Simplemente, nos describe las imágenes percibidas como las interpretadas por los RECEPTORES. ¿Nos estará Mikkel protegiendo, consciente del efecto catatónico que la lectura de uno de esos textos podría causar en nuestros pobres cerebros de ingenuos lectores? Tal vez no sea una lectura tan inocua...


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