¨Nadie habría creído en los primeros años del siglo XXI que nuestro mundo estaba siendo vigilado por inteligencias superiores a la nuestra...¨.
Parece, por lo alarmante de estas palabras, que una amenaza extraterrestre se abalanza sobre nosotros. Otra vez, ¿saben? La Tierra, la Humanidad, ya empieza a estar algo cansada ya de tanta invasión...
¨La Guerra de los Mundos¨ es sin duda uno de los mitos literarios de la ciencia-ficción, surgido de la privilegiada mente de ese H.G. Wells destinado a convertirse en gran escritor del género. Aquella novela, la primera donde el narrador hablaba en primera persona, publicada allá por 1.898, y como todas las de su estirpe, usaba la metáfora de los invasores del espacio como una crítica sobre el colonialismo, los imperialismos y los miedos de las gentes al sufrir conquistas en contra de su voluntad. En fin, aunque suene conspirativo, en esos relatos se encuentran situaciones de la sociedad de esos escritores de ciencia-ficción clásica, que adaptaban a la fantasía con habilidad, y mayormente siempre relacionadas con las guerras. Hasta muchos años más tarde no surgió una adaptación cinematográfica del relato.
Y, aunque no siguiera sus códigos demasiado fielmente, ¨La Guerra de los Mundos¨ de Byron Haskin, producida por el legendario George Pal (responsable de espectaculares peripecias en los años 50 como ¨Cuando los Mundos Chocan¨), también es un título legendario del cine de ciencia-ficción, un paso adelante para el género, aunque la invasión sucedía en América en lugar de en Londres, y otros elementos nada relacionados con el texto de Wells. Hablamos de un clásico del celuloide, el cual, como siempre aprovechándose de los miedos implantados en una sociedad condenada a vivir guerras continuamente, plasmaba, a través de una conquista alienígena al planeta, un gran pánico.
El de aquellos ciudadanos estadounidenses de la época por la Guerra Fría y la amenaza que suponían los misiles de origen soviético que en cualquier momento podían cruzar el cielo americano y destruirles en un santiamén. Si hacemos cuentas, todas las películas de ciencia-ficción de los 50 trataban ese momento en concreto en que EE.UU. había iniciado un conflicto con Rusia por la hegemonía, y su éxito se basaba en cómo de identificados se sentían los habitantes con sus protagonistas. Tras muchas décadas y una infinidad de títulos más tarde parece que el encargado de condenar otra vez a la humanidad era el sr. Steven Spielberg en esta tercera entrega de su Trilogía Extraterrestre (tras el clásico ¨Encuentros en la Tercera Fase¨ y la ñoña ¨E.T.¨).
El cineasta rehace de nuevo la historia, repitiendo punto por punto prácticamente la película de Haskin, convirtiendo al padre en protagonista y dándole un punto original a la invasión: las naves no llegan del Espacio, salen de la tierra (aunque, habida cuenta de cómo eran los aparatos extraterrestres de algunas ilustraciones del 1.900 no es que fuera muy original el director de ¨Tiburón¨). Tras un prólogo típicamente ¨spielbergiano¨, donde volvemos a ver una sociedad americana de clase media, las banderas del país ondeando y simbolizando unión y entrañables conflictos familiares, Ray, un padre despreocupado que trabaja en los muelles, debe hacer lo posible para llevar a sus hijos con su ex-mujer.
Los instantes previos y posteriores al inicio de la invasión están colmados de tensión aunque sabemos lo que sucederá, de ahí que las palabras del guionista David Koepp sobre ¨elabor la historia de modo que no se repitiesen los mismos clichés del género¨ no son tan ciertas; no hay reporteros informando todo el rato, ni el monumento de turno siendo destrozado, ni las vanas estrategias de los militares, pero es fácil adivinar qué destino aguarda a los protagonistas en su huida: el de salvarse, y siempre por los pelos, la máxima de las películas de catástrofes. El director, tal como Haskin trataba el tema de la Guerra Fría, lo enfoca ahora en la perspectiva más moderna del 11-S (si hacemos memoria, lo que pregunta Rachel al ver toda la autopista volando por los aires es ¨¡¿son terroristas?!¨).
