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Una Grande y Zombie
(Hernan Migoya)

por Javier Bocadulce
Puntos: 9

Migoya es un cirujano literario de la sociedad de su tiempo, cuyos métodos abominan de la anestesia más elemental: de sopetón arranca las zonas ulceradas, sin mayor sofoco, con regocijo extasiado ante el afloramiento del mal que arrastra incluso los tejidos sanos; es un fiero sacamuelas que disfruta atacando la caries social a machetazos; la realidad, en sus manos, se nos antoja un caldo hirviente y purulento, guiñolesco, rebosante de inmundicias, tras el cual nos cuesta un ímprobo esfuerzo reconocerla. Pero, si prescindimos del aspecto abominable de lo escrito, acabaremos circunscribiéndonos en ella, sin remedio.

Migoya ha tomado prestados los prejuicios, razonamientos, odios y rencores enquistados; pareceres, actitudes y vicios insanos de nuestra sociedad, y ha vestido a sus personajes con la mezcla de todo ese batiburrillo; y , con la feroz osadía de su pluma magnífica, sin encomendarse a nadie, se ha liado la manta a la cabeza y ha pergeñado una historia hiperbólica en la que el contagio zombi es la argamasa que, puerilmente, reconduce a los españoles aborregados a una extraña unión. Y para lo cual, a Migoya no le tiembla el pulso si encuentra conveniente remarcar características peligrosas de revelar en personajes claramente identificables de la sociedad española actual.

Es Migoya un iconoclasta, bestial, polémico y sardónico, aferrado a un realismo más allá de lo sucio, convertido en un escritor incómodo como todo aquél que se sale de la senda de lo políticamente correcto, abrazado a consideraciones más o menos morales, arriesgando la consabida persecución mediática.

Una, grande y zombi, parodiando la vieja "frase-emblema" del viejo régimen, se consolida así como una novela gamberra, ácida, procaz, temeraria en grado sumo. El controvertido y polémico Migoya vierte unas caracterizaciones muy particulares tanto en individuos como en las alusiones a distintos grupos humanos, por sus vinculaciones raciales, sociales, políticas que a muchos lectores, sin duda, podrá ofender a las pocas líneas de arribar al texto. Es, pues, la arriesgada opción de Migoya para llamar la atención provocando sin ambages. Yo, personalmente, he amparado mis carcajadas en esa realidad distorsionada - ¿distorsionada? - con el apoyo de la debida distancia que ofrece la exageración y que tan acertada o temerariamente ha inventado, acercándola al borde de lo palpable y cotidiano.¿Qué es más real o irreal? ¿la invasión zombi o el esclarecimiento de lo supuestamente oscuro de los personajes públicos? ¿hay atentado a la intimidad de estos personajes o exposición de riesgo de la libertad de expresión sin miedo a la osadía de la acrobacia sin red? Decídalo el lector.

Nos encontramos ante una auténtica alegoría gamberra de la vida pública española y el semillero de víctimas que componemos los españolitos - unos sintiéndose más que otros - de a pie, de los tejemanejes que, desde las alturas, determinan nuestras poco valiosas vidas; cómo los que ostentan el poder crean una tela de araña en la que retenernos, y nosotros, tan "a gustito", agradecidos por tal infamia como si fuera algo que hubiéramos ansiado tener.

Migoya es un buen pájaro: nos despista entre tripas sanguinolentas, a través de un oscuro pasadizo de inmundicias sociales, políticas e ideológicas, para colarnos una historia de amor, extravagante y deplorable en apariencia,- eso sí-, entre un humano y una zombi de raza negra, una alegoría, tal vez , que clama por una solución inmediata para las cuestiones aparentemente imposibles de dirimir, usando para ello un lenguaje brillante y ágil dentro de lo soez, perfecto en una novela de aventuras zombi.

