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Críticas de Nosferatu (1)


bigladiesman

  • 23 Jun 2018

10


[Revisión 23/06/2018]

El productor y ocultista alemán Albin Grau se quiso meter en el cine haciendo unas pelis sobre lo oculto e insondable (como Sebastià Darbó aquí 50 años después) y fundó la Prana Film, con su nombre de resonancias hinduistas y su logo basado en el ying y el yang. La primera idea que tuvo fue adaptar el Drácula de Bram Stoker, y para ello contrató al pujante F.W. Murnau. El resultado es una de las grandes películas de la era del mudo.

Max Schreck, actor con muchas tablas en la escena pero poca experiencia en el cine fue el elegido para el papel del vampiro, el apestado y repugnante Conde Orlok, con una caracterización comprendida entre una rata humanoide y un esqueleto que convirtió al apuesto actor teatral en una bestia tan horrenda y carismática que a pesar de salir solo 10 minutos, se siente su amenaza por todas partes. Como leí una vez en un artículo (uno del profesor estadounidense Gilberto Pérez), simplemente, Orlok, la simiente de Belial, es la sombra de la muerte en estado puro – sus víctimas no se vampirizan, sino que mueren de la peste, y la extienden allá donde se encuentra - un personaje casi todopoderoso (aparentemente es incluso capaz de controlar un barco con la mente). El germano-soviético Gustav Von Wagenheim, personaje primero perseguido y después perseguidor por sus ideas stalinistas es un buen Hutter, personaje que combina a Harker y parte de Reinfield, un héroe aparentemente intachable y sensiblón en lucha con la locura que empieza a invadirle tras conocer a Orlok. Greta Schröder es una magnífica actriz principal. Su pura Ellen se debate entre la locura y el heroismo, poniéndosele entre ceja y ceja derrotar a un Orlok que la tiene a medio poseer. Y claro, tiene que haber el Reinfield robaescenas de turno: Alexander Granach, otro futuro perseguido por el nazismo por ser comunista además de judío que acabaría haciendo carrera en Hollywood como actor de reparto. Tan magistralmente caracterizado como Schreck (solo tenía 29 años) hace de Knock, viejo especulador inmobiliario vampirizado (vaya, vayita, Joe: 100 años casi y ya estábamos en estas, eh) cuyas locuras inquietan y entretienen por igual (eso sí, no es tan magistral como Dwight Frye al cabo de unos años).

El guion de Henrik Galeen intenta alejarse del Drácula de Bram Stoker lo suficiente como para intentar que no les cayera una demanda de la viuda del escritor irlandés, pero sigue la historia básica con fidelidad. Eso sí, habla muy bien de esta película que algunas convenciones asociadas al mito de los vampiros en general y a Drácula en particular fueran salidas de las mentes de Murnau y Galeen. Aquí nació, por ejemplo, la convención de que la luz del sol mata al vampiro (hasta entonces solo lo molestaba y ponía de muchísima mala leche).

Técinicamente destaca la estética general de la película, creación del productor Grau al alimón con Murnau, que sin abandonar para nada el expresionismo de la época (esas escenas en stop-motion o en negativo, los juegos de sombras, los relojes que tiene el conde en su castillo) lo dota de una dosis de realismo con escenas rodadas en parajes reales, creando un interesante híbrido. El maquillaje no solo de Schreck sino de un par más de actores es un ejemplo de cómo estaba avanzando el sector en esa época.

Una obra maestra sin la que el cine de terror clásico no se entendería. Imprescindible para fans del cine fantástico y de terror que quieran estudiar de dónde nacieron las películas que tanto amamos (y además es de lo más entretenida). Junto a Metropolis, y adaptando la expresión inglesa, el cianotipo del género fantástico en general.



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