Tras las carreras, las explosiones y el frenesí, Spielberg nos brinda un tramo realmente oscuro con la separación de Ray y Robbie y su refugio en la casa de Harlan, el personaje más interesante; sin muchos artificios y modelando una atmósfera asfixiante se condensa lo que es el descenso a la locura del ser humano cuando se ve obligado a contemplar su propio exterminio. Se roza el desasosiego planteado por Carpenter en ¨La Cosa¨ y la cara amable de ¨E.T.¨ halla su reverso más tenebroso; el cineasta nos hace partícipes de esta enfermiza lucha por la supervivencia y logra helarnos los huesos con secuencias demoledoras, culminando en ese perturbador encuadre de Ray observando la llanura teñida de rojo en mitad de la noche. Ojalá el resto estuviera a la altura de ese tramo.
Tom Cruise, desenfadado y genial, encabeza el reparto y sabe meterse en la piel de ese padre dispuesto a salvar cueste lo que cueste a sus hijos, un detestable Justin Chatwin y esa entregada Dakota Fanning tan odiosa que más de una vez desee verla convertida en polvo por los rayos de los trípodes extraterrestres. Después de ellos el mejor es sin duda ese amenazante y psicótico Tim Robbins, quien da vida, como he dicho, al personaje más interesante y oscuro de la película. Como dato curioso podemos disfrutar de la presencia de los protagonistas de la versión de los 50.
Esto es, Gene Barry y Ann Robinson dando vida a los padres de la ex-mujer de Ray, en ese colofón que lleva impregnado la esencia Spielberg donde Cruise lleva a su hija en brazos atravesando la calle repleta cual héroe de guerra; un final tan empalagoso e increíble que arrebata la poca credibilidad a una obra que podría habernos aterrorizado con una historia de ciencia-ficción de puro horror...
Pero que parece desear quedarse en los límites del espectáculo hollywoodiense más palomitero.
Arrasó en taquilla, por supuesto.
Mad Warrior
6
¨Nadie habría creído en los primeros años del siglo XXI que nuestro mundo estaba siendo vigilado por inteligencias superiores a la nuestra...¨.
Parece, por lo alarmante de estas palabras, que una amenaza extraterrestre se abalanza sobre nosotros. Otra vez, ¿saben? La Tierra, la Humanidad, ya empieza a estar algo cansada ya de tanta invasión...
¨La Guerra de los Mundos¨ es sin duda uno de los mitos literarios de la ciencia-ficción, surgido de la privilegiada mente de ese H.G. Wells destinado a convertirse en gran escritor del género. Aquella novela, la primera donde el narrador hablaba en primera persona, publicada allá por 1.898, y como todas las de su estirpe, usaba la metáfora de los invasores del espacio como una crítica sobre el colonialismo, los imperialismos y los miedos de las gentes al sufrir conquistas en contra de su voluntad. En fin, aunque suene conspirativo, en esos relatos se encuentran situaciones de la sociedad de esos escritores de ciencia-ficción clásica, que adaptaban a la fantasía con habilidad, y mayormente siempre relacionadas con las guerras. Hasta muchos años más tarde no surgió una adaptación cinematográfica del relato.
Y, aunque no siguiera sus códigos demasiado fielmente, ¨La Guerra de los Mundos¨ de Byron Haskin, producida por el legendario George Pal (responsable de espectaculares peripecias en los años 50 como ¨Cuando los Mundos Chocan¨), también es un título legendario del cine de ciencia-ficción, un paso adelante para el género, aunque la invasión sucedía en América en lugar de en Londres, y otros elementos nada relacionados con el texto de Wells. Hablamos de un clásico del celuloide, el cual, como siempre aprovechándose de los miedos implantados en una sociedad condenada a vivir guerras continuamente, plasmaba, a través de una conquista alienígena al planeta, un gran pánico.