Discernir dónde aparece Migoya y dónde nos hallamos ante la ficticia opinión de un personaje es tarea complicada; de hecho, incluso el episodio sobre la corrupción que impera tras las subvenciones al cine, es un trasunto de un suceso real de mal recuerdo para Migoya, en sus primeras incursiones como cineasta. No se arredra ante nada, y plasma sin recato peligrosas aseveraciones difamatorias o despectivas, basadas muchas veces en esos rumores sobre personajes públicos que llegamos a esgrimir en "petit comité" como algo irrebatible que, en la pluma de Migoya, toman aspecto de feroz o indiscutible realidad.

Este hombre no puede evitar escribir de una manera tan descarnada; eso sí: la acción se desarrolla, cuando él lo precisa, a la precipitada velocidad de vuelo en picado de un valeroso halcón, al arremeter contra su presa; o la cerca con la diligencia discreta del acecho sinuoso de un majestuoso felino. De esta manera, nos acerca a una trepidante historia que nos narra, en clave de actualidad, el adolecimiento de fe y virtudes de una España, como el resto del orbe humano, naufragando en el oleaje tempestuoso de la crisis económica para la que, oportuna e imprevisiblemente, el presidente del Gobierno español, contra todo pronóstico, ante el alumbramiento fortuito en su magín de una idea, parece haber encontrado la solución. Esto le lleva a la convocatoria de una rueda de prensa en la que plasma como solución que se coman unos a otros; repentinamente, ataca a todo bicho viviente, transformándolos en zombies de manera inmediata. ¿Dónde está la explicación a este extraño comportamiento? Tras estas primeras páginas, Migoya desentrañará - nunca mejor dicho - la realidad española, envuelta en un fango a través del cual chapotearán los cadáveres andantes desde el momento en que se celebra un polémico encuentro "amistoso" de fútbol entre las selecciones de Cataluña y España, en una clara provocación de intereses, cuyo inminente y macabro devenir alumbrará varios centenares de páginas en las que las situaciones más inverosímiles dejarán sin respiro al lector, que podrá degustar con placer de impresionantes escenas de despedazamientos e ingestas de voracidad monstruosa de miembros humanos, del mejor nivel en lo que a novelas sobre zombies se haya escrito. Si a esto añadimos las pretensiones de ciertos personajes por resucitar el antiguo régimen, y no de manera figurada, sino con su mayor exponente histórico a la cabeza, en una presentación casi circense de los elementos que la compusieran tiempo atrás, enfrentados al inesperado conciliábulo de representantes de teorías contrarias entre sí, asistiremos a un "collage" ciertamente apetitoso, donde lo visceral no se centra sólo en el comportamiento, sino en su aspecto más literal.

Una novela, en fin, cuya recomendación se hace necesaria o desestimable, a partes iguales (¿?) Tal vez no debería leerla un nacionalista acérrimo, o un seguidor implacable de las ideas del régimen franquista, ni un aficionado al rictus de Rajoy o un defensor a ultranza de Zapatero, ni un monárquico...o, tal vez, todos ellos y cualquiera de nosotros, hagamos bastante bien en leerla, por aquello de que pregona, tal vez, todos aquellos - muchos o pocos - rumores, decires, murmuraciones de los que solemos hacernos eco en numerosas ocasiones, dándoles valor de ley a la primera de cambio, pero no osamos reconocer casi nunca en voz alta; y menos, si otro los propaga...

Por último, dejar claro que la osamenta literaria de esta polémica novela no es un hueso fácil de roer. La acompañan capas y capas de tierna carne de brillantez; litros y litros de burbujeante talento....y centenares de metros en tejido de osadía bien estructurada. Una, grande y zombie es, pues, un suculento plato para devoradores de la mejor carnaza literaria, rebosante de imágenes creativas de un nivel sublime, que se incrustan unas en otras como miembros amputados de un único cuerpo que sería la realidad más cruda, en el intento de autofagocitarse con el objeto de convertirse en el cadáver pútrido, rebosante de pústulas y olores nauseabundos de la cloaca más infame, pero más simpática que jamás se haya conocido. Las imágenes que evoca llegan a ser vomitivas en el sentido plenamente físico, si bien literariamente son de una riqueza magnífica, muy solidaria con la descripción de la variada voracidad zombi. Exhibe algunas de las más deslumbrantes descripciones zombies que haya leído jamás.


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