El de aquellos ciudadanos estadounidenses de la época por la Guerra Fría y la amenaza que suponían los misiles de origen soviético que en cualquier momento podían cruzar el cielo americano y destruirles en un santiamén. Si hacemos cuentas, todas las películas de ciencia-ficción de los 50 trataban ese momento en concreto en que EE.UU. había iniciado un conflicto con Rusia por la hegemonía, y su éxito se basaba en cómo de identificados se sentían los habitantes con sus protagonistas. Tras muchas décadas y una infinidad de títulos más tarde parece que el encargado de condenar otra vez a la humanidad era el sr. Steven Spielberg en esta tercera entrega de su Trilogía Extraterrestre (tras el clásico ¨Encuentros en la Tercera Fase¨ y la ñoña ¨E.T.¨).
El cineasta rehace de nuevo la historia, repitiendo punto por punto prácticamente la película de Haskin, convirtiendo al padre en protagonista y dándole un punto original a la invasión: las naves no llegan del Espacio, salen de la tierra (aunque, habida cuenta de cómo eran los aparatos extraterrestres de algunas ilustraciones del 1.900 no es que fuera muy original el director de ¨Tiburón¨). Tras un prólogo típicamente ¨spielbergiano¨, donde volvemos a ver una sociedad americana de clase media, las banderas del país ondeando y simbolizando unión y entrañables conflictos familiares, Ray, un padre despreocupado que trabaja en los muelles, debe hacer lo posible para llevar a sus hijos con su ex-mujer.
Los instantes previos y posteriores al inicio de la invasión están colmados de tensión aunque sabemos lo que sucederá, de ahí que las palabras del guionista David Koepp sobre ¨elabor la historia de modo que no se repitiesen los mismos clichés del género¨ no son tan ciertas; no hay reporteros informando todo el rato, ni el monumento de turno siendo destrozado, ni las vanas estrategias de los militares, pero es fácil adivinar qué destino aguarda a los protagonistas en su huida: el de salvarse, y siempre por los pelos, la máxima de las películas de catástrofes. El director, tal como Haskin trataba el tema de la Guerra Fría, lo enfoca ahora en la perspectiva más moderna del 11-S (si hacemos memoria, lo que pregunta Rachel al ver toda la autopista volando por los aires es ¨¡¿son terroristas?!¨).
Tras las carreras, las explosiones y el frenesí, Spielberg nos brinda un tramo realmente oscuro con la separación de Ray y Robbie y su refugio en la casa de Harlan, el personaje más interesante; sin muchos artificios y modelando una atmósfera asfixiante se condensa lo que es el descenso a la locura del ser humano cuando se ve obligado a contemplar su propio exterminio. Se roza el desasosiego planteado por Carpenter en ¨La Cosa¨ y la cara amable de ¨E.T.¨ halla su reverso más tenebroso; el cineasta nos hace partícipes de esta enfermiza lucha por la supervivencia y logra helarnos los huesos con secuencias demoledoras, culminando en ese perturbador encuadre de Ray observando la llanura teñida de rojo en mitad de la noche. Ojalá el resto estuviera a la altura de ese tramo.
Tom Cruise, desenfadado y genial, encabeza el reparto y sabe meterse en la piel de ese padre dispuesto a salvar cueste lo que cueste a sus hijos, un detestable Justin Chatwin y esa entregada Dakota Fanning tan odiosa que más de una vez desee verla convertida en polvo por los rayos de los trípodes extraterrestres. Después de ellos el mejor es sin duda ese amenazante y psicótico Tim Robbins, quien da vida, como he dicho, al personaje más interesante y oscuro de la película. Como dato curioso podemos disfrutar de la presencia de los protagonistas de la versión de los 50.
Esto es, Gene Barry y Ann Robinson dando vida a los padres de la ex-mujer de Ray, en ese colofón que lleva impregnado la esencia Spielberg donde Cruise lleva a su hija en brazos atravesando la calle repleta cual héroe de guerra; un final tan empalagoso e increíble que arrebata la poca credibilidad a una obra que podría habernos aterrorizado con una historia de ciencia-ficción de puro horror...
Pero que parece desear quedarse en los límites del espectáculo hollywoodiense más palomitero.
Arrasó en taquilla, por supuesto.
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